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Miedo ambiente

Andrés Hoyos
19 de enero de 2010 – 09:15 p. m.

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A LOS DEVOTOS DE LO VERDE LES ENcanta epatarnos a punta de anuncios apocalípticos: “17 mil especies en peligro”, titulaban el año pasado varios medios. Bueno, en ese caso habrá que echarle cianuro al café de la mañana, porque si el mundo se está acabando, ¿para qué vivir?

¿Y qué decir de la oposición de los verdes a la energía atómica durante décadas, lo que, por supuesto, fomentó el uso de hidrocarburos y de carbón como presuntos males menores? Ahora sabemos que la muy improbable catástrofe de una central nuclear afecta a lo sumo a unos pocos miles de hectáreas, mientras que el aumento del CO2 en la atmósfera tiene efectos planetarios. ¿Están listos los de Greenpeace a tragarse sus viejos panfletos antiatómicos? Ellos, como todos los fanáticos de todas las causas, odian rectificar.

Para los ecologistas, cualquier desarrollo de alguna envergadura que utilice extensiones de tierra es malo, casi sin excepción. No creo que haya habido ningún proyecto hidroeléctrico en Colombia que no fuese considerado potencialmente catastrófico, pese a que esta forma de energía es una de las más limpias que existen. ¿De dónde viene la oposición radical de los ecologistas a embalsar agua? Los lagos y las lagunas artificiales no sólo sirven para criar peces, sino que favorecen mucho a las aves, como lo puede comprobar cualquiera que visite un lago artificial. No le hace: embalsar es malo. ¿Y las inundaciones? Las inundaciones son naturales y, por lo tanto, buenas o, al menos, aceptables.

Entre los verdes uno echa de menos el espíritu pragmático y la sindéresis. Siguiendo con el caso colombiano, aquí el mayor daño ecológico específico lo causan dos problemas concomitantes. El primero es la pésima distribución de la propiedad de la tierra, que impulsa a los colonos a talar bosques primarios para poder sobrevivir. Según eso, los ecologistas tendrían que ser militantes furibundos de la reforma agraria, pues en nuestro territorio existen 22 millones de hectáreas aptas para agricultura, de las cuales sólo se cultivan cuatro. El resto, que ya fue desmontado y que apenas está recubierto de pastizales pobres, se dedica a la ganadería extensiva, la cual cubre más de 40 millones de hectáreas. Así, Colombia podría quintuplicar su área agrícola y al mismo tiempo reforestar 10 millones de hectáreas. ¿Objeciones? No sé, quizá les parezca una solución demasiado ordinaria.

La segunda fuente de daño ecológico son los cultivos de coca. Los optimistas hablan de cien mil hectáreas, rotativas en su mayoría, es decir, de una deforestación constante. ¿Dónde quedan estos cultivos? En parques naturales, en reservas ecológicas, o sea, lo más lejos posible de la policía. De ahí que la segunda militancia inevitable para cualquier ecologista sea la oposición a la guerra contra las drogas, pero uno poco los ve por esos predios. Lograda una reforma agraria eficaz y desmontada la prohibición de las drogas, el daño producido por tal o cual mina de oro o de carbón sería menor. Por si acaso, los beneficios económicos generados por ambos cambios serían tan grandes, que bien podríamos dejar enterradas una o varias reservas minerales sin efectos sobre la pobreza del país.

Lejos de mí negar la gravedad y urgencia de los problemas ecológicos. A veces, sin embargo, uno destruye lo que más ama por la vía de sobreprotegerlo. Aplica aquí el síndrome del pastorcito mentiroso, exagerado o histérico, que tiene un efecto contrario al deseado.

andreshoyos@elmalpensante.com.

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