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HACE UNOS DÍAS CAYÓ EN MIS MAnos un ejemplar del diario británico Daily Express y hojeándolo sin mucho interés me topé con una noticia en la que el titular preguntaba si era esta una de las peores ciudades del mundo.
Como no decía de cuál se trataba, me permití continuar leyendo la nota, que tras el titular, informaba de que Wolverhampton es la quinta peor ciudad del mundo, según la clasificación de la guía de viajes Lonely Planet.
Como el dato de la guía no coincidía con las vulgaridades, los prejuicios y los lugares comunes del señor Marrón —que Martyn Brown se llama el columnista—, le ofrecía al lector una serie de dudosos argumentos —y otros razonables, sea dicho en aras de la equidad— para demostrar lo inaceptable de la clasificación y lo inapropiado de la calificación dada a la ciudad. Entre ellos el que “algunas de las ciudades más peligrosas del mundo ni siquiera se mencionan, incluyendo Bogotá en Colombia, Mogadiscio en una Somalia sin ley y Kabul en Afganistán”.
Desconoce el autor la dinámica de los últimos lustros en Hispanoamérica, pues muestra Bogotá desde hace años tasas de homicidio muy inferiores a las de otras ciudades de la región e incluso a ciudades de Norteamérica, aunque esto no haya sido lo suficientemente publicitado como para que el señor Marrón se hubiera enterado y aunque las cifras tiendan a variar rápidamente según intereses políticos o contingencias de diversa índole. También está Bogotá por debajo de índices de violencia de otras ciudades del país. Las razones de la variación en las tasas no pretenden ser estudiadas, ni siquiera postuladas en esta breve y modesta columna. Tan sólo quisiera mostrar que la desinformación sigue afectando la imagen del país en el exterior. Ello a pesar de los esfuerzos de muchos organismos (privados y gubernamentales) que pretenden sembrar una mejor imagen. A juzgar por la nota que comento, no han sido suficientes los esfuerzos procurados.
La noticia venía en un diario cuyo lema es: “El mejor periódico del mundo (Greatest newspaper in the world)”, lo que nos muestra sin lugar a vacilación que el provincianismo no es cuestión de la periferia, sino que se extiende por doquier y nos recuerda que hay periferia y provincianismo en todos los lugares de este mundo que, muy vanamente, se dice globalizado y aldea global y otros motes insustanciales. Lo de aldea le va muy bien, el adjetivo habrá que ponerlo en cuestión.
Claro que sentí desconsuelo y hasta ganas de escribir al periódico para llamar la atención sobre lo inapropiado de que tamaños despropósitos que traslucen ramplona ignorancia se publicaran en “el mejor periódico del mundo”, pero pronto me embargó la desesperanza y pensé que carecía de sentido, pues la misiva se hubiera perdido en cualquier archivo del inmenso periódico sin que siquiera hubiera aprovechado mi protesta para suscitar la rectificación. En cualquier caso, supongo yo que la diligencia y los buenos oficios de nuestros diplomáticos ya sentaron su indignada y justificada voz de protesta.