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R.H. Moreno-Durán no había recibido su título de abogado y ya sabía que nunca lo iba a necesitar. Tenía claro que iba a apostar su vida a la literatura y que Colombia representaba demasiados riesgos para sus pretensiones. Reclamó su diploma en 1971 y en mayo del año siguiente viajó a Lima, donde residía su hermano mayor. Allí fue su anfitrión el crítico literario José Miguel Oviedo, quien lo introdujo en el círculo intelectual limeño, le abrió camino para que publicara textos en El Comercio y en la revista Textual, y le dio la oportunidad de dictar un seminario sobre literatura latinoamericana contemporánea en la Universidad Católica. El invitado llevaba un par de años trabajando un ensayo sobre este tema y el manuscrito que lo acompañó al Perú ya auguraba algún éxito.
El nombre del libro se le reveló un día bajo el cielo contenido de Lima, en el camino de la plaza San Martín a su casa en Miraflores —como si el trayecto mismo sugiriera algo—: De la barbarie a la imaginación sería el título del ensayo. En diciembre regresó a Bogotá, pero su estadía fue sólo una escala. Durante su breve visita pidió a una secretaria del DANE que pasara a limpio el manuscrito de su recién bautizada obra. En la primera semana de enero partió de Cartagena de Indias rumbo a Barcelona, a bordo del buque Satrústegui, con todo su patrimonio en el bolsillo, dos manuscritos —el de su ensayo y el de una extensa novela que también empezaba a coger forma— y una carta y un casete remitidos por José Stevenson a su primo, Gabriel García Márquez.
El Satrústegui atracó tras unas semanas agitadas, luego de que una tormenta lo sorprendiera entre las Canarias y las costas africanas. Aunque llegó a finales de enero a la Ciudad Condal, no hizo mayor gestión para cumplir su encargo sino hasta tres meses después. José María Oviedo le había pedido contactarse una vez estuviera en Barcelona con Mario Vargas Llosa. Para el momento en que lo hizo, el novelista peruano ya había recibido por parte de Oviedo y de Marta Lynch —que eran sus embajadores, cuando no sus pregoneros— una introducción epistolar del viajero, y lo recibió no sólo con el ánimo de conocerlo, sino de leer su ensayo.
Encuentros en el Sandor
Se encontraron en la terraza del café Sandor. Hablaron sobre autores, amigos en común y censura. Vargas Llosa le preguntó de qué pensaba vivir en Barcelona, y al conocer la intención del viajero —más apresurada que auténtica— de ser catedrático, le recomendó alejar tanto como le fuera posible el ejercicio literario de la enseñanza. Tres años antes, Carmen Balcells lo había rescatado de su cátedra en el King’s College de Londres para que se dedicara por completo a la escritura en Barcelona, y ahora él replicaba esa advertencia. Durante la charla, Vargas Llosa ojeó el manuscrito de De la barbarie a la imaginación y encontró en él una frase de Octavio Paz inconclusa, que recitó de memoria. Tan sorprendido como avergonzado, el joven autor descubrió el precio de su afán: la insistencia con la que supervisaba a la secretaria del DANE encargada de la transcripción de su libro había llevado a que ésta, fatigada, optara por resumir y omitir párrafos enteros a su criterio. Después de leerlo volvieron a encontrarse en el mismo café. Vargas Llosa le manifestó sus consideraciones y le hizo saber que, de recuperar los apartes censurados, estaría en poder de un ensayo bien logrado. El autor desconfió desde entonces y para siempre de todo mecanógrafo. En cuanto a los encargos con los que había cruzado el Atlántico, Vargas Llosa se ofreció a entregarlos personalmente a su destinatario, que era además de su íntimo amigo, su vecino.
Las naves quemadas
Ese mismo año se enteró de la noticia del incendio del Satrústegui, que interpretó como la irreversibilidad de su empresa. Cualquier tentación de regresar quedaría evaporada con este simbólico evento.
Vargas Llosa lo remitió a Seix Barral para la publicación de su ensayo, pero para ese entonces ya había sido reclutado, junto con otros latinoamericanos, como Óscar Collazos y Vicente Battista, para ser lectores de una colección de Planeta, en donde además se habían interesado por su ensayo. La colección no prosperó y el manuscrito cayó en manos de Beatriz de Moura, que finalmente lo publicó en Tusquets en 1976. Dicha edición estuvo acompañada de una introducción escrita durante una corta residencia en Viena, en la cual se manifestaban los agradecimientos tanto a Vargas Llosa como a Oviedo por sus lecturas y observaciones. Dedicó el libro a Mara Viveros y a sus padres, a quienes sólo pudo entregarles el libro cinco años después, en un encuentro en Toronto en el que les escribiría: “Para mis padres, con la gratitud y reconocimiento de su hijo, este primer trabajo testimonio de su trabajo, que les pertenece”.
Tendrían que pasar doce años para que este ensayo sobre literatura latinoamericana llegara a América Latina. El libro que en 1988 publicó Tercer Mundo Editores había crecido dos tercios desde aquella edición de Tusquets. El texto de la introducción fue reemplazado por un liminar que daba cuenta de las primeras reflexiones sobre el discurso de civilización y barbarie, y consagró la imaginación como resguardo de esta dialéctica, en todo caso estimulante para la creación literaria.
El libro que partió a Europa fue uno distinto al que regresó. El autor volvió a Colombia de manera definitiva y se dedicó a incorporar a su primera obra la experiencia que le habían consignado esos quince años de exilio voluntario, del cual sólo ha podido obtenerse información a partir de muy excepcionales testimonios. Frente a este tema, parafraseándolo, decía que escribir sobre los libros que se han leído en la vida es una forma de hacer autobiografía. De tal forma que ese largo vacío que tenemos en su cronología sólo puede saldarse con sus obras, que dan cuenta de lo que fue en vida: sus encuentros, obsesiones, perspicacias y reflexiones. Una vida apostada a la literatura que sigue dando réditos.
De la barbarie a la imaginación apareció en América en una versión corregida y aumentada, con el subtítulo de La experiencia leída, el mismo que lo acompaña hasta el día de hoy, cuando vuelve a las librerías en una bella coedición —su cuarta versión en América— que publican Lumen y la Universidad de los Andes, poco más de cuarenta años después de su primera aparición.