Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
LA ÚLTIMA ENCUESTA DE NAPOLEÓN Franco reitera que sin Álvaro Uribe de candidato, el uribismo no tiene asegurada la victoria en las elecciones presidenciales de 2010. Esa tendencia viene consolidándose, al punto que no se la puede seguir desechando como una situación pasajera debida al referendo.
¿Por qué le está costando tanto trabajo al uribismo asegurar una hegemonía, si tiene un indiscutible dominio sobre la política colombiana? ¿Es realmente el referendo la causa, o por el contrario, ese ha sido el mecanismo para soslayar la incapacidad del uribismo de gobernar en cuerpo ajeno? Independientemente de que Uribe quiera reelegirse o no, puede tener razón en su pesimismo sobre las posibilidades del uribismo de mantener el poder si su nombre no va en el tarjetón.
Aunque es cierto que el referendo ha opacado a los precandidatos uribistas, obligándolos a permanecer en la banca, también es cierto que sin el referendo, el bloque de casi 25% de encuestados que dice que no votaría o que aún no saben por quién votaría, que parecería son en su mayoría ultrauribistas a quienes no les gustan los demás candidatos uribistas, pudieran estar engrosando las estadísticas de otros candidatos como Sergio Fajardo o Germán Vargas.
Puede ser que las encuestas estén confirmando un hecho evidente: que el fenómeno político de Álvaro Uribe, por caudillista, no es transferible. Por razones igualmente evidentes: que el caudillismo estimula la permanencia en el poder, no la alternación. Que la sucesión partidista que se consigue con partidos fuertes, desaparece con el personalismo. Pero sobre todo, que la polarización que estimula el caudillismo funcionó en las elecciones de 2002 y 2006, pero los opositores aprendieron la lección y esta vez no se fueron a los extremos despejándole el espectro político al uribismo. Por el contrario, en esta campaña en el costado no uribista hay un ex uribista (Germán Vargas), un ni uribista ni antiuribista (Sergio Fajardo), un candidato de centro (Rafael Pardo) y el dirigente más moderado de la izquierda (Gustavo Petro), lo que ha empujado a los candidatos uribistas hacia la derecha.
La falta de polarización política electoral no ha forzado a los seguidores del uribismo a cerrar filas en torno a un solo candidato. Los posibles sucesores del Presidente no se han podido beneficiar de la savia del uribismo —el miedo y el odio—, por la falta de una “amenaza” política interna. Solamente un aumento considerable de la intención de voto a favor de Gustavo Petro en las encuestas podría tener la contundencia necesaria para sellar un “triple play” con las Farc y Hugo Chávez. Pero eso parece improbable.
Para verificar si el uribismo es endosable o no, faltaría la prueba del guiño presidencial. Pero el hecho de que en las encuestas los candidatos uribistas estén empatados y/o superados por candidatos no uribistas, podría estar indicando que las mayorías no están comprando la tesis de que sólo el uribismo puede garantizar la seguridad, lo que dejaría el guiño del Presidente sin justificación efectiva. No es descabellado pensar que en la eventualidad de que Uribe no pueda presentarse, ante el riesgo de perder con un candidato uribista pura sangre, tuviera que abstenerse de hacer el guiño y sumarse discretamente a un candidato como Sergio Fajardo.