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Las caras de los “falsos positivos”

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ME CAUSÓ ENORME IMPRESIÓN LA portada de este diario, el pasado viernes, en la que se aprecian claramente los rostros juveniles, frescos, muy colombianos, de los suboficiales y soldados que están siendo procesados por el caso inaudito e infame de los llamados falsos positivos.

Aterrado estoy, porque no puedo entender cómo jóvenes bien puestos, inclusive alegres, como es propio de una franca juventud, puedan estar comprometidos en suprimir vidas de otros jóvenes semejantes, igualmente felices en su desgraciada pobreza y alegres, con la mera euforia que da el hecho de sentirse vivos y sanos.

Posiblemente no todos estén comprometidos en los hechos execrables o tal vez no todos con igual grado de responsabilidad. ¿Qué funcionó mal aquí? Es posible que se haya entendido pésimamente aquello de “la obediencia debida”, que sirve de aparente excusa a ciertos actos, de los que son primeramente responsables los superiores que dan las órdenes.

Por supuesto que “la obediencia debida” no excusa una matanza ni acto alguno impropio del servicio o que sea notoriamente deshonesto. Este discernimiento por parte del inferior demanda una mente bien formada y sobre todo un carácter con capacidad de enfrentar al superior militar, convertido de repente en criminal, capaz por lo tanto de asesinar también al desobediente.

Todo lo anterior deberá ser considerado por los jueces, incluyendo una justa apreciación psicológica de cada individuo en particular. Todos son mayores y en todos habrá debido operar lo que los antiguos denominaban la ley natural, el rechazo a la injusticia mayor, a la muerte violenta del semejante; si se trata de tortura, por ejemplo, deberá funcionar un rechazo al dolor que al propio verdugo le causaría una idéntica acción.

Los falsos positivos son lo peor que le ha sobrevenido al Ejército Nacional, con origen en sus propias entrañas. Por lo visto, los cursos de Derechos Humanos han valido poco o se toman por materias de relleno, en el pénsum militar.

Quisiera pensar que estos jóvenes no son igualmente culpables o que lo son en grado proporcional y relativo. No tienen todos que caer bajo el mazo judicial de un  Baltasar Garzón, paradigma universal para sancionar por lesa humanidad. No debería aplicarse una pena igual e irredimible, que arruine también estas vidas. Y en esto me parezco a Jerónimo Uribe, cuando implora por su agresor cibernético.

La ignorancia de lo que es legal no sirve de excusa, es verdad. Saltarse la ley natural, mucho menos. El temor reverencial al superior, sobre todo si se trata del temor cerval a ser asesinado, habría que valorarlo y reduciría significativamente la pena. Es claro que en caso tan horrendo la inimputabilidad es difícil de establecer.

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