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Empresa privada

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El descrédito actual de la empresa privada en casi todos los países de la Tierra proviene, sin lugar a duda, del descrédito de tales organizaciones en el país donde más florecientes han sido éstas, los Estados Unidos.

Tal descrédito no sorprende a casi nadie y en gran parte se atribuye a los banqueros que prestaron en forma imprudente, a las empresas calificadores de riesgo que recomendaron tales imprudencias, a los legisladores y gobernantes que toleraron esas estupideces y a las juntas directivas que aprobaron cuantiosas bonificaciones para sus codiciosos ejecutivos, independientemente de que sí obtuvieran a la par resultados satisfactorios para sus accionistas.

Sin embargo, de cuando en cuando se publican artículos muy convincentes en defensa de la iniciativa privada. En alguno de ellos se afirma que la inmensa mayoría de los empresarios estadounidenses no incurrió en tales prácticas. Que los principales criminales tanto del sector financiero, como The Wall Street, Enron, WorldCom, Tyco, Countrywide… pasaron y siguen pasando de las primeras páginas de los medios a una fría celda en algún penal.

El argumento que más convence a quien escribe estriba en reconocer que las empresas privadas de los países ricos sí han contribuido en forma inapreciable al progreso y al bienestar de la humanidad. La aviación, la radio, las comunicaciones de todo tipo, los automóviles, la televisión, las computadoras, los teléfonos celulares, los avances en la medicina, las drogas tradicionales y las nuevas que promete la genética, la creación de grandes organizaciones para inventar, producir y mercadear por doquiera con personal de todos los rincones del planeta…

Desconocer todo lo anterior, y mucho más, resulta ser lamentable, injusto, porque la mayoría de los críticos desconocen tal creatividad y centran su debate en la codicia, la irresponsabilidad, los monopolios y los abusos de algunos pocos.

Olvidan éstos, por lo general, que las empresas se controlan a sí mismas, en los países donde los Estados mantienen a raya los grandes monopolios. Se argumenta que en los Estados Unidos tan sólo existen a la fecha 200 de las 500 empresas más grandes en 1980. Olvidan con frecuencia, así mismo, que el monopolio es más un problema de actitud que de tamaño.

Ignoran éstos, además, algo bien fundamental, cual es que, ante la ausencia o la nacionalización de las empresas privadas, emerge la peor de todas las opciones: El fracasado Estado empresario. En 1980 se consideraba que tan sólo el 40 por ciento de los países podían ser llamados democráticos, en este momento esa cifra se ha elevado al 80 por ciento, como consecuencia de la revolución de los negocios privados.

Y la  corrupción, frecuente tanto en las empresas privadas como en los estados totalitarios, se combate o tiene mayores posibilidades de ser controlada en una economía de empresas privadas que en una totalitaria.

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