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Los críticos uribismo tienen mucho qué criticar. Desde las tesis medievales de Alejandro Ordóñez y su odio a la comunidad LGBT, y los disparates de María Fernanda Cabal (¿cómo olvidar su trino infame al morir García Márquez?), y las locuras de Paloma Valencia, como dividir el Cauca entre indígenas y mestizos, y su famoso corazón sagrado de Uribe.
Pero todo eso palidece frente al peor defecto del uribismo: su absoluta falta de autocrítica. Cuando un grupo se postula como redentor, infalibe y moralista, cree que puede dejar de cuestionar y revisar sus propias acciones, y eso suele terminar en un espectáculo de ceguera e hipocresía, con bandazos de incoherencia. La mejor prueba es el uribismo.
Por ejemplo, ese movimiento fustigó el proceso de paz con las Farc, diciendo que llevaría a la impunidad de la guerrilla. Pero olvidó que el proceso de paz de Uribe con los paramilitares llevó a una impunidad vergonzosa. Lo dijo Hernando Gómez Buendía: de 32.000 paras desmovilizados y 42.000 homicidios acumulados, hubo “22 condenados en firme, ocho años de pena máxima y libertad para casi todos a partir del 2015”.
También criticó que ese proceso no había sido bien explicado al país. Pero olvidó que Humberto de la Calle duró años haciendo eso mismo, mientras que Uribe extraditó a los jefes de los paras a EE. UU. en una noche, y a espaldas del país. ¿Qué se hizo su indignación en esa ocasión?
El uribismo protesta por las críticas en su contra, que “dividen al país”. Pero, como dijo Vladdo, olvida todas las veces que ese sector, empezando con el mismo Uribe, no ha hecho sino atizar las llamas de la polarización y la discordia entre los colombianos.
Y ahora el uribismo está en pánico con la crecida de Gustavo Petro. Gritan de miedo, y anuncian que el triunfo de Petro sería el fin de Colombia. Quizás. Pero esas mismas personas olvidan que el radicalismo de su propio discurso de derecha y el simultáneo fortalecimiento de Petro son fenómenos que van de la mano.
En efecto, la izquierda vive un mal momento de desprestigio mundial. Muchos de sus líderes, celebrados como promesas de renovación política, están tras las rejas. En Colombia la extrema izquierda de las Farc obtuvo una votación risible. Y, sin embargo, es en este contexto que el apoyo a Petro más ha crecido. ¿Por qué? En gran parte, gracias al uribismo, aunque ellos no lo capten. Cuanto más se radicaliza un sector de la sociedad, más se fortalece la posición contraria, y por eso crecen de manera paralela y en tamaños comparables. Así pasó en Inglaterra con el brexit, en Colombia con el plebiscito de la paz y en EE. UU. con la división entre republicanos y demócratas. En todos estos casos hay casi un equilibrio de fuerzas opuestas, y no es una coincidencia. El uno alimenta al otro, y el primero fortalece al segundo. Eso ha pasado en Colombia. La falta de autocrítica del uribismo ha inflado lo que más teme: una izquierda demagógica con un pésimo récord de gestión pública. Que no se quejen: el auge de Petro se debe, en parte, a ellos mismos.
Por eso Iván Duque debe evitar la influencia fatal del uribismo. Porque sabemos cómo termina esa película: en un gobierno de políticas extremas, incapaz de admitir sus propios errores. El país necesita un líder mesurado y autocrítico. No el amparo del corazón sagrado de Uribe.
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