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Nada más engañoso, después de una década del Siglo XXI, que creerse ciudadano de una nación indispensable.
El mundo vive un proceso de cambio que hace equivocar a quien pretenda insistir a destiempo en el reclamo de una primacía universal que ya nadie tiene. De ahí el ridículo de quienes, en plena decadencia del Norte, visitan América Latina y pretenden obrar, en plena época de transformaciones culturales, como si se tuvieran todavía el poder y la significación de otros tiempos.
La primacía de las naciones, aparte de sus fundamentos económicos, políticos, militares, estratégicos, o los que les permita en un momento dado la historia, tiene también una dimensión interna, inventada por la interpretación optimista y frecuentemente abusiva de procesos exitosos, animada a su vez por agentes que concurren a la formación de una opinión pública no ilustrada, por lo general mayoritaria.
Cada nación se va haciendo una idea de sí misma. A su construcción contribuyen hechos y procesos nacionales ostensibles, que incluyen la ocupación del territorio, las conquistas militares, los hechos heroicos, la creencia en la idoneidad de las instituciones, los reconocimientos científicos y culturales, y hasta los triunfos deportivos.
Pero la edificación no ha quedado jamás al ritmo simple de la espontaneidad. Alguien ha cumplido la función de producir y reproducir las ideas que la van armando. Los gobernantes, casi por instinto, siempre han sido en esa liturgia los oficiantes por excelencia. Los triunfos de la nación, bajo su guía, siempre han sido los más grandes. Su país, en sus manos, claro está, se halla blindado contra todo mal. Los medios de comunicación se han especializado, unos de manera consciente y otros no, sin que se sepa qué es peor, justamente en hacer de ayudantes.
La educación ha cumplido a su vez un papel fundamental como sistema de vasos comunicantes de la idea que cada nación tiene de sí misma. Aún si los educadores son críticos, frente a ellos aparece el enorme aparato de los diferentes sistemas educativos, que comienzan por la vida cotidiana de los hogares y terminan en las cafeterías y espacios públicos, decantando las ideas que alimentan ese discurso profundo que produce definiciones difíciles de contradecir y mucho menos de remover.
El tema reviste tanto interés y tanta importancia, particularmente en sociedades en las que la expresión de la opinión popular en las urnas es relevante, que hace ya décadas han aparecido especialistas en la materia, que conocen bien los canales de formación de las ideas que cada país tiene, o puede llegar a tener, sobre sí mismo, de manera que puedan también diseñar interpretaciones y hacer los planos de lo que a alguien en particular le conviene que la gente piense.
Es muy posible que la sociedad estadounidense, tan adelantada en el afán de descubrir fórmulas que lo expliquen todo y sirvan para manejar los procesos sociales confortablemente, de acuerdo con sus intereses, sea la que de manera más asidua, y con los mejores resultados, se haya dedicado a la tarea de estudiar las características de su opinión ciudadana y a diseñar las acciones adecuadas para producir una u otra idea capaz de convertirse en dogma social.
Esos dogmas son los que llevan puestos las hordas de viajeros que buscan lugares donde no los odien y donde esperan que el tiempo no haya producido ningún efecto, de manera que se puedan considerar indispensables, porque llevan en su bolsillo una moneda que, a su manera de ver, todavía abre todas las puertas. No se han dado cuenta de que esas creencias, cuando pertenecen a una sabiduría popular contaminada, resultan contraproducentes. Particularmente en un continente en el que, como lo demostró la comedia de Jefes de Estado de hace unos meses en Bariloche, ya casi nadie se inclina innecesariamente ante la majestad de los Estados Unidos. Sino todo lo contrario.
Se nota que hay generaciones atrapadas en una convicción determinada y que, mientras el mundo cambia, se van quedando fuera de lugar. Por eso es posible que algún recién pensionado de una vereda de Missouri, Nebraska o Alabama, hijo de la euforia de la posguerra, haya decidido sacar pasaporte para irse al sur del sur del continente, como lo hicieran sus jefes durante muchos años, mientras él practicaba febrilmente el vicio de trabajar de manera excesiva. Y que, debido a su precaria cultura individual y a esa visión sesgada del mundo que le metieron en la cabeza, se aparezca allí con ínfulas de superioridad adquiridas por el sólo hecho de haberse criado en ese medio que tuvo como premisa la idea de la superioridad, así fuese solamente económica de su país. No se da cuenta de que el mundo es otro. Y que las credenciales que exhibe para reclamar primacía son cada vez menos presentables, y mucho menos válidas.