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Michelle se puede ir tranquila

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Conforme a la ortodoxia del populismo, Michelle Bachelet hubiera podido seguir en el poder.

Con el argumento de contar con un apoyo arrollador en las encuestas, que la presentan como la gobernante más popular del Continente, habría podido salirse del cauce original de la Constitución para inventarse, con la ayuda de unos intelectuales amigos, argumentos de fácil venta que le dieran el  chance de un nuevo período. Como resolvió más bien ser fiel a los principios del sistema presidencial, se podrá ir tranquila, en lugar de quedarse a perder, y hacer perder a su patria, todo lo que bajo su liderazgo se pudo haber ganado hasta ahora.

Pase lo que pase en la segunda vuelta, la democracia chilena aseguró su futuro. Las reglas del juego se mantuvieron como habían sido diseñadas originalmente. La vigencia de la Constitución no fue puesta en duda por nadie. Todos la respetaron y se sometieron a su supremacía. Nada de virus de interpretaciones acomodaticias. Nada de argumentos peregrinos en busca de revolver las aguas para sacar provecho del desorden. Con todo lo cual el país gana históricamente y puede avanzar en el bienestar que se deriva de la paz política interna.

Al avance y la consolidación del sistema chileno no contribuyen solamente la buena disciplina y el compromiso del gobierno y de los competidores por la jefatura del Estado en el nuevo período. También ayuda la existencia de opciones alternativas que permitan a los ciudadanos escoger entre propuestas distintas. De esas que sin salirse del marco general ofrecen maneras diversas de manejar los asuntos públicos y, sobre todo, buscar el bienestar general.

Los resultados de la primera vuelta muestran que, luego de un período relativamente largo de gobiernos de la izquierda democrática, puede venir una época de prevalencia de la derecha, también democrática. Lo que hay que subrayar porque bueno es marcar la frontera entre esta derecha de ahora, aceptable por todo el espectro político chileno si llega a ganar, y la terrible extrema que durante tanto tiempo impuso al país un ritmo marcial y un telón de fondo en blanco y negro.

Sin incurrir en los excesos inverosímiles de una alternación forzada, que mal pueden ser vistos como un avance democrático -véase la experiencia de Colombia en la segunda mitad del Siglo XX- la alternación chilena, en caso del triunfo de la derecha, sería auténtica, acorde con los ritmos de la historia y seguramente preámbulo de un posterior retorno del péndulo.

Los relevos en los puestos de comando de la vida pública interna, lo mismo que en la conducción del destino de los países por la jungla de la vida internacional, tienen básicamente la ventaja de traer nuevas ideas, nuevas interpretaciones y nuevas opciones dentro del propósito de conseguir y repartir el bienestar. Pero sirven también para evitar represamientos y decantaciones de aquellos que retardan procesos de desarrollo político y social y le van quitando fondo a las gestiones de los gobiernos.

El trabajo de la señora Bachelet desde la presidencia ya estuvo hecho. El país demostró que, por buena que fuera, no era irreemplazable y se podía pensar en alguien más. Además, no se ha quedado sin oficio. Ahora puede contribuir con su experiencia y su aprendizaje a muchas otras causas. Su talante democrático quedará confirmado cuando encuentre la más armónica con sus posibilidades de servir. Para ejemplo de países afectados todavía por prácticas primitivas de adicción al poder e ignorantes del sentido y la función del servicio exterior, nadie espera que termine por ahí como embajadora de quien sea su sucesor. Y los chilenos podrán avanzar bajo un nuevo liderazgo, con la satisfacción de contar con unas instituciones respetadas y además respetables. Lo que no deja de ser un patrimonio valioso en el escenario internacional.

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