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“La mayor dificultad de un artista es encontrar su lenguaje, porque el lenguaje de un artista es como el timbre de su voz, su forma de caminar, como la cadencia de sus manos. Cuando el artista no encuentra su lenguaje está vacío, los grandes artistas del mundo encontraron su lenguaje y jamás lo abandonaron. Es una búsqueda que puede ser dolorosa, donde uno puede preguntarse: ¿para dónde voy? Pero justo para eso están los libros, para investigar, para confrontarse. Entonces comencé a identificarme con mis tres principales influencias a nivel mundial: Alberto Giacometti, Constantin Brâncusi y Henry Moore”.
Con esta declaración contundente de Salvador Arango, nacido en Itagüí en 1944, se inicia una conversación con el que puede ser en la actualidad el mayor exponente vivo del arte de la escultura en Colombia. Arango comenzó a modelar sus primeras figuras en el chircal de su padre. Las frías y húmedas tierras amarillas le sirvieron para moldear los intentos primigenios de lo que se convertiría con el pasar del tiempo en figuras de bronce, imponentes, ubicadas en plazas y edificios de Colombia. Esas masas rústicas, sin mayor tratamiento, terminaban reventadas por el horno donde se cocían los ladrillos.
Sin embargo, el arte continuaba susurrándole al oído. Un joven compañero de colegio dibujaba muy bien y con él gastaba las horas del recreo en conversaciones que hoy ya no recuerda, pero que seguro tenían que ver con temas de trazos y pinceladas. En la pubertad trabajó en los tejares y con esto consiguió sus ahorros para estudiar arte. Más tarde fue contratado por un taller de artículos religiosos y en ese momento descubrió que era escultor.
Arenas Betancurt se asombra
En el taller de orfebrería los días se pasaban con pedidos de diferentes iglesias para moldear cristos, vírgenes, copones, figuras que adornarían cálices, santísimos y diferentes ornamentos en plata, bronce y oro. Un día, el dueño del taller llamó aparte a Salvador y le comentó que el maestro Rodrigo Arenas Betancurt había traído tres figuras pequeñas a escala del Bolívar Desnudo que recién había inaugurado en la ciudad de Pereira.
Las maquetas que había traído Arenas Betancurt tenían pequeños defectos en el rostro y otras partes del cincelado que requerían ser reconstruidas por manos diestras. Como eran tres figuras, se las entregaron a los tres únicos cinceladores que tenía el taller y Salvador se llevó para su casa una con el encargo de trabajar en ella en sus días libres y horas de descanso. Un mes después regresaría Betancurt por el pedido.
Cumplido el plazo, el maestro Arenas Betancurt llegó al taller y solicitó los modelos que había dejado para restaurar. Instantes después, el dueño del taller pasó a la mesa donde trabajaba Salvador y le pidió que lo acompañara porque Rodrigo Arenas quería conocerlo. Los nervios colmaron a Arango, quien pensó que tal vez recibiría una reprimenda por su trabajo. Cuando Rodrigo Arenas Betancurt vio al mozalbete que le había elaborado la figura con suma perfección, mucho más que las otras dos que habían presentado sus compañeros de trabajo, se quedó atónito ante la juventud del escultor: “¡no puede ser!” —exclamó Arenas— “¿usted fue el que restauró esta figura?” “Sí, Maestro” contestó Salvador, con su voz todavía juvenil. “¡No lo puedo creer!” En un descuido del dueño del taller, Rodrigo le puso en el bolsillo de la camisa una tarjeta y le dijo: “llámame dentro de un mes que regreso de México porque tengo trabajo para ti. Eso sí, no le cuentes a tu jefe”. Pasado el mes y con ansiedad, Salvador llamó al maestro Arenas quien lo invitó para un trabajo muy especial.
El Córdova
Arenas y Arango quedaron de encontrarse en Furesa, una empresa filial de Coltejer que le había improvisado un taller de escultura al famoso escultor antioqueño. Allí debían realizar todo el proceso para montar la figura en homenaje a José María Córdova que se encuentra en Rionegro, Antioquia. La idea era, por primera vez en Colombia, moldear y fundir dentro del país la escultura, que sería la segunda obra de Arenas en plaza pública pero la primera elaborada desde cero en la patria, ya que el Bolívar Desnudo lo había traído fundido en México.
El trabajo en esa figura para Salvador consistió en modelar las crines y la cola del caballo, los cabellos de Córdova y una de las patas delanteras del corcel. Cuando Arenas observó la delicadeza y finura con que Salvador había modelado la figura del animal se sorprendió por segunda vez y sin temor le llamó: “Maestro Arango”. Luego de esto, Arenas le propuso trabajar juntos, pero para sorpresa de Rodrigo, Salvador se negó porque quería crear él solo su nombre y sentía que la sombra del reconocido escultor lo apagaría, tal como el gran árbol le quita la luz a la pequeña planta. Esto no le gustó a Arenas, quien no volvió a dirigirle la palabra.
