Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
NORMALMENTE ES DIFÍCIL PONERse de acuerdo con Fernando Londoño, pero su última columna contiene reflexiones que aquí también hemos auspiciado.
La discusión inverosímil sobre el referendo no puede mirarse como disputa de rabiosos litigantes que atiborran los juzgados con discusiones truculentas.
Es el legado de Uribe y su figura histórica lo que está en juego. La misma que, si las cosas siguen como van, el uribismo se apresta a deslustrar.
Pero, ¿cuál es el verdadero legado de Uribe?
La consecución de la seguridad es portentosa. Aun con los reveses que señaló Arco Iris en un estudio injustamente demonizado, no terminaremos de agradecerle a Uribe su política de seguridad democrática.
Pero este no es un legado para el futuro. Pocas veces las victorias militares con grupos internos conducen a la gloria. Los guerreros consagrados, lo han sido habitualmente contra enemigos externos. El caso de la guerra civil española es distinto: fue una conflagración integral. Una contienda civil generalizada. Dentro de 200 años, en los textos escolares de historia, poco se dirá sobre los éxitos de Uribe en este campo: apenas un renglón escueto.
La verdadera herencia que deja Uribe es que destruyó una visión vertical y anticuada de la política colombiana y configuró un escenario más contemporáneo.
Luego de las disputas del siglo 19, de la desaparición de la cuestión religiosa y de la Revolución en Marcha, los partidos entraron en un marasmo vertical, policlasista y tontarrón. La maquinaria dejó de ser un medio para conquistas mayores y se convirtió en un fin. Los partidos medraron en pequeñas escaramuzas bobaliconas y ambiguas. Tanto en el liberalismo como en el conservatismo, convivían sin pudor abusivos terratenientes, oficinistas con caspa, añejos líderes obreros ya sin overol, manzanillos de toda pelambre, jóvenes trepangos, mesocracia apolítica y amas de casa cuya aspiración era la visa americana. En fin, cualquiera.
Uribe modernizó la política porque la reorganizó de manera transversal. De un lado quedó una derecha que salió de la madriguera, ahora sin vergüenza, sin el carácter clandestino que tenía en los años 60. Allí se agruparon los que prefieren el orden sobre la libertad, el centralismo sobre la sospechosa provincia, los desarrollistas, sobre todo en la empresa agrícola (AIS) y en las exenciones a los empresarios, los enemigos a ultranza del aborto, los del aplazamiento del gustico, los que huelen a incienso conventual, los del no a las uniones gay, los que abominan de la tutela y prefieren el orden sagrado de una justicia que no decide nada, los que creen que, de verdad, el Presidente es el jefe del Estado. De todo el Estado. Allí se agruparon, bajo la batuta de Uribe, el Partido Conservador, la derecha liberal, algunos movimientos cristianos y el grueso del empresariado.
Y lo hizo de frente, sin jugar a las escondidas, bajo la máscara de movimientos nacionales u otros subterfugios.
Las discusiones de hoy son discusiones contemporáneas. Salimos de la patria boba.
Lo de lamentar es que este ha sido un tránsito demasiado agresivo. Uribe parece un paisa arrevolverado con peinilla en mano. Y por el lado de la oposición, tampoco se pierde puñalada.
Que siga la discusión. Pero que todos respeten las reglas de juego. Y que Uribe también aplace el gustico de la reelección.