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¿Quién podrá recuperar la política?

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A MEDIDA QUE SE CALIENTA LA CAMpaña electoral al Congreso va apareciendo la monstruosidad en la que se ha convertido la política colombiana. Es una enorme ameba de resbalosos  contornos, con múltiples cabezas retráctiles; cuando queda en evidencia que alguna está podrida, muda de cara, y asume la de algún pariente.

En un simple paseo por las carreteras del país se ve el  paisaje manchado por las vallas con los rostros enormes de los recién mutados de todos los partidos. Así,  un senador preso, acusado de haberse ideado una masacre para instalar el terror entre sus fieles votantes que lo hicieron importante, muta en la cara de su hermana; y un gobernador, condenado por haber ejercido el mando al servicio de unos bárbaros, aparece con la de su esposa; y  uno más, cuyos negocios familiares prosperaron a la sombra de poderes arbitrarios, rejuvenece su semblante al poner a su hijo en la foto.

Algunos candidatos han optado más bien por cambiarle el vestido a su partido. Hace unos días se supo que  el zar de la miseria del Pacífico sur, quien se había mandado  a remodelar su celda de senador investigado, se juntó con un par de reyezuelos de su ralea, y desde cárcel tan estricta, participaron en una asamblea virtual para rebautizar  su desprestigiado partido con un nuevo nombre de científico olor.

 Hemos tocado fondo con esta campaña. Por eso mismo, con la legitimidad hecha girones, y la representación popular transformada en un circo, emerge la necesidad urgente de rehacer por completo la forma de hacer política en Colombia.

 En 2002, hubo un candidato presidencial que pudo percibir con claridad la enorme desprotección en que estaban miles de colombianos. Supo interpretar ese sentimiento colectivo y gobernar para responderles. La hora actual trae otro clamor: un líder, un partido, que puedan presentarle al país, con credibilidad, su compromiso con la reconstrucción de la ética pública y la legitimidad.

  Alguien que crea en la política y en los ciudadanos, y vea en ésta el arte de mejorarnos el futuro y no una transa de conveniencias mutuas, y en aquellos, un enorme potencial creativo, no una recua manipulable con la cual inflar egos.

 Se busca alguien que sea capaz de amarrarse los pantalones, ya no para guerrear, sino para negar contratos y prebendas. Se implora valentía para atreverse a nombrar un ente anticorrupción con el poder real de atrapar peces gordos; estrategia para presionar con decisión la caída de las élites regionales capturadas por mafiosos de distinta índole; inspiración y ejemplo que dé coraje a tantos líderes locales valiosos para que surjan sin que los asfixie la ameba de caras mutantes;  independencia para presentar ternas de hombres probos e idóneos que consoliden la justicia; claridad para saber defender el interés público, aún a costa de los amigos.

Si la gente encuentra ese líder, lo llevará al poder. Porque además sabe que, si este carrusel de corrupción persiste, de nada habrán valido las miles de vidas perdidas en esta dolorosa guerra que se libra para recuperar el monopolio estatal de la fuerza. Congresistas compra-votos y políticos sin conciencia de lo público son el terreno fértil donde la violencia se vuelve a reproducir, y no habrá generales, ni tanques, que puedan evitarlo.

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