Corazón de araña negra

Con ocasión de la feria del Libro de Bogotá, presentaremos capítulos de algunas de las obras que serán lanzadas allí. Comenzamos con el libro de cuentos de Jerónimo García Riaño, colaborador de El Magazín de El espectador, quien presentará ‘Corazón de araña negra’ el 28 de abril, a las tres de la tarde en la sala H de Ecopetrol.

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Noches de salsa, así eran las noches en Senegal. Noches en un pequeño sótano de un edificio viejo, con poca luz y un olor dulce que lo hacía acogedor. Noches con fotografías y cuadros de músicos antillanos: Ismael Rivera, Los Hermanos Lebrón, Cheo Feliciano, Eddie Palmieri, Tito Puente, Celia Cruz, Toña La Negra, Rubén Blades… Un retrato del perfil de Ismael Miranda, pelo enroscado y aferrado a su cabeza, cara delgada y bien definida, su boca pegada a un micrófono negro y unas maracas en sus manos. ¿Qué cantaba?, tal vez Voy para la luna con la orquesta de Larry Harlow. Noches de salsa. Noches donde tambores, trompetas y voces rugían en un solo pregón por los grandes bafles que cercaban el lugar. Noches con fantasmas embotellados que poseían cuerpos llenos de licor, y los levantaban de sus sillas para ponerlos a bailar en una sola danza, un danzón, una guajira, un chachachá, un guaguancó, hombres y mujeres, emparejados, cogidos de las manos, abrazados, entre sonrisas, una charla al oído, una mirada tímida, deseosa, un beso, un paso de baile, zapatos de charol, maracas, campanas, clave sencilla de cinco golpes. Noches de salsa. Noches con grandes y cómodos muebles ajustados a unas mesas, sentaderos de copas y botellas; con un espacio reducido que servía como pista de baile para los poseídos. Noches donde brotaba el aire bohemio y de bajo mundo. Noches de salseros, de coleccionistas y melómanos. Noches de salsa… 

En una de esas noches, Senegal cumplió dos años. Wilson, el hombre calvo dueño del bar y de la música, organizó una gran fiesta de aniversario e invitó a todos sus clientes y amigos para celebrar el cumpleaños.

            —Hoy vamos a ir de rumba con un amigo mío —me dijo Sebastián mientras íbamos de camino hacia la salsoteca.

            Mi amigo Sebastián Peña se reconocía, sobretodo, por su altura. Su ropa parecía la de un gigante: lo arropaba una gran carpa de circo. Cuando me saludaba, su mano se devoraba la mía en un fuerte apretón. Le gustaba mantener su pelo corto y engominado. Dueño de una fuerte carcajada y de unas gafas de grandes lentes que escondían la verdadera dimensión de sus ojos. Un hombre de pocos amigos. Por momentos se cubría en un manto de prepotencia y orgullo que terminaba aislándolo de los demás. Bondadoso. Aprendió a bailar con estilo y elegancia después de pagarle a mucha gente para que le enseñaran algunos pasos. Cuando entraba a la pista de baile, se ganaba la admiración de los hombres y mujeres; y en otras ocasiones, el sexo de las mujeres. Pero había una canción que cuando sonaba, todos los que estábamos en la salsoteca, buscábamos a Sebastián para verlo bailar: Alma Jarocha de Mario Muñoz Papaíto, su canción preferida. Se quitaba las gafas, como si la música le agudizara la vista, las guardaba en el bolsillo de su camisa o las dejaba encima de la mesa, buscaba una pareja, la tomaba de la mano y la llevaba a la pista para comenzar la danza, una especie de ritual de apareamiento.

Alma de Jarocha que nació morena

Tarde que se mueve con vaivén de hamaca

Tarde perfumada con besos de arena

Tarde que semejan paisaje de nácar…

…Con vaivén de hamaca

Ni se sufre ni se llora

Con vaivén de hamaca

            Sebastián amaba el ambiente de las fiestas.

            Al llegar a la salsoteca, su amigo nos esperaba en la entrada. Era un hombre bajito y moreno, con el pelo negro y liso, de orejas grandes y unos ojos pequeños y escondidos que lucían tristes.

