
Por: Carlos Vives
Después de su trabajo como director invitado en Cromos, se ganó el afecto de la revista y se convirtió en uno de sus columnistas más queridos.
Hace 100 años nació Cromos, el año bisiesto de 1916. Vino a un mundo ya entonces convulso y polarizado por distintos ideales, caracterizado por impresionantes contrastes que van de lo divino a lo inhumano. Gobernaba en nuestro país el presidente Juan Vicente Concha, en una época que después conoceríamos como la hegemonía conservadora. Aunque Colombia y Suramérica en general eran lugares tranquilos en comparación con lo que ocurría en otras latitudes, ya veníamos cocinando a fuego lento nuestro conflicto histórico. Woodrow Wilson era reelegido presidente de la Unión y se rehusaba a aumentar el compromiso que los Estados Unidos habían adquirido con Colombia por la pérdida de Panamá. La Primera Guerra Mundial enlutaba a Europa y no hubo muestra de mayor barbarie que la Batalla de Verdún, en Francia, ocurrida ese mismo año. La casa editorial Maucci de Barcelona, con bombos y platillos, lanza la obra Clepsidra Roja, del escritor colombiano José María Vargas Vila. La revolución mexicana seguía su curso, y Pancho Villa y Emiliano Zapata expulsaban a los yanquis de Veracruz. En Medellín, Lía Restrepo era la sensación del tenis después de ganar la copa Ulpiano Valenzuela. Rubén Darío, en León, Nicaragua, se sentía desilusionado por no haber ganado el premio Nobel de Literatura. Kafka escribía la Metamorfosis. Doscientos bandidos, liderados por un tal Humberto Gómez, proclamaban la República Independiente de Arauca. El mecánico Carlos E. Padilla sobrevolaba por primera vez la sabana de Bogotá. Rasputín era asesinado en San Petersburgo por miembros de la aristocracia rusa. Eduardo Santos, desde la oposición, increpaba al clero por su intromisión en el Gobierno. En Colombia, todos se preguntaban por la vida del amigo inglés Roger Casement, el mismo que reveló al mundo las atrocidades que se cometían contra los indígenas del Amazonas.
Parte de esta historia la leí o me la contaron. Otra gran parte la he visto pasar ante mis ojos por las páginas de esta revista. Es una historia que me ha enseñado muchas cosas, en especial, a caminar, en lo posible, por la línea del medio, procurando alejarme de los extremos que irremediablemente terminan congestionados por el egoísmo, el individualismo y la violencia. Cien años, señores, ¿serán esos mismos de los que hablaba Gabo? ¿O serán los cien años de esa historia que me contaba María de Jesús en la casa de mi abuela Elena y que hablaba de una maldición a la que había sido condenada la ciudad? Puede ser el final de una centuria, pero también el comienzo de otra. ¿Una nueva? ¿Una mejor? Creo que es importante que, para esta, echemos una limpiada a nuestra alma, a nuestro corazón, a nuestra mente, a nuestro cuerpo, a nuestra casa, a nuestro barrio y a nuestro campo, para poder hacer realidad el sueño de ver limpio nuestro Río Grande de la Magdalena. Eso sería una señal inequívoca de que vamos por un nuevo rumbo.
Foto: Hernán Puentes.