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De las películas que realmente me asustan, las que pronostican un apocalipsis ambiental, como 2012, son las peores, justamente porque están basadas en un problema real, por más que lo exageren. En estos días el calor sofocante de Bogotá es un testimonio de que el calentamiento global es un hecho.
Desde 1990 el prestigioso panel intergubernamental sobre el cambio climático (IPCC) viene advirtiendo que si no se reducen las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero la temperatura de la tierra aumentará a niveles jamás vistos, con efectos impredecibles para la humanidad. Algunos de estos, el aumento en la temperatura y el nivel de los mares, el derretimiento de los glaciares, cambios en el clima, e incrementos en la frecuencia e intensidad de los desastres naturales ya están afectando a la población mundial, en especial los sectores más vulnerables.
En las cumbres de Río de Janeiro (1992), Kyoto (1997) y Bali (2007) los países del mundo han establecido, con reducido éxito, un marco global general para discutir el problema del cambio climático, la responsabilidad compartida pero diferenciada para enfrentarlo y compromisos específicos de reducción de emisiones de gas, en especial por parte de los países más desarrollados. Las negociaciones que se realizan en la cumbre de Copenhague son críticas, por cuanto según los expertos las emisiones tienen que disminuirse dramáticamente antes de 2020 para evitar un nivel de calentamiento global entre riesgoso y catastrófico. Aunque es improbable que se firme un tratado, un acuerdo amplio sobre la fijación de metas, así como su financiación, es fundamental, por cuanto una declaración débil en Copenhague podría anticipar un punto de no retorno en cuanto al cambio climático.
La magnitud de los recortes en emisiones de gases y la financiación para que los países menos desarrollados puedan reducir las suyas, y adaptar a los impactos del cambio climático son dos temas neurálgicos en esta cumbre. Hay consenso científico de que un aumento de más de dos grados en la temperatura de la tierra es peligroso y que a nivel mundial tendría que haber una reducción de 25 a 40% en las emisiones de gas para el 2020 para congelar esta tendencia. A pesar de que Estados Unidos (que no suscribió el Protocolo de Kyoto) y China ¬los dos principales emisores de CO2¬ han sido reacios a suscribir un cronograma específico, ambos se han comprometido a reducir sustancialmente sus emisiones. Además de la falta de liderazgo estadounidense en el tema y las diferencias de posición entre los países del Norte y Sur, garantizar un compromiso en torno a metas de mediano y largo plazo es difícil, dados los tiempos inmediatistas de la política. El problema de la financiación también es central. Lo que invierte el Norte hoy, en especial en el Sur, es muchísimo menor a lo que exige la transformación de sus economías.
La ingenua felicidad ante las luces navideñas simboliza la irresponsabilidad y falta de conciencia de la mayoría de nosotros ante el cambio climático. Por más que éste no se compara con la ciencia ficción –y tengo mis dudas– Copenhague tiene enfrente un mundo cuyo futuro está en juego.