—Rubén, ¡qué gusto! —Le dijo Sebastián mientras lo abrazaba.

            El hombre también lo apretó en un abrazo. Sus manos se aferraron a la espalda de Sebastián y arrugaron su camisa. Empezó a llorar.

—¡Hoy la vi!, la vi con otro tipo —dijo con la voz apretada bajo los brazos de Sebastián.

—¿A  quién vio? —preguntó Sebastián.

—¡A Liza! —El llanto se convirtió en una serie de gritos que no podían ocultarse bajo la música de la salsoteca. En ese momento imaginé que tal vez, los que estaban dentro del bar, buscaban confusos al creador de esa algarabía.

—Terminó con su novia y está despechado —me dijo Sebastián. El abrazo se acabó y le dijo a Rubén:

—Le presento a un amigo.

—Qué pena, hombre —me dijo mientras se quitaba con la camisa—. Rubén Lara. —Me tendió su mano y al apretarla, sentí esa densa humedad que soltaban sus ojos.

—Alfredo Tafur —le respondí con compasión.

            Entramos a Senegal y nos acogió una gran fiesta de aniversario. Sonaba Feliz cumpleaños de Ray Pérez.

            Una mujer negra y envuelta en un traje amarillo, que resaltaba su cuerpo delineado y le daba un tono de firmeza a sus piernas largas que terminaban en otro amarillo, el de los tacones, se levantó de uno de los muebles del bar, se acercó a Sebastián y le dio un abrazo lleno de deseo. Las suaves caricias que la negra dio a la espalda de Sebastián, borraron las arrugas del abrazo de Rubén. Ella era la mujer que Sebastián había conseguido para esa noche.

—Hola, niño —le dijo ella.

—Hola, Amanda. ¡Qué bueno que viniste! —Respondió Sebastián—. Te presento a unos amigos.

            Se alborotó un cruce de manos extendidas.

—Alfredo.

—Amanda.

—Rubén.

—Amanda…

Sebastián nos llevó a la mesa que había reservado para esa noche: un rincón al lado del baño. Amanda y Sebastián se apoderaron del mueble. Rubén y yo tomamos dos sillas reservadas para otra mesa y nos sentamos frente a ellos. Parecía una mesa familiar, rodeada por padre y madre sentados en el mueble principal y sus dos hijos dispuestos en dos pequeñas butacas.

            —¿Qué desean tomar? —preguntó Amador cuando se acercó a nosotros. Era el mesero y un conocido nuestro, cómplice de muchos secretos revelados entre copas de licor.

—¡Ron!, Amador —respondió Sebastián—. Es el trago que le gusta a Amanda.

—¿Algún pasante? —preguntó Amador.

—Agua —dijo Rubén.

—Coca Cola —replicó Amanda.

—Coca Cola, entonces —dijo Sebastián.

—¡Listo! —concluyó el mesero.

            Amador se fue con la orden y al rato regresó con sus manos sosteniendo la bandeja que traía la botella, las copas, los vasos y la gaseosa. Descargó la bandeja sobre la mesa, abrió la botella, y después de llenar las copas y ponerlas frente a cada uno de nosotros, la acostó como si fuera una borracha. Puso dos grandes vasos, uno frente a Sebastián y el otro frente a Rubén, y los llenó de Coca Cola. 

—¡Listo! —le dijo el mesero a Sebastián.

Sebastián no respondió, besaba a su mujer.

—Gracias —le dije.

Mientras el mesero se alejaba de la mesa, sonaba Llueve que llueve de Sergio Rivero.

            Esa noche Rubén estaba triste y solo, y su amigo se besaba con Amanda. Entonces decidió desahogarse conmigo, el recién aparecido.

—Extraño a Liza —me dijo. Miraba la botella acostada en la mesa.

—¿Qué fue lo que pasó? 

—Hace dos meses se fue.

—¿Para dónde?

—Para ningún lado, me terminó. ¡La relación se acabó!

—¿Por qué?

