Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
AHORA QUE HEMOS VUELTO A CASA después de las fiestas de fin de año, y nos reponemos de las cenas navideñas y evocamos con afecto la compañía de los amigos y las risas de los niños, hay que recordar algo más importante todavía: durante todo este tiempo los secuestrados han permanecido amarrados a un árbol.
Hay pocas tragedias mayores que ésta: que semejante atrocidad le pueda suceder a personas indefensas durante un tiempo tan prolongado. En últimas, cuando la gente piensa en este tema, un asunto que a la mayoría no le preocupa en su diario trajín de actividades profesionales o sociales, nos alivia saber que no somos nosotros quienes estamos privados de nuestra libertad, padeciendo horrores indecibles, alejados de los seres queridos y recluidos en la selva o montaña mientras el mundo sigue su marcha, indiferente a nuestra suerte. Pero eso es falso. La verdad es otra: que nuestro destino individual no está desligado de nuestro destino colectivo, y por esa razón, cuando un ciudadano cae asesinado, de alguna forma su sangre nos salpica a todos, y cuando una familia inerme es asaltada en su hogar, su robo nos empobrece a todos, y cuando alguien es retenido en contra de su voluntad, su plagio nos afecta a todos. Con cada secuestro se reduce el aire que respiramos y las paredes se estrechan a nuestro alrededor. Nuestra libertad, en efecto, es recortada a cuchillazos.
Los sargentos Libio José Martínez Estrada y Pablo Moncayo Cabrera llevan doce años secuestrados. Doce años. Basta cavilar un segundo para recordar todo lo que nos ha sucedido en ese tiempo; doce años llenos de hechos grandes y pequeños, mientras estas personas han sufrido lo inconcebible. Sobreviviendo a la sombra de la soledad, la incertidumbre y la amenaza sin tregua.
El mundo, a pesar de los problemas que padecemos a diario y a escala colosal como la pobreza, la injusticia, el terror, los azares del clima y la desigualdad, ha mejorado mucho. Comparado con siglos anteriores, sin duda existe mayor bienestar, menos violencia, más democracia, más justicia y mayor equidad. Pero aún falta demasiado. Y así es porque todavía persiste una idea que no ha sido desterrada de nuestra condición: que es válido, por la razón que sea, que unos aplasten a otros y que el más fuerte o el mejor armado someta al indefenso. La guerrilla, cada vez que puede, esgrime razones para justificar el secuestro y el asesinato, como lo acaba de hacer con la muerte atroz del gobernador de Caquetá, Luis Francisco Cuéllar. Acude a tesis de izquierda, o causas sociales o militares para legitimar estos crímenes horrendos: que alguien armado hasta los dientes asesine a otro a sangre fría, o que lo retenga para extorsionar a su familia y a la sociedad. Es una mentira descarada, porque no existe página escrita o palabra alguna que justifique la infamia. Desde hace décadas las Farc insisten en que son parte de la solución a los problemas de Colombia. No es cierto. Son parte esencial del problema. Y quienes las apoyan, dentro o fuera del país, como se acaba de conocer en Argentina, tienen las manos manchadas de sangre inocente y son partícipes de la barbarie. Doce años, señores. Habría que repetirlo hasta que los liberen a todos. Doce miserables años.