
El Salado tiene un problema más grande que su sol de 35°C. La temperatura en este corregimiento de Carmen de Bolívar pega tan fuerte, que el que se despierta de la siesta siente la sed de haber trabajado un día entero. La garganta se refresca con un vaso de agua y, para consumirla, el líquido primero debe hervirse. Si es posible, aplicarle cloro, sin importar el sabor algo amargo que se siente.
En este rincón del sur de Bolívar el verano se estira más de la cuenta. Sus habitantes creen que un día de estos va anochecer con el sol puesto en el cielo. Al mediodía de un miércoles de julio, dieciséis familias de la vereda Villa Amalia se reúnen en un quiosco que funciona como escuela.
Madres, padres e hijos asisten. Sentados en pupitres, reciben a tres jóvenes que no superan los 28 años. La piel de los visitantes no está marcada por el calor que se impone en los Montes de María. Deben venir de Bogotá o de otro país. Son dinámicos al hablar, arrastran las eses. “Soy Eduardo Salvo y hago parte de un grupo de amigos que viaja en una van por Latinoamérica”, se presenta. Las familias los miran con atención, sin celulares en las manos. Los niños son los únicos que se distraen. La palabra agua se repite con constancia en el discurso del forastero.
Agua sin rastros de maleza, agua clara, agua apta para calmar la sed. En una mesa hay un tarro gris, un filtro negro con forma de llave de agua y un puñado de tubos pequeños. “Venimos con filtros, para que ustedes limpien el agua de los pozos profundos y de la que recogen de lluvia”.
De a poco las preguntas van quedando resueltas. ¿De dónde son estos jóvenes? De Zaragoza, España. ¿Cómo llegaron a El Salado? En Caravana, desde México. ¿Por qué hacen lo que hacen? “Siempre nos ha gustado viajar. Queríamos hacer uno largo, con un trasfondo social. Ahí fue cuando pensamos en Latinoamérica, para facilitar la comunicación con las comunidades”, responde Chechu Pajares, abogado de profesión. “Llegamos a la idea de purificar el agua porque descubrimos el problema de tratamiento en la región. Después descubrimos los filtros. Y ahí nos preguntamos ¿cuándo vamos a dejar nuestros trabajos?”.
La aventura de Eduardo Salvo, Diego Felez, Chechu Pajares y Jorge Horno en la The Water Van Project inició el 25 de febrero. Con tres camas, una mesa comedor, nevera, closets y baño, cruzaron la frontera que comparten Estados Unidos y México. Al principio tenían previsto recaudar 25 mil euros, para comprar y repartir sin costo los filtros en comunidades vulnerables de México, Guatemala, Ecuador y Perú. No contaban con la acogida de su gesta, seguida por la gente en redes sociales.
La cuenta de ahorros del proyecto registró un número fuera de pronóstico: 43 mil euros, producto de la recaudación. “La campaña depende del dinero de donaciones individuales. Estimamos un costo de 50 dólares por filtro. El donante puede aportar 25 dólares o más”, dice el arquitecto Diego Felez. “Recibimos ayuda de España, Alemania y Estados Unidos, todo a través de Crowfounding. Si un tío ha dado 300 euros, nosotros recibimos los mensajes en nuestros celulares. Gracias al acompañamiento de los medios de comunicación, tenemos más aportes de lo previsto”. Tras cinco meses de trayecto, en el que cruzaron en ferry el Tapón del Darien para tocar Colombia, arribaron a El Salado. Las explicaciones del uso de los filtros que ofrecen a las dieciséis familias en Villa Amalia, al día siguiente, jueves, las replicarán en la vereda Santa Clara. La gestión de la ONG Ayuda en Acción posibilita su intervención en la comunidad. Ellos hablan y escuchan a las familias locales. Los Bohórquez, los Flórez, los Cabrera, comparten la misma realidad: en El Salado las generaciones actuales y las venideras están condenadas a sufrir de diarrea, a calmar la sed con agua sucia. The Water Van Project repartirá 127 filtros en total. Los tanques quedan en las casas y la organización Ayuda en Acción hará su mantenimiento. La campaña está en la recta final. Antes del último país, Perú, visitarán la zona afectada por el terremoto en Ecuador. Con un pequeño filtro quieren seguir cambiando la vida de las personas. “La caravana vamos a venderla en Chile. Debemos estar en casa antes del 8 de noviembre, para dar charlas sobre esta experiencia”, dice Felez. Después de un merecido descanso con sus familias, en el 2017 piensan retomar el modelo de ayuda que nació en noches de cerveza y de sus ganas de dejar la comodidad de sus vidas. ¿También por qué no?, que otro grupo de amigos en cualquier lugar se apropie de su causa para beneficiar a más comunidades. Foto: David Schwarz.