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El primer intento
Dos días después de alcanzar la cumbre del Cotopaxi en el Ecuador, me encontraba a 6.000 metros de altura y a 300 metros por debajo de la cumbre del Chimborazo. Eran las 8 de la mañana, acumulaba 10 horas escalando y estaba agotado. Continuar con el ascenso sólo supondría aumentar el riesgo de fallar una maniobra o tropezar, y la nieve cada minuto empeoraba por el calor del sol. Lo más sensato fue renunciar al intento de cumbre en aquel 5 marzo de 2015.
Han pasado dos años de entrenamiento: bicicleta, nadar, correr y meditar. Tan importante resultaba aumentar la fortaleza del cuerpo, como conseguir una mente dispuesta a concentrarse en una sola cosa y mantener el objetivo por horas, aun cuando el cuerpo gritara “no más”. Fueron dos años obsesionado con el Chimborazo.
La montaña emblemática del Ecuador
Los quechuas le dieron su nombre actual, que significa Nevado Caliente. El ascenso a la cumbre del Chimborazo representa un hito para cualquier montañista. Es el punto más lejano al centro de la Tierra, e inclusive supera al Everest desde este punto de referencia y en algunas épocas del año es el lugar más cercano al Sol. Hace doscientos años, Humboldt visitó esta montaña y elaboró un dibujo que sirve como evidencia del cambio climático. También estuvo allí Bolívar, quien reflejo sus sentimientos del ascenso en su obra Mi delirio sobre el Chimborazo. El inglés Edward Whymper, junto con los hermanos Louis y Jean-Antoine Carrel, fueron los primeros en escalarlo en 1880.
Un montañista en Cartagena de Indias
Para alguien como yo, enamorado de las montañas, resulta extraña la vida en Cartagena. La adaptación es la cualidad indispensable para la supervivencia y define el proceso que resume mis últimos años en la Heroica. En mi caso no ha sido fácil, sin embargo, para un escalador solo se necesita un compañero de cuerda para sentirse complementado, seguro y comprendido. En cuanto al entrenamiento, la ausencia de montañas me empujó a viajar un poco más de la cuenta y aprovechar cada destino; las rocas de Suesca en mis viajes a Bogotá, la Sierra de Gredos y la de Madrid en España. Lamentablemente no podía usar los picos nevados de Colombia, actualmente son poco o nada accesibles por diferentes motivos. Ya que no podía viajar tanto como quería, revisé lo que tenía en Cartagena: mi edificio con 44 pisos y 143 metros de desnivel se convirtió en mi mejor opción para entrenarme y ganar la fuerza que requería.
Los sueños solo tienen que estar claros para su dueño. A mis 41 años, lo que me motiva a escalar no es lo mismo que me llevó a iniciarme en este deporte. Mi primera edad en la montaña se definió por la conexión juvenil del deseo de aventura y de exploración de sensaciones al contacto con la naturaleza. La siguiente, fue de maduración en la técnica deportiva y en la unión con la tribu que comparte la misma pasión. Actualmente siento la montaña como el medio que me permite dejar un legado a mis hijos, me permite a partir del ejemplo enseñarles a seguir los sueños, trabajar para alcanzarlos y creer en sí mismos.
La expedición al Chimborazo
Esta expedición requirió de una fase previa de adaptación para soportar la altitud de la montaña. Se inició apuntando a los Illinizas, como meta el pico Illiniza Norte (5.100 m.s.n.m.). Aunque era la parte más sencilla del itinerario, fue lugar del único evento peligroso. En la escalada del final rocoso se desprendió una roca que bajaba con velocidad en mi dirección y que esquivé gracias a la alerta de otros escaladores que me precedían.
La segunda parte comenzó al siguiente día camino al volcán Cayambe (5.790 m.s.n.m.). Conseguimos la cumbre alrededor de las siete de la mañana, después de siete horas y media agotadoras de travesía de un extenso glaciar y la escalada de una pendiente pronunciada que marca el final. La fotografía en la cumbre fue testimonial, el buen tiempo nos acompañó hasta las 4:30 de la mañana, momento en que se nubló la montaña y se inició una ventisca que nos azotó hasta el final del descenso.
