Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EN LA CODA DE MI ÚLTIMA COLUMna decía que los símbolos de la violencia son dañinos para las universidades del país, lo que suscitó bastante correo pendenciero, de modo que paso a explicarme.
Espero no tener que demostrar que la violencia es habitual en las universidades públicas colombianas. Hay en ellas pequeños grupos de enmascarados que lanzan papas explosivas, junto con piedras y ladrillos, y no es raro encontrarles armas de fuego. Aunque muchos son meros anarquistas, también hay células guerrilleras detrás de estos grupos. No por nada el actual comandante de las Farc, Alfonso Cano, es un antiguo estudiante de antropología de la Universidad Nacional, al igual que numerosos dirigentes y milicianos. Insisto, por lo tanto, en que el simbolismo del Che Guevara y de Camilo Torres es perverso.
La primera mitad del dúo no ofrece mayores problemas. Hace mucho que el Che es una imagen vacía, pura foto para camisetas, pura canción que ya nadie canta, puro fracaso ideológico. Como un 007 de la revolución, el Che se declaró con derecho a matar, si bien sus méritos personales a la hora de convertirse en el portador ambulante de la pena de muerte eran escasos: mal economista, mediocre médico, hombre irracional y despótico. Joe Broderick, el biógrafo de Camilo Torres y antiguo simpatizante de Golconda, tiene al respecto una opinión contundente: la del Che Guevara es para él “una leyenda deleznable”.
Resulta más difícil calibrar a Camilo Torres, uno de los fundadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional y fugaz pero intenso dirigente del Frente Unido. A Camilo, sin embargo, nadie lo conoce como “el cura sociólogo”, lo conocen como “el cura guerrillero”, de modo que es imposible confundir el sentido de su simbología. Su vida, de claro potencial transformador, sucumbió al fragor mesiánico de los años sesenta y terminó con su sacrificio en Patio Cemento. Camilo obviamente no preguntó mucho antes de enrolarse en un movimiento como el Eln, dirigido en ese entonces por Fabio Vázquez Castaño, un psicópata redomado dado a fusilar gente porque sí.
Sobre el error vital de Camilo no quedan dudas, pero si alguien las tiene, podría echarle un vistazo a la trayectoria posterior de Manuel Pérez, el sanguinario y frío curita aragonés que fue su rendido admirador y que comandó durante quince años al Eln. La tragedia es que a una organización como ésta se puede entrar siendo idealista; luego por fuerza cualquiera termina endurecido y matando, incluso obispos, como mataron a monseñor Jesús Emilio Jaramillo, para no hablar de Jaime Arenas, Víctor Medina Morón, Ricardo Lara Parada y un resto de antiguos camaradas de lucha. Camilo tuvo como única fortuna la de no enfrentar la degradación de su organización.
No estoy sugiriendo que el rector de la Nacional retire a la brava los símbolos, sino que abra un debate amplio sobre su pertinencia. Al final podría realizar un referendo —éste sí necesario— entre los estamentos de la universidad a ver qué deciden. Si quieren preservar los símbolos de la violencia, bueno sería saberlo, y de todos modos quedaría el beneficio del debate; si por el contrario votan por removerlos, se procedería en consecuencia para luego buscar otros más adecuados. ¿Por qué ha de ser mejor símbolo Ernesto Guevara que José Celestino Mutis? Los dos representan caminos divergentes en la vida. En el segundo no opera la pena de muerte.