Tierra en la lengua: historias de violencia en el anonimato

Hasta hoy se realiza en Bogotá Experimenta Sur, el evento que puso frente a frente el dolor de las víctimas del conflicto armado y las posiciones de académicos de diferentes partes del mundo. Todos intentando responder ¿Para qué sirve la memoria?

Durante la construcción monumental y participativa en cartón de Olivier Grossetête en Bogotá. / Cortesía
Durante la construcción monumental y participativa en cartón de Olivier Grossetête en Bogotá. / Cortesía
Foto: Francois Moura

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Tierra en la boca

Imaginen cuatro parlantes negros gritando: “¡hijueputa!” Imaginen a una mujer llorando con un latido ronco en cada palabra. Imaginen un monte verde oscuro, el agua corriendo por las hojas de los platanales. Imaginen a esa mujer que llora y que grita “hijueputa”, diciendo, también, “lo maté”.  Imaginen que esos parlantes negros están en las cuatro esquinas de un salón lleno de personas con las cabezas hundidas entre los hombros, llorando, rogando para que lo que suena, para que lo que la voz vomita sea mentira. Una película de horror. Ficción.

Nadie sabe quién es. La voz que está detrás de los parlantes está escondida por el anonimato. Una de tantas mujeres a la que esta guerra mutiló emocionalmente y a las que dejó en la punta del abismo: sin fe, o sea, sin nada. El relato, aunque macabro, es escuchado con atención por todos: tres violaciones y un dolor que se convirtió en un monstruo oscuro parecido al odio.  Pura tristeza. Pura muerte. “Aborto de chucha” era el comandante, el verdugo. Nunca la dejó hablar, le gritaba: “¿A quién le van a creer? A mí”. Y cuando ella lo mató, cuando ella lo descubrió a punto de violar a su niña, le clavó un palo de madera por la espalda, lo arrastró hasta el patio de atrás de su casa y le abrió la boca, le rompió la mandíbula, se la llenó de tierra: hasta abajo, hasta que el puño no le cabía por la garganta. “Para que no hablés nunca más, hijueputa”, aulló ella. La voz se fue desvaneciendo y el salón quedó inundado de silencio. Un halo de desgracia nos atropelló a todos y nadie quería hablar. El sabor de la tierra se pegaba a las lenguas húmedas. Nos temblaban las manos por haber querido también agarrar ese palo y moler a “Aborto de chucha”.

El primero en hablar fue Iván Orozco, uno de los intelectuales más influyentes de Colombia. “Solo tengo una forma de vivir y es racionalizándolo todo. A veces nosotros nos convertimos en un eco del agresor, porque estamos inmersos en una religión al testimonio. ¿Cuándo es importante un testimonio?”, dice mientras todos todavía permanecen compungidos. “Sin embargo, esta mujer, su voz y su llanto fue como un cuchillo que nos atravesó”.

La razón de este encuentro entre colectivos culturales de Cuba, Argentina, Francia y Colombia es Experimenta Sur. El evento que va hasta mañana intenta generar espacios temporales de reflexión, experimentación e intercambio entre artistas y pensadores de América Latina y otros lugares del mundo alrededor de preguntas sobre las artes vivas como modalidad de pensamiento-creación, táctica de resistencia y agenciamiento de la ética, la estética y la política, a través de sus distintos dispositivos de representación.

Este año el tema central del encuentro fue “Mnemofilia & Lotofagia: consumo de memoria y pulsión de olvido”, que constituye una nueva provocación para reflexionar sobre las políticas de producción de memoria y los modos en que las artes vivas, u otras manifestaciones no reconocidas como “arte”, producen dispositivos y activan relaciones de memoria y olvido en el escenario poético-político de la vida común.

Y en ese encuentro, donde la voz de una mujer sin nombre perforaba a los asistentes y servía de materia prima para crear, se reunieron una jueza y un escritor, un politólogo y una filósofa para hablar, para intentar responder ¿Para qué sirve eso de la memoria?

En la sala había más mujeres que hombres. Había enojo y frustración. Una de ellas me dijo que no le había gustado la actividad, que no entendía por qué habían puesto esa grabación como una rata de experimento para que nosotros, que no sabíamos nada, que no entendíamos nada, habláramos de eso.

La discusión se disipó en escrituras y en productos audiovisuales. La voz se apagó.

Una caja de cartón

El artista Olivier Grossetête realizó para Experimenta Sur una de sus instalaciones en el Parque de los Mártires. A continuación, un monólogo del artista basado en una entrevista que dio para El Espectador.

Para mí el arte es, ante todo, una propuesta corporal, es un lugar de intercambios. Para mí el arte es un lugar donde hay una relación muy estrecha entre el ser humano y la creación.

Desde hace 15 años comencé a trabajar en esto. Comencé en estas arquitecturas con el cartón porque este material pone en inconformidad a la ciudad. Hay una relación estrecha entre lo que es la escultura y el tiempo, como el cartón y la piedra. Me interesa el tiempo.

Lo que yo busco con estas construcciones es explorar la relación entre el tiempo y la materia. Para mí lo que es importante en la creación artística es hacer las cosas. Es poner toda mi energía y mi conocimiento para que un proyecto nazca. La belleza de mi trabajo está en que una vez se haya realizado la construcción, la felicidad es muy efímera: me puede durar dos horas o un día, máximo un mes; pero yo no me quedo ahí. Yo paso a lo siguiente. Toda mi energía está invertida en nuevas creaciones: es una renovación continua de la energía y la creación.

Que algo perdure a toda costa es demasiado pretencioso. Eso sería imponerles a todas las generaciones que vienen en el futuro lo que uno hace, lo que gustó en un momento determinado. Eso no me interesa.  No me interesa crear el mercaderismo alrededor de la obra. Lo que me interesa es el momento donde se construye, donde la energía se cruza para crear.

Desconfío de los mensajes en el arte. No importan tanto las ideas para crear sino, la ideas que él genera. Cuando las cosas se hacen es cuando toman sentido y no es el pensamiento lo que construye la vida, sino la vida va creando los pensamientos. Sería muy aburrido pensar que el pensamiento es lo único que puede mandar sobre la vida. Hay algo que evidentemente me toca profundamente que tiene que ver con ideales o conceptos que uno quiere trabajar, pero en realidad lo que más me interesa es la relación con el tiempo. Lo que mi trabajo quisiera lograr es una especie de construcción: una imagen de la arquitectura y no ella en sí misma. La imagen y lo que representa. La arquitectura tiene esa relación directa con el poder. Porque al construir réplicas de escenarios de poder con cartón crea un desafío, una especie de broma. Una idea de falsa del poder. Lo que nos interesa es la generosidad que ofrece la gente cuando viene a construir en conjunto.

No me gusta la idea de que el arte tenga que servir para algo. Es la única cosa que puede ser totalmente innecesaria, y eso es lo que lo hace ser bello. Hay dos cosas que son indispensables en el trabajo: la imagen de algo que se construye y lo más importante es la construcción colectiva y todo lo que sucede alrededor. La subjetividad. Las construcciones siempre cambian porque somos siempre personas diferentes quienes la hacemos. Lo que me gusta es ese descubrimiento de una nueva ciudad, de la cultura.

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