A continuación se sucedieron dos días de descanso en la ciudad de Quito antes de emprender viaje hacia el Chimborazo. Aprovechando que mi hermano visitaba por primera vez esta ciudad, nos dedicamos a visitar el centro histórico (patrimonio de la humanidad), estremecernos con las pinturas de Oswaldo Guayasamín y probar comida local en la población cercana de Sangolquí.
La noche del ascenso al Chimborazo
A las 10 de la noche del 9 de marzo empezó el ascenso, la nieve brillaba reflejando la luna llena y algunas nubes tapaban las estrellas. Resultaba fácil ir sin la luz de las linternas y paso a paso, contando dos segundos entre cada uno y siempre respirando una vez antes del siguiente paso. Usando la física y la química para manipular el cuerpo, sonriendo a pesar de la fatiga para enviar un mensaje de tranquilidad al cerebro y así lograr que el cuerpo funcione casi en armonía. Los libros dicen que a 5.000 metros de altura la presión de oxígeno es del 50 % de la del nivel del mar y así lo experimentaba mi cuerpo. Sin oxígeno, la capacidad de producción de energía disminuye, a más altura más frío, a más frío mayor necesidad de energía para generar calor y movimiento. Al superar 6.000 metros de altura, pasé a respirar dos veces antes del siguiente paso y detenerme cada 30 pasos para respirar 10 veces y continuar escalando. La pendiente aumenta en los últimos metros, parece que nunca fuera a terminar, un pequeño tropezón podría ser un grave accidente y mi cuerpo quería dormir.
Era consciente de lo que faltaba escalar y monitoreaba cada minuto mi cuerpo, sabía que lo podía lograr. Me concentré solamente en el siguiente paso. Hacía una hora había amanecido y tenía presentes los peligrosos cambios que produce el sol en la nieve. De repente ya no hay pendiente que subir, son las 6:55 de la mañana y Rafael Martínez grita ¡Cumbre, Fabián, llegamos… cumbre, Fabián, lo logramos!
¿Qué sentiste? ¿Cómo fue? ¿Qué se ve?, fueron algunas de las preguntas al regreso.
En las cumbres de las montañas las personas experimentan cosas diferentes, para algunos es potenciar su ego, para otros es aumentar la sensación de la insignificancia del ser humano ante las proporciones de la naturaleza, en mi caso, sin duda, es esta última.
Existen una serie de emociones en la cumbre. La primera es de alivio porque ya no queda nada más que ascender, la segunda es de conmoción porque el cuerpo y la mente ya no tienen que fingir que todo está bien, la tercera es la de disfrutar el momento, abrazarse con el compañero, subir los brazos, tomar fotos del paisaje y algún selfie. La cara de un montañista en la cumbre es la máxima expresión de una endorfina, por eso algunas personas no creen que haya cansancio. La última fase de la cumbre: la de la sensatez, que precede al inicio del descenso de la montaña. El agradecimiento todavía no pertenece a la cumbre, aparece solo al dar el último paso del final de la escalada, cuando los riesgos de la montaña ya quedan superados.
Atrás queda la cumbre del Chimborazo, ese punto que permite desde el mismo lugar ver el océano Pacífico y la puerta de la Amazona. Bajamos rápidamente escapando del riesgo de avalanchas y con tiempo apenas para hacer una última foto.
Allí se ve el sol como una estrella gigante, su luz no se dispersa por lo delgado de la atmósfera, la cumbre brilla, todavía algunas paredes quedan en sombra y el cielo es de un azul oscuro profundo. Ya casi terminamos de bajar, el refugio se ve más cerca y aumentan las ganas de descansar.
Después de reponer un par de horas de sueño, me despierto como si nada hubiera sucedido en esa mañana. La mente flota, va y viene desde la cumbre lograda hacia la próxima montaña, siempre habrá una próxima montaña.