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NICOLÁS CASTRO, EL ESTUDIANTE de arte de la Tadeo que supuestamente instigó al asesinato de Jerónimo Uribe, el hijo del Presidente, no debe ir preso por la simple expresión cibernética de una idea absurda, a menos que la Fiscalía logre demostrar en forma contundente que dio pasos concretos para que se realizara el crimen.
Por lo que se sabe hasta ahora, el muchacho lo que hacía era husmear por ahí y alardear un poco. El general Luis Gilberto Ramírez de la Sijin dice que entraba a las páginas de las Farc y Al Qaeda, en cuyo caso también puede venir por mí, pues he hecho otro tanto. Ojalá el propio Castro tuviera la generosidad de reconocer al final del proceso su imprudencia, en vez de decir que es una mansa paloma incomprendida.
Vivimos en un ambiente polarizado y cargado de odio. Por eso, el cuasi anonimato que ofrece internet saca a flote tanta turbiedad. Me dirán que ante las muchísimas amenazas cumplidas en las últimas décadas de nuestra sangrienta historia, no se puede amenazar en broma. Yo concuerdo: toda amenaza entraña una semilla de violencia y ninguna es legítima. Gústennos o no, ni Piedad Córdoba, ni Gustavo Petro, ni Álvaro Uribe, ni José Obdulio Gaviria, ni siquiera un guerrillero/paramilitar con mil crímenes encima puede ser objeto de la pena de muerte en Colombia. Una de las bases de la civilización es la abolición del linchamiento y de la justicia privada. Cualquier persona puede objetar de forma vehemente, incluso malgeniada, lo que hacen o dicen los arriba mencionados, pero de ahí a promover la violencia privada contra ellos hay un salto cualitativo que debe evitarse si queremos sobrevivir como país.
Acepto que toda amenaza creíble amerita una investigación para ver si implica un peligro real. Lo que no se puede hacer es presumir que detrás de cada delirio verbalizado en un medio tan inmediato como internet hay un psicópata listo a matar a alguien. La gente usa el ciberespacio para airear en público y sin firma sus fantasías más locas. Esto tiene su lado bueno y su lado malo. Bueno porque exterioriza lo que circula en el fondo anímico de la sociedad, malo porque tanta pelea de gallos sin nombre exalta los ánimos y fomenta la cobardía del anonimato.
Los debates argumentados son muy escasos en Colombia y en cambio brillan por su presencia los insultos sin argumentos, las más de las veces escritos con una ortografía patibularia y con pésima sintaxis. ¿Qué hacer? Invertir más en educación, digo yo, porque los energúmenos que pululan por ahí ya se fueron así, burros y bocones.
Y hablando de educación, la condición de Nicolás Castro como estudiante universitario nos debería de preocupar. Desde los años sesenta, en las universidades colombianas nadie sostiene con claridad que la violencia es fatal para el desarrollo, que ha sido, de lejos, la peor generadora de pobreza en el país. ¿Qué hacen todavía en el campus de la Nacional como grandes símbolos Camilo Torres y el Che Guevara? Yo digo que pasó hace mucho la fecha de vencimiento de esos símbolos y que no podemos seguir permitiendo que la educación superior se mezcle, como se mezcla, con la violencia. Sin embargo, a los sucesivos rectores de la Nacional les han faltado pantalones a la hora de plantear los cambios de simbología, para no hablar de frenar en serio la violencia. Nada demasiado nuevo: los energúmenos amedrentan a los pusilánimes. Por eso estamos como estamos.