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Nadie puede asegurar que quien fracasó en Irak va a tener éxito en Afganistán.
Tampoco hay motivos para creer que los poderosos accederán a realizar un acuerdo verdaderamente salvador en la cumbre de cambio climático de Copenhague. La postguerra fría, con su desorden y un nuevo reparto de ilusiones, pone de manifiesto al mismo tiempo las debilidades y las oportunidades reservadas a esa minoría que influye de manera definitiva en el destino del mundo. Oportunidades que si no son aprovechadas por ella con sabiduría, pueden resultar en triunfos de momento y catástrofes posteriores de las cuales habrá que exigirle responsabilidad.
Reconocido y premiado por sus intenciones pacifistas, el presidente de los Estados Unidos tuvo que ir a explicar largamente, al recibir el Premio Nobel de la Paz, los motivos que le han llevado a ser el impulsor de un proyecto de guerra que, según confirmó, busca la paz. En lo que coincide con casi todos los proyectos de guerra de la historia. Y con lo cual no agrega nada al prestigio del galardón.
Algunos de los nuevos colegas de Obama, científicos que recibieron el Nobel en disciplinas como la Medicina, la Física o la Química, cuestionaron abiertamente el otorgamiento del premio al gobernante estadounidense. El origen parlamentario de la decisión sería de pronto la mancha de politización que se le puede atribuir. Uno de ellos recordó que el Nobel de la Paz fue conferido a Arafat pero no a Gandhi o a Luther King. Otro sugirió que el premio fue conferido antes de que Obama cometiera un error grave y no faltó quien afirmara, con rigor, que en esa lógica él mismo ha debido recibir el premio cuando anunció que se dedicaría a investigar, hace diez años, sobre el tema que ahora le mereció los máximos laureles.
Todo lo que Obama tiene que hacer, después de su discurso de Oslo, es confirmar que su estrategia en Afganistán es la correcta y que de allí podrá retirarse en corto tiempo, junto con sus aliados, luego de recobrar los frutos de la inversión de fuerza que acaba de decidir. La medida, por supuesto, no puede ser otra, en los mismos términos de su aventura, que la de dejar consolidado en el alma de los afganos un régimen de tipo democrático occidental, digno de ser puesto como ejemplo de progreso y de paz. Cosa que a todas luces resulta bastante improbable, a juzgar por las barreras no sólo militares sino culturales que tiene que vencer, y sobre todo por los resultados de la experiencia de la guerra en Irak, que tenía propósitos similares, de cuyo incumplimiento hay pruebas suficientes.
Al hacer caso omiso de la tradicional y cada vez menos necesaria reverencia por los privilegios de las potencias, el escenario de la reunión de Copenhague no resulta tan favorable a ellas como muchos quieren hacerlo aparecer. Porque si bien es cierto que no estarán dispuestas a frenar su desarrollo, y sus ganancias, en aras de la protección del planeta, están obligadas a tomar decisiones con una visión histórica de utilidad universal que no se sabe si estén dispuestas a sostener.
Las movilizaciones ciudadanas, unas presentes y otras distantes, que reclaman un acuerdo practicable de salvación, se suman a las acciones directas, en el seno de la discusión, de piedras minúsculas en el mapa, como es el caso de Tuvalu. Todas coinciden en que es preciso que grandes y chicos se tomen el asunto en serio y produzcan un esquema de manejo que permita frenar el proceso de deterioro ambiental de un planeta que, sea como sea, pertenece a todos. Si no lo buscan, o más tarde no lo cumplen, los poderosos que concurren tendrán siempre una responsabilidad mayor, que tarde o temprano habrá que reclamar.