Rubén no respondió, se levantó y caminó hacia la barra, con su cuerpo apartó sillas y bailarines. Se acercó a Wilson y le habló al oído. Después de escuchar con atención, Wilson sonrió y asintió con la cabeza. Rubén respondió dándole una palmada en la espalda en un gesto de agradecimiento, y por la misma ruta regresó a la mesa.

Me miró, tomó un trago de ron y un poco de aire, se sentó y volvió a mirarme resignado, olvidó la pregunta que le hice y empezó a contarme:

  >>Un día llegaba instituto para dar mi clase y la vi sentada en un café, hermosa, con su pelo ondulado —Rubén movió sus dedos índices en círculo y hacia abajo, como si dibujara espirales—, sus labios pintados de rojo y unos ojos negros. No aguanté más, tenía que darle la cara, estaba sola, indefensa. Me sentía cansado de tener miedo, de mi cara roja y mis manos frías, cansado de no saber qué decir, de quedar mudo y con la cabeza perdida buscando una palabra para decirle. Pero todo estaba en blanco. No me importó. Me acerqué a la cafetería y saludé, ella respondió con una mirada pícara, como deseosa. Me senté a su lado y le dije que nos viéramos cuando terminara la clase, que la invitaba a tomar algo, tal vez una cerveza. Me dijo que sí.

>>Esa noche terminé la clase más temprano y salí del instituto. La encontré al frente del edificio, esperándome sentada en un pequeño muro. Le di un beso en la mejilla y ella me abrazó. Fue un abrazo tímido, lo sentí en sus manos apenas puestas en mi espalda. Y vinimos aquí, a Senegal. Nos sentamos en esa mesa. —Señaló al otro extremo de nuestro sitio, del escondido baño—. Hablamos de su familia, de mis amigos, del instituto, de mi amor por la salsa: me dijo que le gustaba, pero que conocía poco y que tenía un cuñado, el esposo de su hermana, que sí sabía bastante. Le dije que yo tenía que conocerlo. Solo me interesaba entrar a su vida. Ella sonreía y nos abrigaba una noche sola para los dos, Senegal aún no era un mar de gente. Recuerdo que sonó Son para un Sonero de la orquesta Son 14 y bailamos abrazados, muy abrazados.

Otra melodía empezó a sonar en Senegal.

—Uy, hermano, ¡qué canción! —me dijo. Por un momento, olvidó su tristeza y la historia que me contaba.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Tatalibabá —dijo.

—¿La de Celia Cruz o la del Sexteto Juventud? —pregunté con propiedad, como un gran experto.

—Ninguna de las dos —me dijo mientras se levantaba de la silla y empezaba a bailar.

—¿Entonces, de quién?

—Rafael Labasta.

—Nunca la he oído.

—¡Es la mejor versión de esa canción!

            No paraba de bailar y miraba con detalle cada una de las mesas en busca de una mujer. Hasta que encontró a una que estaba sola y sentada al otro lado de nosotros y movía sus hombros al ritmo de la canción. Rubén la llamó con la mirada y ella respondió con una sonrisa, él estiró su mano, la invitó a bailar y ella aceptó. Salieron a la pista. No fueron necesarias las palabras, ni tampoco que Rubén llegara hasta la mesa de la mujer. El pacto se firmó desde la distancia. Eso es normal, es una cuestión de dignidad, si una mujer se niega, no pasa nada, se evita un viaje al fracaso, es mejor sentirlo en el mismo lugar, sin mover un dedo.

            En ese mismo instante, Sebastián se despegó de la boca de su amiga y le preguntó que si quería bailar.

—No, niño. Ahora no quiero.

            Se quedó callado, la miró, sonrió y regresó a su romance. Me dediqué a mirar a las parejas, en especial, la de Fernando y Margarita.

