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Navidad con sabor a pavo

Doña Gula
25 de diciembre de 2009 – 07:39 p. m.

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La tradicional marranada antioqueña, que caracterizaba las fiestas decembrinas, cada vez se vuelve más escasa.

No significa lo anterior que los paisas estemos perdiendo el encanto por el marrano, el asunto es más de tener el bolsillo embolatado, pues aunque el marrano rinde de cabeza a cola, las arandelas que se añaden al éxito de una buena marranada exigen mucho aguardiente, mucha cerveza, mucho buñuelo, mucha música y mucha pólvora, y las cuentas finales de cualquier fritanga con chicharrones, chorizos, costilla y morcilla pueden llegar a tener entre cinco y seis ceros, todo depende del tamaño del marrano y del número de comensales que se lo estén saboreando.

En Antioquia el pavo no ha sido muy bien visto ni en las fincas; sin embargo, necesario es reconocer que en los últimos 25 años, desde finales de noviembre aparecen cantidades de estos animales en algunas glorietas y parques de la ciudad y de manera más contundente en las vitrinas de los supermercados, debido a la fácil asimilación que los antioqueños han hecho de las costumbres navideñas norteamericanas, las cuales con su Papá Noel, su árbol de regalos y su pavo han desplazado pesebre y marranada. La presencia mencionada de estas aves con tanta anterioridad tiene su razón de ser, pues resulta que el “pavo navideño”, propio de los recetarios anglosajones, exige ponerse a punto con antelación, significando lo anterior que la decisión tomada de reemplazar marrano por pavo tiene sus vericuetos. Sin lugar a dudas entre preparar pavo y hacer marranada, la primera es menos laboriosa, pero también exige su planeación, pues de lo contrario se puede llegar a un verdadero fiasco. Peso del animal, capacidad del horno, refractarias convenientes, tiempos de maceración, tiempos de horneado, conocimiento de salsas y, ante todo, conocimiento de rellenos constituyen un mínimo de puntos para tener en cuenta. Seguramente es por todo lo anterior que cada vez se vuelve más corriente la oferta de pavos preparados a los cuales poco o nada hay que hacerles para su degustación. No soy experta en la preparación de estas enormes aves, pero reconozco que sus aromas provenientes del horno y sus lonjas con rellenos de almendras y aceitunas, acompañadas de suculentas salsas de frutas, derivaciones todas de la cocina inglesa, lo convierten en delicado manjar.

Acepto que una fiesta navideña alrededor de un pavo toma perfiles de celebración evangélica y que la alegría paisa de otras épocas parece reemplazada por una atmósfera de Cultura Dickens; sin embargo, ante la cada vez mayor escasez de fincas pululan las celebraciones en casas o apartamentos y obvio: por asuntos de espacio, un buen pavo suple perfectamente al señor marrano.

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