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Jorge Humberto Botero, presidente del gremio de los aseguradores (Fasecolda) y jefe de la campaña presidencial del presidente Álvaro Uribe en 2002, acaba de agitar al país con la propuesta de vender Ecopetrol, la empresa más importante del Estado colombiano.
No creo que sea una ocurrencia individual, ajena a las discusiones en el nuevo gobierno electo. Tampoco creo que pueda darse por descontado el rechazo de Iván Duque a la idea, como dicen algunos distraídos que usan la oposición de Duque a la venta de Isagén como argumento.
Una cosa es la posición de un joven senador, miembro de una bancada que les puso palos en las ruedas a casi todas las iniciativas del gobierno Santos, y otra la posición de un joven presidente con jefe, con poco margen político de maniobra y sin chequera por cuenta de la situación fiscal del país.
Más allá del debate cándido insinuado por el actual ministro de Hacienda sobre la verdadera autoría de semejante idea, como si la venta de las empresas públicas fuera un ejemplo de innovación y creatividad, y más allá de los lugares comunes que la izquierda debe evitar si quiere convertirse en una alternativa de gobierno en cuatro años —por ejemplo, el cliché del atentado contra la soberanía de Colombia—, el país debe mantener los ojos muy abiertos.
Jorge Humberto Botero está tanteando. Inició un avance atrevido de negociación, que podría terminar en una nueva privatización parcial de la empresa para permitirle al nuevo gobierno usar la chequera, sin endeudarse, sin subir el IVA —sin enfrentar su costo de impopularidad acentuado por la oposición de una izquierda que no llega nada débil— y sin tener que subir mucho los impuestos de renta y patrimonio para no traicionar los intereses de los grupos que respaldaron la candidatura del Centro Democrático.
La propuesta de Botero viene con un argumento falso cuando amarra la exposición fiscal del país a los precios del petróleo con el carácter público de Ecopetrol. Colombia podría ya activar un fondo de estabilización petrolera, que funcione, que absorba los vaivenes del precio del petróleo, y que evite que el gasto público sea procíclico frente a los ingresos petroleros. Eso es lo que hace Noruega. Y nada tiene que ver la estabilización de precios con la privatización de la empresa.
Están equivocados también al presentarnos la venta de Ecopetrol como el negocio del siglo, antes de que el auge de las nuevas energías desvalorice la empresa. Cada vez que intentan vender las empresas públicas usan el mismo cuento, que tiene el supuesto implícito de que los vendedores de las empresas estatales son agentes racionales y sofisticados negociando con compradores ingenuos dispuestos a pagar precios altos que no tienen en cuenta la eventual desvalorización en el largo plazo.
Cuidado, en este debate no basta decir que la venta de Ecopetrol es matar la gallina de los huevos de oro, como dicen algunos analistas con ligereza. Por cierto, es tan grande la incertidumbre en el sector energético mundial que no es nada fácil saber si los huevos que pondrá la gallina son de oro o de oropel.
El problema principal es que intentan embaucarnos con la idea de que la venta de la empresa es un vehículo de responsabilidad fiscal y de eficiencia del gasto público. La única verdad es que quieren hacerle el quite a la restricción fiscal del próximo gobierno. Y, por supuesto, no son capaces de decirlo así.
* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/).