            Eran esposos y tenían una escuela de baile de la que Sebastián fue su alumno. Esa noche bailaron al lado de Rubén y formaron una sinfonía de pasos en plena pista: Fernando aferró a Margarita por la cintura, los pies se sostenían en el piso en un solo ritmo. Sus ojos se miraron penetrantes bajo una sensual elegancia, luego se separaron tomados de las manos y Fernando, como si fuera la cuerda de un trompo, puso girar a Margarita, una y otra vez, de izquierda a derecha. Él también giraba, un planeta que rota alrededor del Sol. En el último ruedo, Margarita frenó sus giros agarrada de los hombros de Fernando y se dejó caer hacia atrás, también lo hizo su pelo largo y rubio. Fernando dejó que se deslizara un poco, la sostuvo de un brazo y la trajo hacia él. Llegó el cierre de la faena con un abrazo y un dulce beso de esposos.

            Terminó la canción y Rubén regresó a la mesa. Se sentó en la silla y tomó otro trago de ron de una botella que sólo pasaba por las gargantas de nosotros dos. Sebastián prefería los tragos de saliva de su amiga.

—Buen tema —me dijo agitado.

—Sí, buena versión.

—Lo mejor hermano, lo mejor. —Respiró profundo y retomó la historia—: Esa noche con Liza terminó con un baile y unas cervezas. La acompañé a su casa y regresé a la mía pensando en un beso de ella.

>> Empezaron las llamadas, de día y de noche, el teléfono se convirtió en nuestro aliado. En esos días yo tenía una novia, Nadia. Las cosas mal y con mi nuevo entusiasmo tenía ganas de terminar esa relación. Yo le decía a Liza que fuera mi novia, que las cosas con Nadia se iban a acabar, que no me interesaba más. Liza me decía que ella no quería sentirse culpable de una relación rota y que tampoco iba a ser el motivo de las lágrimas de otra mujer. Yo insistía que esa relación se había salido de las manos. Liza no me creía.

>>¡Je! La vida trae sus premios y Nadia se encargó de darle la estocada final a la relación. Me dijo que había salido con otro tipo, que se había acostado varias veces con él y que le gustaba. Ella empezó a llorar y yo quería irme, quería dejarla y empezar con Liza. Le dije que no la perdonaba, que eso era lo único que yo no perdonaba y que hasta ahí llegábamos. Ella siguió llorando, se arrodilló y se pegó de mi pantalón, me decía que no la dejara. Yo la ignoraba. La solté como pude y salí corriendo, quería buscar a Liza. Nadia quedó en el suelo, llorando y viendo cómo me iba de su vida…

Los bafles de Senegal expulsaban Tártara, de Joe Cuba.

—Lo primero que le dije a Liza al otro día cuando la llamé, fue que había terminado con Nadia. Me preguntó que cómo me sentía y le dije que estaba tranquilo. Esperaba de ella una respuesta, algo como “listo ya podemos estar juntos”, pero no dijo nada. Me dejó con todas las sensaciones guardadas, no me dio una señal de esperanza. No lo podía creer. Ese día estábamos solos en mi casa, en mi alcoba. Nos besamos con mucha fuerza y terminamos acostados en la cama, rozándonos con la ropa.

  Interrumpió su historia cuando empezó a sonar una canción en el bar. Baila mi guaguancó  de Moon Rivera.

Pachanga y guaguancó les bailo yo

Pachanga y guaguancó les bailo yo

Un baile más de moda en Nueva York

Americano, dominicano y borincano

Baila mi guaguancó

Rubén tarareaba entre dientes la letra de la canción (tenía unos dialectos que parecían africanos y no se entendían). Con una leve sonrisa levantó la botella de ron, sirvió dos tragos y me invitó a brindar. Las dos copas se sellaron en un pequeño golpe de cristal y el ron pasó en un solo viaje por nuestras gargantas.

—¿En qué íbamos?  —me preguntó todavía sonriente.

—En lo del festival de orquestas…

—¡Ah!, sí —dejó de sonreír y continuó—: yo cantaba con Esencia Latina, ¿la recuerda? La orquesta de salsa… bueno… ¡sí!, esa misma. Fuimos invitados al festival y teníamos que prepararnos unos días antes para el evento. Fueron largas jornadas de trabajo, ensayos sin parar, debíamos sonar perfecto. Durante la preparación, Liza quería estar conmigo todo el tiempo y me acompañaba a los ensayos, y las otras orquestas llegaban para unirse a toda esa mescolanza de sonidos. No pude atenderla, estaba ocupado ensayando y no tenía tiempo para ella. Entonces Liza, un poco molesta por eso, decidió darse vueltas por el sitio y se encontró con el bajista de la orquesta La Selecta. El tipo empezó a coquetearle. Ella respondió a ese coqueteo. Y mientras yo trabaja y cantaba con todas mis fuerzas, otro le cantaba al oído y ella prefirió esa melodía.

