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Paradojas de la Navidad

Tulio Elí Chinchilla
17 de diciembre de 2009 – 10:07 p. m.

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¿QUÉ SIGNIFICADO PODRÍA DARSE A la Navidad en una sociedad laica y pluralista? ¿Qué celebran en común quienes comparten rituales navideños, pero profesan creencias opuestas para sustentarlos?

Sin una respuesta, los trillados eslóganes de “Feliz Navidad”, “Navidad, tiempo de compartir”, “Navidad en paz”, “Noche de paz”, “Tiempo de reconciliación y de apagar rencores”, suenan como cascarones vacíos en labios descreídos. 

¿Por qué se regocijan en Noche Buena quienes, con desprecio por la creencia en la Natividad de Jesús, ven en los mitos cristianos de María Virgen y Madre y del Dios hecho niño, simples puerilidades producto de la ignorancia? Sorprende verlos, con maravillosa incoherencia hacer la Novena (“ven a nuestras almas, Jesús, ven, ven”) y cantar ingenuos villancicos. Tampoco para ellos será otra noche insustancial y anodina, algo vital sucede.

Más allá de intelectualismos, tanto a creyentes fervorosos como a hiperracionalistas despojados del don de la fe los alimenta un sentimiento común inapagable (irracional, por supuesto): la Natividad como gran metáfora que contiene en germen todo aquello valioso que magnifica a nuestra Cultura Occidental. La imagen del Dios omnipotente, rebajado a criatura vulnerable en humilde pesebrera, contiene los códigos secretos que fundamentan sentimentalmente y con portentosa eficacia las ideas de fraternidad, solidaridad, reivindicación de los seres vulnerables (humildes, pobres, descarriados) y justicia social.

Extraviado en su laberinto escéptico y sin apetencia por la vida, el sabio doctor Fausto expresaba así este sentimiento: “Bien escucho el mensaje, mas me falta la fe (…) no me atrevo a elevarme a esas esferas donde resuena tan magna anunciación, y, sin embargo, acostumbrado a ese sonido desde niño, incluso ahora me devuelve la vida”.

De “sentimentalidad” y no de ideas abstractas brotan los lazos capaces de unificar a los humanos, aunque sólo sea el infantil sentimiento navideño. Don Miguel de Unamuno lo descubrió: “El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo y sentimental”. Por lo que admiraba en Kant haber reconstruido con el corazón lo que había abatido con la cabeza, haber reconstruido “el otro Dios, el sentimental o volitivo… proyección al infinito de dentro del hombre por vida, del hombre de carne y hueso”.

Paradójicamente, la masa consumidora sólo vive una fraternidad que se vende en los mercados, que se agota en cuatro horas de euforia colectiva, incluidos el destape de regalos y el estruendo bélico del polvorín legalmente prohibido.

Pero esa noche pocos recuerdan que el mensaje evangélico primigenio —antes de haberse convertido en instrumento de poder terrenal— llevaba en su entraña la utopía del anarquismo pacifista que ilegitima toda violencia y toda dominación mundana, el socialismo humanista que desdeña la riqueza, sugiere la comunidad de bienes y proscribe todo préstamo financiero. Ideales que sólo podrían arraigar en sociedades edificadas sobre sentimientos comprensivos y compasivos, lo contrario del odio, el resentimiento, la competencia desalmada y la satanización de los diferentes.

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