Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En los últimos 45 años he participado en negociaciones con los asiáticos y en no pocas de ellas he sido testigo de cómo se puede llegar a un arreglo sin necesidad de hablar sobre el mismo. Por eso me sorprenden las críticas que se levantan frente a lo acordado en Singapur entre Kim Jong-un y Trump. Da la impresión de que muchos se ilusionaron y pensaron que en una reunión, preparada en el curso de unas semanas, sería posible despejar el futuro del mundo.
La estrategia tal como se desarrolló resulta comprensible desde la perspectiva asiática que se cimienta en el respeto indeclinable por el conocimiento. Confucio aseguraba que “el conocimiento es mantener que se sabe una cosa cuando se sabe y no hacer que se sabe cuando no se sabe”. Resulta obvio que, al presentarse una disyuntiva como esta en medio de una negociación, sobrevendrá un grave riesgo para la misma. Además, agregaba lo siguiente: “El hombre superior desea ser lento de palabra y diligente en la acción”. Con esto en mente, el documento suscrito en Singapur constituye un éxito. Hasta dónde pueda llegar dependerá de la voluntad de las partes para persistir.
Ahora, si se quiere mirar desde Occidente, también tenemos elementos tan pragmáticos como los que encontramos en Oriente. En el capítulo X de la segunda parte de El Quijote, nos recuerda Sancho que “donde no piensa, salta la liebre”. La advertencia enseña que no se puede prever todo. Que vivimos en un cambio permanente en el que lo imposible solo se hace necesario cuando se convierte en posible. Pero no antes.
Kissinger, quien aparte de las políticas que impulsó fue un extraordinario negociador, decía esto en su libro China (2012: 283): “Los comunicados suelen ser perecederos. Definen más un estado de ánimo que una dirección”. El comentario lo hizo al referirse al Comunicado de Shanghai que se expidió al final de la visita de Nixon a Mao en 1972 y que vale la pena revisar ahora. Es justo el ánimo lo que se plasmó en Singapur: las partes “reconocen que la construcción de confianza mutua puede promover la desnuclearización”.
El encuentro entre Nixon y Mao que cambió la historia del mundo fue posible porque los dos actuaron como iguales. Y algo casi igual sucedió con Kim y Trump. Si lo que produjo el balance fueron las capacidades nucleares de ambos, habrá que decir que el gran ganador en Singapur fue la dinastía Kim que persistió con un proyecto desafiante hasta concretarlo. China, por su lado, ha jugado con enorme sutileza y está al lado de los laureles. El presidente Moon de Corea del Sur también podrá subir al podio, pero le falta un recorrido en lo local. En cambio, es probable que Trump sí cobre los avances en su política local. Sin embargo, el perdedor en lo internacional parece ser el primer ministro japonés cuyo desvanecimiento sorprende. Tal vez las dificultades internas por los escándalos que han puesto en vilo su reelección en septiembre le hayan demandado todas sus energías.