>>La orquesta del bajista tocó un día antes que nosotros. No podía soportar su presencia en ese festival ni tampoco soportaba la cara de Liza viéndolo. Parecía como si se vengara de mi descuido. Le reclamé por su actitud yno dijo nada.

>>Al otro día tocamos nosotros y salió muy bien. La gente gozó y bailó. Terminó el concierto y fui a buscar a Liza por el escenario, pero no la encontré. Desesperado llegué hasta su casa y allí me recibió su mamá con una cara de angustia y susto que delató una verdad: ella no estaba y se había ido con el bajista a tomar una cerveza. Me quedé esperándola en la puerta de la casa…

En ese momento, Senegal bailaba con Pa´ la Guaira me voy del Sexteto Juventud.

—El bajista la llevó en un taxi a su casa —continuó—. No se bajó del carro, pero vi el beso insinuante que le dio en su mejilla. Luego ella salió del taxi y me acerqué. Lo único que le dije fue que por qué me había dejado así, se había ido sin decirme nada, y ella solo dijo que el que se había equivocado era yo, que la había dejado sola y descuidada, y que el músico le había prometido llevarla en la gira que tendría la orquesta por toda Suramérica. Con ese ofrecimiento hasta yo me hubiera ido con él.

>>Me sentí culpable. Rogué varios días, pedí perdón, iba a su casa, le llevaba regalos, pero ella no aceptaba nada. Me dijo que era un hombre inmaduro y que me faltaba aprender más cosas de la vida (tal vez tocar un bajo, digo yo) y después de esa agonía, decidió terminar conmigo. Lo bueno es que ella nunca se fue de viaje por Suramérica con el bajista. Pero no hago más que llorar: un luto que crece los fines de semana, una costumbre que no termina por irse, un dolor que parece eterno.

La historia terminó. Rubén llenó sus pulmones de pequeños suspiros y detrás de ellos, un trago doble de ron. Yo le puse mi mano sobre su espalda y lo acompañé con un par de palmadas.

—Pero bueno, ¡esta es una fiesta y vinimos a bailar! —tomó otro trago. La botella iba por la mitad.

—¿Usted  baila? —me preguntó.

—No.

Buscó a la misma mujer con la que había bailado antes y la tomó de la mano y la llevó a la pista. Segundo round.

Sonaba Pan y agua de Willie Colón.

Bebí un trago y acomodé mi silla para continuar admirando a los bailarines. Rubén sonreía mientras apretaba a su pareja contra su pecho y mantenía los ojos cerrados. La mujer tenía la cara pegada al hombro de Rubén y los ojos abiertos. Sebastián volvió a preguntarle a Amanda si quería bailar y ella de nuevo se negó. Fernando y Margarita descansaban, no habían parado de bailar. Amador atendía una de las mesas y Wilson se tomaba un trago con alguien que estaba sentado en la barra.

En ese momento entró por la puerta de Senegal una mujer morena, de pelo rizado y ojos negros. Llevaba una falda pintada con girasoles y un camisón blanco que la cubría desde los hombros hasta la cintura. Detrás de ella entró un hombre alto y rubio, de cachetes prominentes, elegante, con saco y pantalón. Rubén bailaba separado del cuerpo de su compañera cuando vio a la nueva invitada de la fiesta y a su acompañante. Entonces soltó a la bailarina y corrió a nuestra mesa.

—¡Acaba de llegar Liza! —La música amortiguó su grito.

—¡Calmado! —dijo Sebastián—, ella ya no es su novia.

—Sí, lo sé.

Después de un corto silencio otorgado por el asombro, dijo:

—Quiero bailar con ella.