Primera exposición
Salvador continuó en el taller improvisado de Furesa, empresa que le daba un sueldo fijo por esculpir piezas que los ejecutivos regalaban a sus amigos o le ofrecían a visitantes prestigiosos. Por ese motivo, Salvador no alcanzaba a montar una serie de obras o realizar un trabajo continuo que le permitiera hacer su primera exposición. Cierto día Salvador explotó, no lo pensó dos veces y se fue a la oficina del gerente de la empresa.
Con el ceño marcado y su carácter encendido llegó donde el jefe; la secretaria le dijo que no podía pasar porque se encontraba en reunión. “¡Claro que puedo pasar!” Tocó la puerta, giró la perilla y se metió a la gran oficina. Cuando el gerente lo vio, notó que Salvador estrilaba y le dijo: “hola artista, ¿qué necesitas?” Salvador, contestó: “¡Necesito hablar con usted!”. El presidente no fue ajeno al tono que traía Arango, por lo que lo convidó a pasar a una oficina contigua, donde Salvador le dijo: “mire, yo necesito exponer mi obra, pero es imposible mientras ustedes sigan con los obsequios a todo el que llega aquí y desarmen mis trabajos”.
“Entonces ¿qué propone?” —le preguntó el gerente. “Pues le propongo que me deje reunir una cantidad de obras, para que yo pueda llevar a cabo mi primera exposición”. “¿Está seguro de que puede hacer eso?” —replicó dudoso el presidente. “¡Sí!” —contestó seguro Salvador. “Bueno, está bien, lo voy a dejar hacer su exposición, pero con la siguiente advertencia: si fracasa, olvídese, se acaba el apoyo para usted en esta empresa y se cierra el taller”. “Tranquilo, no será un fracaso”.
El escultor se puso a trabajar sin descanso. Producía obras sin parar, la energía lo desbordaba, el entusiasmo emanaba de él y al poco tiempo pudo acumular las obras suficientes. No obstante, encontró el segundo problema: encontrar dónde exponer. La ciudad era pequeña y no contaba con lugares adecuados para ese tipo de exhibiciones. Sin embargo logró por medio de un amigo que una mueblería prestigiosa en el centro le cediera su espacio. Allí podría hacerse notar, ya que era el corazón de la ciudad, frecuentado por la gente adinerada.
Salvador hizo sacar los muebles, colchones, camas, nocheros, taburetes, bifés, escaparates y cómodas hacia una bodega contigua y con gran creatividad construyó unos pedestales donde montaría sus obras. Con su traje azul raya tiza llegó a la exposición y fue grande su sorpresa cuando le dijeron al momento de cerrar puertas que la obra se había vendido toda. De ahí obtuvo los primeros diez mil pesos con los que compró un lote para construir su primera casa.
A Bogotá
Con el paso del tiempo le llegó a la cabeza la idea de montar su segunda exposición, pero esta vez quería que fuera en Bogotá. Le comentó al gerente su intención. “¡Eso vale mucha plata!” —fue la respuesta del presidente. Sin embargo, obstinado, dijo que podría. Gracias a la ayuda del señor Raúl Fajardo, quien valoraba como nadie la obra de Arango, logró un contacto con El Callejón, en Bogotá, para exponer en la galería más importante de la capital.
Allí Salvador expuso su obra con gran éxito. Se le informó con antelación a los coleccionistas y conocedores de arte de la capital, y cuando abrieron puertas ya se habían reservado todas las figuras en preventa. De ahí obtuvo cuarenta mil pesos con los que pudo construir su casa en el lote que había comprado en Itagüí con su primera exposición. En 1976 montó su primera obra monumental llamada “Plegaria por la paz”, ubicada en la avenida Chile con cuarta en Bogotá.
El color
La idea nació de una inspiración en una exposición de Salvador Dalí en París. Aunque Arango comenzó a hacer intentos desde los años 90, fue con Dalí que se sintió capacitado para colorear sus obras. Arango dice que es muy delicado usar color en las esculturas porque se puede volver algo “decorativo”, por eso se limita a usar cinco tonos. Con unas fórmulas químicas italianas y francesas llegó a los almacenes de pintura de Medellín pero nadie conocía los ingredientes que Salvador necesitaba, así que durante cinco años el escultor debió investigar él mismo como lograr los colores que le imprimiría a sus obras. La primera serie en la que usó tintes fue en “Las Damas”.
El pueblo cantó sus versos
Salvador Arango, el escultor que ha sido profeta en su propia tierra, el que logró que su pueblo amara sus obras, el mismo que pegaba en su frente los primeros cheques ganados y bailaba con ellos, es la prueba indiscutible de que del arte sí se puede vivir, porque el maestro Arango no recuerda haberse ganado un solo peso que no hubiera logrado de su esfuerzo. Salvador Arango es tan monumental como su misma obra, y para Colombia y Antioquia es un orgullo saber que es hijo de estas montañas.