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Seis familias viven alrededor de una laguna, cada una es de una especie de animales autóctonos de Colombia, algunos en vía de extinción. Aunque conviven en el mismo lugar, no se conocen y los prejuicios entre ellos son altos. Sin embargo, un evento inesperado los obliga a conocerse y cooperar entre ellos.
Esta es la historia construida por la escritora colombiana Adriana Carreño y la ilustradora francesa Perrine Boyer, quienes durante meses dictaron talleres en Bogotá, Cali, Medellín y Villavicencio para niños entre los 8 y 12 años sobre el tema «Vivir Juntos”, como parte de una residencia artística entre Francia y Colombia. Esta iniciativa es apoyada en Colombia por Fundalectura y en Francia por Bibliotecas Sin Fronteras y Diversidad y Desarrollo, dos organizaciones cuyas acciones están encaminadas a promover el acceso a la educación y la promoción de las culturas locales por medio de la creación. La residencia hace parte, entre otras actividades, del proyecto “Países que crecen leyendo”, que en Colombia es coordinado por Anne-Lise Hering.
¿Nos gustaría que nos contaran más sobre la historia que construyeron con los niños, cómo vivieron esta experiencia?
Perrine Boyer: La historia tiene que ver con unos animales que viven alrededor de una laguna y tienen muchos prejuicios unos con otros, y ocurre algo que los obliga a conocerse, conocer al otro es diferente a imaginarme cómo es, va más allá de convivir, porque ellos conviven, pero nunca se cruzan, nunca comparten, siempre hablan del otro pero no delante de él, y no lo conocen y la historia es que se van a conocer y cuando lo hacen se dan cuenta que sus prejuicios no son la realidad.
¿De qué forma trabajaron el proceso de escritura?
Adriana Carreño: Básicamente había dos ejercicios de escritura: la creación de personajes y la composición. Teníamos claro que había seis animales, además son todos animales colombianos y casi todos ellos en peligro de extinción. Tenemos un oso de anteojos, una tortuga morrocoy, un colibrí, un escarabajo pelotero, una danta de paramo y un venado de cola blanca. Entonces, la intención era que ellos asumieran el rol de uno de los personajes. Luego, cuando la historia fue avanzando, les leíamos una parte de la historia que ya estaba escrita y los chicos tenían que pensar cómo se resolvía la interacción entre los animales.
¿Cómo fue la respuesta literaria de los niños?
Adriana Carreño: Había chicos que ya escribían desde hacía tiempo, que les gustaba mucho, otros se quedaban un poco colgados, había textos muy curiosos en las interacciones entre los animales. El cuento habla de prejuicios entre los mismos personajes y a veces, los prejuicios son los mismos que tienen los niños de los animales, por eso había unos personajes más populares que otros. Por ejemplo, el escarabajo era un animal poco popular porque su trabajo es hacer bolitas de caca, pese a que yo hablaba de sus cualidades, como un animal organizado, muy trabajador, perfeccionista.
¿Cómo fue la relación con los niños que no sabían escribir?
Adriana Carreño: Con ese grupo fue un reto porque cuando a ti te piden algo que tú no puedes hacer, pero la persona que te lo pide no lo sabe, se genera una tensión enorme y lo que pasó con estos chicos fue que terminaron cerrándose mucho y fue difícil de manejar con el grupo. Al final hubo un producto pero el signo que marco ese espacio ya estaba impreso en ellos.
¿Variaba la concepción del mundo entre los niños de diferentes lugares?
Adriana Carreño: Sí, por el contexto rural o urbano, o la comunidad en la que estaban. Me impresionó mucho un taller en Medellín, porque claramente y, sin indagar mucho, noté inmediatamente que los niños eran niños lectores. Empezaron a hablar de cosas que habían leído. Hay una cosa muy especial con los niños del campo, y es que ellos tienen información de primera mano, por la experiencia, entonces ellos decían: “Yo sé cómo es un colibrí, porque al frente de mi cuarto hay una orquídea púrpura y todos los colibrís van”. Los niños del campo tenían una relación distinta con los animales, mucho más directa, mientras que los niños urbanos, tenían información bibliográfica, de lo que habían leído.
¿Qué diferencias encontraron entre las formas de leer de Francia y de Colombia?
Anne-Lise Hering: Aquí se lee para los niños de una forma más teatral, se mezcla lectura con baile, con música. Son estrategias para que los niños se involucren, tienen a su disposición todos los estímulos sensoriales ligados. En Francia, cada cosa tiene su espacio, la gente diferencia sus espacios para la lectura, para la música, la danza.
Adriana Carreño: Hacemos tantas cosas para hacer atractiva la lectura, que se olvida el hecho de que la lectura ya es suficientemente atractiva por sí misma. Ahora la puesta es volver a lo básico: leer en voz alta, es la voz, el libro, el promotor que sabe lo que está leyendo, que conoce a los lectores y punto.
¿Qué tiene Colombia para mostrarle a los franceses?
Anne-Lise Hering: Una producción editorial muy amplia y bella, y las editoriales independientes. En Francia es muy costoso comprar un libro de una editorial independiente, acá se mueve mucho, se puede comprar más fácilmente, la diferencia de costos en comparación con libros de editoriales grandes no es tan grande. Acá puedes conseguir un objeto de valor, como un libro, es más asequible.
¿Qué anécdotas quedan de esta experiencia?
Perrine Boyer: En mi caso, había un niño con Asperger, que después de ver las fotos de colibríes, todos de perfil y, sin usar las plantillas, dibujó al menos una docena de colibríes en posiciones muy diferentes; luego, cuando las pegó, se le ocurrió cortar uno a la mitad y ponerlo a lado y lado del tronco de un árbol, como si estuviera detrás del árbol. Tuvo ideas geniales y es un niño que para su maestra puede ser difícil tenerlo en clase, porque no quiere hacer las cosas si no tienen sentido para él. A mí me impresiona el cerebro creativo de los niños, y para mí, este niño era el cerebro creativo de un niño potenciado al diez.
Adriana Carreño: En mi caso fue una historia que hicimos colectivamente con tres niños, de los cuales dos no sabían escribir, y ellos hicieron una historia de interacción entre el colibrí, el oso y el escarabajo pelotero. El escarabajo invitaba a los otros dos a comer, a ellos les parecía delicioso, e hicieron un plato de comida que era una plasta de caca al horno, con bambú picado, que era lo que suponían comía el oso, rociado además con salsa de néctar de flores. Ellos hicieron la receta con los ingredientes y luego la preparación, a mí me divirtió mucho, y ellos al final se sentían muy orgullosos del texto y querían leerlo en voz alta. Son pequeños momentos de cosas que ellos escriben, o que ellos dicen y que son increíbles.