—¡Ni loco! —le dije.

  —¡Nada!  —sentenció Sebastián.

— Además llegó acompañada —le dijo Amanda.

    —¡No diga pendejadas! —dijo Rubén.

—¡Siéntese! —le dije—, no se humille más.

—Ella no me ha visto —dijo, como si fuera una situación a su favor.

—¡Claro!, se sentó de espaldas a nosotros. No nos puede ver. —dijo Sebastián.

Terminó de sonar Belinda de The New Swing Sextete y empezó a sonar El Mulato de Richie Ray.

—Aquí llego la mía —dijo Rubén y se fue hacia la mesa donde estaba Liza. Quedamos atentos para ver esa escena de amor perdido que la vida nos ponía en la cara.

Rubén llegó a la mesa y con un dedo le tocó el hombro a Liza, una sutil caricia. Ella giró su cabeza y encontró a su ex novio. Lo miró con mucha tranquilidad, sonrió y luego señaló amablemente a su compañero. Rubén ignoró al otro tipo que se había levantado de la silla para darle la mano. Algo le decía a Liza, pero El Mulato no nos dejaba oír. Ella se tomó su whisky de un solo golpe y su compañero seguía de pie. Rubén no paraba de mover la boca. Liza no paraba de mover sus piernas con ansiedad, los girasoles de la falda parecían saltar al son de la música de fondo. Rubén dejó de hablar y regresó a la mesa. El compañero de Liza se sentó en la silla y los girasoles se quedaron quietos.

—¿Qué pasó? —pregunté. Los demás preguntaron con la mirada.

—¡Nada!, no quiso bailar conmigo.

—¿Usted qué le dijo? —volví a preguntar.

—¡Nada!…

—¡De milagro el tipo no le pegó! —dijo Sebastián.

—Bueno, no vas a ir más —dijo Amanda—. Puedes ganarte un problema.

Rubén se sentó en su silla y se acomodó para ver a la pareja. La tenía de frente. Veía la espalda de Liza y la elegancia y los cachetes grandes de su compañero. Veía las heridas que sufrían su dignidad y su orgullo por un baile y un amor que eran negados. Llenó su copa de ron y sirvió Coca Cola en su vaso, pero solo tomó el trago. Seguía mirando. No hablaba. Nadie hablaba, solo los cantantes de Bobby Valentín que interpretaban La víbora.

Los tragos me empujaron hacia el baño. Entré y dejé la puerta abierta, desde allí veía a Rubén sentado, como un gato al acecho que espera el descuido de su presa para caerle encima. El aviso de ataque se llamó Vino añejo, de Rubén Blades. Se levantó de la silla y lo perdí de vista. Estaba en mitad de una meada y no pude salir para alcanzarlo. Solo escuchaba la canción del fondo y mi chorro cayendo sobre el sanitario: No pasarás como las otras que mi espera visitaron, se detuvieron un instante y siguieron su camino…, me apreté el pantalón y lavé mis manos…, dejando solo como huellas, memorias de dolor, al usar mi corazón como un punto de partida…, un fuerte estruendo y unos gritos acompañaron la melodía…, no me importa hacerme viejo si me hago viejo contigo…, salí del baño y lo vi en el suelo, apoyándose en la mesa que también había caído. La botella de whisky y algunos vasos rotos naufragaban por el piso. Sangraba.

—¡Lo reventaron!  —dijo Sebastián.

Wilson salió de su escondite musical y me ayudó a ponerlo en pie, Fernando levantó una de las sillas caídas y ahí lo sentamos. Miraba su camisa manchada de sangre y se tapaba la nariz con un pañuelo prestado que no paraba de pintarse de un color rojo vivo. Estaba mareado y temblaba. Las parejas volvieron a la pista y entre pasos y giros miraban al hombre que escondía su cabeza entre las rodillas. Decidí acompañarlo y acerqué otra silla a la suya. Levantó la cabeza y pude ver esos grandes cachetes llenos de sangre.

—¡Se la llevó! —me dijo.

Por los bafles de Senegal, sonaba Corazón de araña negra de Pijuan y su Sexteto.

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