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LA SEMANA PASADA SE DIERON SIGnificativas expresiones de la crisis de legalidad colombiana.
La pobre cátedra de derecho constitucional que ofreció el procurador Ordóñez a favor de la reelección, las amenazas contra la juez María Stella Jara, quien adelanta el proceso por desapariciones en la toma del Palacio de Justicia, y las tácticas para burlar la determinación de responsabilidad penal de varios implicados en “falsos positivos”… Estas maneras de practicar el derecho y nuestras posibilidades de acudir a la justicia indican la preocupante consagración de una estructura legal de meras formas, una ley en la que estamos inmersos mientras creemos entenderla.
Tal es la paradoja que Franz Kafka recreó en el pasaje central de su novela El proceso y es lugar común decir que los ritmos de la justicia colombiana encarnan un “absurdo kafkiano”. Poco se revisa, sin embargo, esta alegoría. Cuenta que un campesino se presentó ante el edificio de la Ley que constaba de una puerta abierta y de sucesivas salas en su interior. Cada una de ellas estaba custodiada por centinelas, pero el campesino no lo verificó porque el guardián de la puerta le dijo que no era su momento de ingresar y así lo aceptó. En su interpretación de este relato, Giorgio Agamben dice que el edificio refiere una legalidad vacía de contenidos. El campesino no conoce su interior y el guardián ha visitado apenas tres salas; al Procurador le fue dado insinuar que las irregularidades en la convocatoria de un referendo pueden obviarse. En ambos casos, la Ley se convierte en un mero símbolo, en un estado de excepción generalizado.
El campesino aguardó por largos años, sentado junto a la puerta, mientras intentaba infructuosamente ganar el favor del guardián. Cuando se acercaba el final de sus días, se le ocurrió preguntar por qué nadie más había acudido a la Ley. El centinela respondió que esa puerta estaba destinada sólo al campesino y luego se marchó a cerrarla, aunque no sabemos si tenía el poder para hacerlo. El mismo campesino había optado por la espera en un ejercicio de voluntad que ni fue del todo libre ni completamente esclavo: lo que entendió como una necesidad insuperable.
Esa engañosa necesidad nos mantiene en Colombia ante las puertas de la Ley. El referendo también es una voluntad permeada por infracciones que se asumen como secreto arcano de Estado; la memoria del Palacio de Justicia quiere limitarse a una confusión de llamas nocturnas; las sentencias de los jueces se someten a las dilaciones que ciertos litigantes esgrimen como “estrategias de defensa”. Tres patologías colombianas nos recuerdan que la Ley, meramente simbólica, es más invasora de la vida en tanto más carezca de contenido; en tanto el Estado de Excepción se haga efectivo.
Ninguno de los dos personajes de la alegoría lleva a cabo la Ley. En Colombia, muchos guardan las cenizas del Palacio de Justicia como si nos recitaran con el narrador de Kafka: “La justicia nada quiere de ti: te toma cuando vienes y te deja cuando te vas”.