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Los niños son la alegría del presente y la promesa del futuro; pretender utilizarlos como instrumento de causa para fines politiqueros es el peor crimen que se pueda cometer.
Es absurdo querer construir las sociedades del futuro con niños traumatizados y maltratados por sus propios gobernantes, ellos son como los almácigos que darán buenos frutos dependiendo de su cultivo y formación.
Estados Unidos, que ha estado a la vanguardia como respetuoso de los derechos humanos, especialmente como protector del bienestar y salud de los niños, se encuentra en estos momentos en el ojo del huracán por la salida en falso de su mandatario al enjaular a más de 2.300 niños, separándolos de sus padres, simple y llanamente por violar sus estúpidas medidas antimigratorias.
Quien se atreva a arrebatar de los brazos de sus padres a un niño puede decirse que es el peor verdugo, más si se trata de un gobernante que debería dar ejemplo de pulcritud y de grandeza, frente a la majestad de los niños que son el cimiento de las sociedades del futuro.
Las políticas gubernamentales, por justas que sean, deben tener un margen de tolerancia, especialmente cuando producto de su aplicación hay personas en estado de indefensión, como en el caso de los niños migrantes de México hacia los Estados Unidos.
El presidente Trump pasará a la historia como el presidente ogro, que arrebató de los brazos de sus progenitores a indefensos niños que no son culpables de sus absurdas y arrogantes determinaciones.
Jamás en la historia de la humanidad se había visto que mandatario alguno, por arrogante que sea, arrebate a sus progenitores a indefensos niños, muchos de ellos de brazos, en estado de lactancia, simple y llanamente porque traspasaron las fronteras de su país en busca de un mejor futuro, pero sin causar traumatismo alguno de tipo social, económico o gubernamental.
Las últimas semanas fueron el escenario de semejante arbitrariedad; si no es por las protestas y rechazo general de todas partes del mundo, empezando por el papa Francisco, tan absurda medida aún estaría vigente; aunque se ha reversado, las secuelas de crueldad permanecerán latentes en el corazón de los padres de tan indefensas criaturas.
Es tal la impopularidad de esta medida que a varios funcionarios de la Casa Blanca les han negado los servicios en centros comerciales, simple y llanamente por trabajar al servicio del gobierno del presidente Trump.
Este caso es un referente para Colombia, nuestros niños de todas las edades y estratos sociales están siendo estigmatizados en una u otra forma; cuando no son abusados o violados sexualmente, deben soportar el yugo del maltrato infantil propiciado muchas veces en sus propios hogares; pero, ¿qué decir de los niños que desde temprana edad son sometidos a trabajos forzados y sus salarios cobrados por sus padres, hermanos o tíos para la compra de droga o licor?
Si el Instituto de Bienestar Familiar (ICBF) se tomara el trabajo de recorrer las plazas de mercados, obras de construcción, fincas rurales, entre otras actividades, se llevarán la gran sorpresa al ver la cantidad de niños menores de edad sometidos en la infamia de trabajos forzados.
Considero que a los alcaldes municipales se les debe responsabilizar para que dentro de sus jurisdicciones no admitan la explotación laboral de menores de edad o por lo menos en edad escolar; a donde no ha llegado la acción del ICBF, deben ser las autoridades municipales quienes obligatoriamente se encarguen de esta labor.
Admitir niños en edad escolar prestando un servicio laboral, sea cual fuere, es robarles a las sociedades del futuro la oportunidad de tener brillantes ciudadanos en su entorno.