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Obama se olvida de América Latina

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COMO EN EL RESTO DEL MUNDO, LA sensación política de 2009 en América Latina ha sido Barack Hussein Obama, presidente de Estados Unidos; y como en el resto del mundo el año concluye con un sentimiento mal definido: la desmesurada esperanza suscitada por el líder demócrata no se ha apagado del todo y cabe suponer que aún tiene las grandes cartas por jugar, pero un elemento de decepción se instala incluso en la mente del partidario más encendido.

Tras una primera declaración llena de verbo e ilusión en la cumbre de Trinidad del pasado mes de abril, el presidente norteamericano, cercado por problemas de difícil o imposible solución de Irak a Pakistán, sin mencionar fuertes jaquecas de uso interno como el envilecimiento del clima, una ley de seguridad social bastante aguada a los ojos de Europa, y una crisis económica mundial que no cede, parece haberse olvidado de América Latina. Y, al mismo tiempo que Estados Unidos sigue en bajamar, China ha desembarcado en el que para Pekín es auténticamente un Nuevo Mundo.

La suerte electoral ha deparado un ligero retroceso de la izquierda nacionalista latinoamericana, también conocida como ‘chavista’, frente al sentimiento contrario, mayoritario tanto a derecha como izquierda en toda Iberoamérica. Aunque la Venezuela de Hugo Chávez mantiene básicamente posiciones, confortada por Bolivia —Evo Morales—, Nicaragua —Daniel Ortega— y en una aproximación lenta pero constante Ecuador —Rafael Correa— y Paraguay —Fernando Lugo—, ha perdido a su último y dudoso recluta, Manuel Zelaya, presidente derrocado de Honduras, al que sucederá el 27 de enero Porfirio Lobo, derecha pro-norteamericana de toda la vida. En el interior del bloque de la izquierda no chavista —Chile, Brasil, Costa Rica, Uruguay y Argentina— parece más que probable que el candidato de la derecha Sebastián Piñera suceda a la socialista Michelle Bachelet, tras su victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el 17 de ese mismo mes, lo que puede tener alguna repercusión interior, pero casi ninguna de carácter mundial, porque Chile, aventajado alumno de una Europa sabia y letárgica, sólo puede ser gobernado por dos coaliciones que en política exterior coinciden en casi todo: de Chávez, lo más lejos posible, y a lo sumo el líder conservador puede atreverse a decir lo que la presidenta socialista se limita a pensar. Y en Uruguay la victoria del ex tupamaro marinado por la edad, José Mujica, de la izquierda apacible como su antecesor Ramón Tabaré Vázquez, contribuye asimismo al ‘business as usual’. Para Obama que, sin hacer gran cosa ni a favor ni en contra de Zelaya, acoge a Honduras de nuevo en su regazo, el statu quo favorable se mantiene y el borrón en la historia reciente de América Latina que supone el golpe de Estado militar del 28 de junio es de los que se olvidan en cuanto la nueva administración asuma el poder.

Más notable es que hayan aparecido las primeras grietas en la presunta relación de compadres que festejaban Estados Unidos y Brasil. Si Brasilia quiere dotarse del espesor de una gran potencia hay cosas que puede y otras que no se puede permitir; y entre las primeras se halla haber tenido que asimilar cómo la insignificancia hondureña se haya podido reír en sus propias barbas negándole el regreso a la presidencia a Zelaya, que a fin de año permanecía aún asilado en su embajada en Tegucigalpa, donde se lo había colado Chávez el 21 de septiembre anterior. Pero cualquier aspirante a gran potencia, al margen de ideología o afectos particulares, tendrá que rivalizar un día con el poseedor del título, y eso es lo que está pasando. Para Washington, el acuerdo con Bogotá sobre utilización de siete bases militares colombianas es asunto menor; no responde a una iniciativa norteamericana, sino que ha sido la experta diplomacia del presidente Uribe la que le ha inducido a aceptar la oferta, pero ante la mayor parte de América Latina la concesión colombiana suena a desprecio. El estruendoso Chávez puede ser el único que vea legiones de calvinistas holandeses invadiendo Venezuela desde las bases en el vecino país, pero el enfado que realmente cuenta es el del presidente Lula, quien mal puede concebir un futuro bloque latinoamericano encuadrado por el ‘poder blando’ brasileño, si un país de peso como Colombia le da así la espalda. Y de igual manera, Brasil no puede reconocer la existencia de una lista de ‘buenos’ y ‘malos’ en la escena internacional redactada por alguien que no sea la propia Brasilia, lo que le ha llevado a recibir con especial fanfarria al presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, aunque sólo sea porque a Estados Unidos le molesta. Ni Washington ni Brasilia quieren, sin embargo, romper y tras estas vigorosas muestras de independencia brasileña, Lula y Obama se miran de nuevo a los ojos jurándose respeto y comprensión eternos.

Como remate, queda siempre Cuba, madre espiritual del chavismo, con la que Obama, en ese coitus interruptus que se inició en Trinidad, fraguó un tímido deshielo, que apenas ha tenido respuesta en la Gran Antilla. Raúl Castro alterna entre algún que otro vituperio su oferta de negociación sin condiciones, pero sabe perfectamente que eso no basta y que, en una estrategia de pequeños pasos por ambas partes, ha de responder con algún signo de liberalización, porque todo lo actuado desde los años 60 por los mandatarios de Washington, hecho está, y sólo se puede deshacer con contrapartidas cubanas. Es seguro que Obama querría levantar el embargo, pero la derecha republicana no le perdonaría que lo hiciera gratis, y no es imposible que Raúl Castro deseara liberalizar más rápidamente la economía cubana, para lo que ha tenido recientemente agentes destacados en China, pero la sombra de Fidel es alargada.

¿Qué significa, finalmente, el desembarco —económico— de China en el mundo iberoamericano? En lo político, relativamente poco, pero, a cambio, marca una de las grandes tendencias del siglo XXI. China no ha vuelto, porque nunca estuvo anteriormente en América Latina, sino que ha llegado. Napoleón dicen que decía que cuando el gigante asiático se despertara, el mundo temblaría. De momento, lo que Pekín quiere no es que tiemble sino que compre, y se convierta en terreno abonado para la inversión de una parte de los cientos de miles de millones de dólares, quizá más de un billón, que acumula en reservas. Pero Estados Unidos, aunque esté replegado, aunque no apabulle como solía únicamente hace unas décadas, tampoco es por ello un imperio en decadencia. Mantiene un 22 ó 23% del PIB mundial como hace 20 años, su ejército es imbatible para cualquiera que se haga la ilusión de querer atacarlo —muy distinto es cuando se trata de una guerra de guerrillas a la defensiva, como le ocurre a Bogotá con las Farc— y será la primera potencia mundial todavía durante mucho tiempo. Y la distracción que ha permitido la emergencia de Chávez no durará eternamente. Pero eso no obsta para que China, que en el siglo XV parece que cortó de raíz una serie de expediciones navales al mundo exterior para recluirse en sus espaciosas fronteras imperiales, también pretende poblar el mundo con sus intereses. Lo militar no asoma, necesariamente, por el horizonte.

* Columnista de El País de España.

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