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ES UN MES AMBIVALENTE EL ÚLTImo del año pues suele avivar los recuerdos a la vez que suscita un sutil olvido de pequeñas cuestiones que obnubilan el día a día y que llamamos problemas.
Comenzamos a posponer las obligaciones, los compromisos, las citas de trabajo, se sisan unas horas adicionales a las que de sólito se restan a la jornada —aunque en ocasiones la premura obligue a que triunfe la eficiencia—, se instaura la jovialidad en los lugares de trabajo, salen a vacaciones colegios y universidades y al jefe se le responde con una mirada difusa y una semisonrisa. Se archivan pesados legajos que ocupan luengas, tediosas y pesadas horas de chupatintas, oficinistas y jefes de diversa índole y en su lugar aparecen cintas decorativas y coronas de Navidad. Se celebran novenas en las que nunca se reza, pues no hay devoción, pero se canta y se baila para ahuyentar las incertidumbres, colmar el vacío de ansiosos corazones y rehuir el silencio de la rutina.
Parece que vida y alegría se enseñorean de las almas y las horas y quiere reinar la fraternidad y la concordia pues se ignoran o se esconden los problemas para darle paso a ese sentimiento vago pero presente que inunda los pechos y las ciudades y que hace que diciembre sea siempre un mes único, diferente de todos los otros meses del año. Aunque también mueren algunos, pero a fuerza de querer morirse; otros, en cambio, resucitan al son del jolgorio y de las decembrinas francachelas, buñuelo y natilla incluidos, aunque nunca más vuelva a probar los buñuelos de mi abuelita Mariela, porque su receta se perdió para siempre, pero no su memoria que apacigua y consuela. Retorna la alegría, efímeras rencillas se perdonan o se subliman y el espíritu se inflama, con el alegre y triste marchar de sus días, aunque en un cierto punto de la noche, recurrentes espectros de fin de año colmen el ambiente de bellos y, por veces, dolorosos recuerdos y aneguen las pupilas. Pero todo ello con la arcana esperanza de que el año entrante sea bueno; sea el mejor.
Se reúne la familia para celebrar que se reunieron y se bebe y se comparte con liberalidad y con holgura. Y al vaivén de los sones de fin de año retornan los nuevos propósitos de siempre que se abandonan los primeros días de enero. Se va consumiendo el mes, se va consumiendo el vaso, se va consumiendo el año y en no pocas ocasiones la melancolía inunda nuestros corazones por los que están lejos o los que ya no están. Abrázase uno con los suyos y le da un beso a la madre adorada en la noche vieja: eso es el diciembre.
Permita en consecuencia el amable lector que hoy dedique esta columna a ellos, a los que tienen la familia lejos, a todos los que no están y cuyo recuerdo y cuya ausencia es tan honda y tan notoria en este mes entrañable de recuerdos y olvido. Dedico, pues, con el corazón estas líneas que hoy firmo, celebrando en la distancia, además, el día de mi cumpleaños.