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A los 13 años, Marie-Aude Murail empezó a escribir sus primeras novelas para su hermana menor. En una edad en la que apenas somos conscientes de nuestros sentimientos y equivocaciones, ella decidió que un lápiz y un papel serían las herramientas para contar a otros las historias que se contaba a sí misma desde los cinco años. A temprana edad siguió los pasos de su padre, el poeta francés Gérard Murail. Con ocho años ya escribía poesía.
Sus primeros años transcurrieron en su natal El Havre, una ciudad del noroeste de Francia. Cuando habla de su niñez, Murail cita parte del prólogo de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, diciendo: “Todos los adultos fueron primero hijos. Pero pocos de ellos lo recuerdan”. Ahora es una adulta que escribe novelas para niños y adolescentes, es una novelista de su juventud.
En su primera escuela literaria firmó sus textos bajo un seudónimo, para proteger su privacidad. Después estudió literatura en la universidad La Soborna, en París, donde completó una tesis sobre la adaptación de la novela clásica al público infantil.
—En 1983, el diario La Croix me publicó un texto en la última página. Era de 1.500 caracteres —me había acostumbrado a calibrar todo lo que escribía—, el tema era libre. Escribí de dos niños pequeños, uno de ellos estaba enfermo y condenado. La historia se llamó El dotado del corazón (Le Cœur surdoué) y apareció en 1983. Esa fue la primera vez que vi cómo un texto mío se multiplicaba por la imprenta. Fue impresionante ver que estaba suscrito a ese diario. Pensé: ¡Mi periódico me publicó!
A pesar de que su carrera literaria empezara siendo adolescente, solo hasta los treinta años sus historias dejaron de estar guardadas. En 1985 publicó el cuento Es mejor ser de color azul, en la revista Astrapi, además de su primera novela para adultos, Pasaje (Passage). Meses después saldría Aquí Lou (Voici Lou).
Esa primera novela, escrita a mano, estaba enfocada en la confianza, era el diario de sus 30 años de vida. En la portada aparecía su rostro, algo que la incomodaba por no creerse una exhibicionista y por saber que se vería en todas las librerías. Sin embargo, recordó que ese texto no trataba sólo de ella, simplemente era un libro en el que se había dejado llevar y podía ser leído también por personas de su familia.
En esos años, en los que luchaba porque sus textos no fueran rechazados y tuvieran alguna cabida entre las editoriales, dividía su tiempo entre su producción literaria y el cuidado de sus hijos. Una vez, incluso, participó en un concurso organizado por el Ministerio de Educación Nacional, Juventud y Deportes, envió una colección de historias bajo el seudónimo que le había dado su abuela, Moussia, y fue una de las diez finalistas, pero no ganó. Su manuscrito fue enviado a distintos editores, y Misterio (Mystère, 1987), una de las historias de la colección, fue publicada por la editorial Gallimard Jeunesse. Para ella, esos fracasos, como no ganar un concurso, no cortaron su camino, por el contrario, le demostraron que podían serle mucho más rentables.
—Cuando publiqué Misterio, la editora Geneviève Brisac dijo “ella habló de los niños como ‘personas’”. Para mí fue bueno escuchar sus palabras. Después envié a la editorial Escuela de Ocio Baby-sitter blues (1989), y ella dijo: “No se cambia ni una coma”. Hasta ese momento estaba acostumbrada a la manipulación de mis textos y el que no lo hicieron se me hizo extraño pero bueno. A partir de ese momento publiqué con ellos de forma masiva.
Baby-sitter blues es el primer libro de la serie Las desventuras de Emilen, en la que Murail sigue a lo largo de su adolescencia a un joven que vive con su madre en París. Ver a los chicos que estaban a su alrededor la hizo pensar en una historia que de forma orgánica fue teniendo secuelas. Se negaba a dejar a los personajes que había construido. Se negaba a dejar el diálogo que había creado entre el mundo de los adultos y el de los niños.
—Descubrí el mundo de la infancia cuando era pequeña con mi hermana Elvira, cuatro años menor, y con mi hijo mayor. Este mundo me sorprendió. Escuché lo que tenían por decir y me di cuenta de que era mucho más interesante que cualquier cosa que yo pudiera decir. Sus relatos podían ser brillantes, poderosos y conmovedores. Esa infancia es lo que trato de mostrar en mis novelas. Es el pequeño misterio, que soluciona todas las situaciones con nada más que palabras. Es esa vitalidad, el impulso de la infancia me fascina.
Al momento de escribir un libro para niños, Murail no necesita poner en escena a sus hijos. Ha escrito novelas espejo, donde el lector puede identificarse con sus héroes adolescentes y a su vez con otros personajes, encontrando una proyección en el texto que no necesariamente tiene que mantenerlo en la infancia. Si fuese así, para ella sería aburrido. Ese es el modo en que se abre paso, no sólo entre los jóvenes, sino que también encuentra su lugar en el mundo de los adultos.
Su narrativa, que además la ha llevado a jugar con las palabras e inventar un idioma —así como cuando un niño se inventa por completo un país—, también le ha permitido explorar en el thriller policíaco y la novela romántica. Su intención al escribir está ligada a representar la vitalidad de los jóvenes, estar a su lado, investigar sus gustos y pensar todo el tiempo en reinventarse.
—Quiero que mis novelas sean de aprendizaje, que nos hagan grandes y seguros de nosotros mismos ante la vida que nos espera. No creo que nuestro mundo sea particularmente acogedor para los jóvenes ni respetuoso del espíritu infantil. Razón de más para otorgar a los jóvenes mi arte y mi tiempo.
En los más de noventa libros que ha publicado, sus historias hablan de la vida misma. Sus personajes suelen nacer de una conversación entre amigos, con sus hijos o incluso de un vecino cascarrabias que vivía en el primer piso cuando era niña. Todos sus textos son el resultado de sus experiencias y la necesidad por cuestionar los problemas sociales, políticos y económicos por los que suele pasar cualquier persona desde la niñez.
Ese interés la llevó a ser una de las primeras escritoras en abordar la homosexualidad en la literatura para adolescentes, como lo hizo con la publicación de Oh, boy! (2000), una novela totalmente activista contra la homofobia, que pretende que en esa etapa de la adolescencia le sean arrancados a los jóvenes todos sus prejuicios antes de que sea tarde.
Cuando Murail escribe imagina a un joven lector que está por encima de su hombro, imagina que éste lee hasta terminar la historia que ella ha creado para él. Ve cómo sus personajes se desenvuelven por momentos en situaciones dramáticas pero al final están bien. Ve cómo sus lectores encuentran en ella su propia infancia y adolescencia. Su ficción logra encontrar un equilibrio con la vida, en donde nada es realmente grave. Lo importante es estar vivo.