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Muy Apreciado Héctor Abad,
Esta carta no está dirigida al individuo o al buen novelista que usted es, sino al ciudadano cuya voz tiene el privilegio de resonar en los medios de comunicación y las redes sociales.
Soy un profesor de humanidades que se pregunta si la ética ciudadana que enseñamos en las aulas tiene alguna utilidad práctica en el mundo de la vida y, en particular, en el actual momento histórico del país.
En primer lugar, lamento mucho los ataques que ha sufrido por su defensa del voto en blanco para la segunda vuelta de elecciones presidenciales. Sin embargo, lamento aún más que malgaste su tiempo y lucidez respondiendo anónimos canallas, en vez de elevarse al nivel del debate propuesto por intelectuales, artistas, periodistas y juristas, entre muchos otros, sobre el valor y sentido del voto en blanco. Para responder a aquellos que, con argumentos serios y respetuosos, han explicado por qué separan sus gustos personales de sus deberes como ciudadanos, hace falta mucho más que un «con su pan se lo coman».
No dudo que si usted y otros personajes públicos decidieran que dos más dos es cinco o tres, los matemáticos se apresurarían a manifestar su sorpresa y, seguro, también recibiría miles de insultos de los fanáticos de la suma. En cambio, es interesante que cuando —por omisión o ligereza— el dos más dos de la ética ciudadana se convierte en un cinco, tres o cero, el asunto pasa desapercibido, incluso para quienes han intentado sacudir la adormecida conciencia moral de los colombianos.
En primer lugar, se equivoca al pensar que el voto en blanco es un voto neutro. Por su misma naturaleza, el voto, así sea en blanco, es un acto político y no hay actos políticos neutros.
Lo segundo es que su idea de que «Colombia se debate entre dos desastres» y que no hay más que dejar que «el diablo entre y escoja», niega el principio y función básicos del discernimiento ético en un momento de decisiones trascendentales.
Para elegir entre dos bienes no hacen falta principios éticos (aquí el criterio puede ser el mayor disfrute o conveniencia). Tampoco hace falta el discernimiento ético para decidir entre una opción buena y una mala (aquí con el sentido común basta y sobra). El discernimiento ético se requiere precisamente cuando nos enfrentamos a dilemas morales, esto es, juzgar y decidir entre dos situaciones desventajosas o cuyas consecuencias requieren ser ponderadas a conciencia. Este es el indeseable dilema al que se enfrenta un jurado de conciencia. Mi padre, un profesor de matemáticas, tuvo que serlo en repetidas ocasiones, y gracias a su neutralidad respecto a los implicados, estaba habilitado para decidir a conciencia y tomar decisiones que, muy a su pesar, cambiarían definitivamente la vida de una de las partes.
No hay un recetario para resolver dilemas morales. De hecho, al estudiante apenas se le ofrece un criterio metodológico básico: «no hacer distinción sin aclaración» y un principio ético en el que sin reparo convergen tanto las religiones históricas como un sinnúmero de tradiciones filosóficas y teológicas de oriente y occidente: el bien común, en especial el de los más vulnerables y vulnerados.
Este es el criterio con el cual incentivamos en los estudiantes la capacidad de tomar decisiones informadas, razonadas y razonables. Este es el criterio que esperamos nuestros estudiantes recuerden una vez que hayan olvidado todo lo que se les enseñó en la escuela.
Ateniéndome a su idea de los «dos desastres», el criterio ético por excelencia de buscar el «bien común’» se podría traducir en la búsqueda a toda costa del mal menor. Siendo tan diferentes las agendas de los actuales candidatos, así como las alianzas que los respaldan, creo que es un acto de ligereza afirmar, sin distinguir ni aclarar, que el país está abocado a dos desastres de iguales proporciones y que no hay más que dejar que «el diablo entre y escoja».
Hace cuatro años, hubo consenso sobre el hecho de que el país estaba polarizado y que Santos (el adalid de la paz) y Zuluaga (un títere) representaban dos males, y que el país tenía que elegir el mal menor. No entiendo por qué hoy ese criterio no es válido. ¿Cambió el país? O ¿fue usted quien cambio de criterio?
La pregunta que le formulo, y que he formulado a muchos, es ¿de qué manera el voto en blanco (cuya legitimidad no se discute y cuya neutralidad se descarta por falaz) contribuye a la búsqueda del bien común o, si lo prefiere en términos negativos, a elegir un mal menor?
Hasta ahora, de parte de aquellos hombres públicos atrapados en esa otra polarización entre Fajardo o nada, solo he escuchado que votan en blanco porque es legítimo, porque los insultaron, porque no quieren ensuciarse las manos, porque quieren preservarse puros para un eventual regreso de Fajardo, porque ninguno les gusta, etc. Esto leo, repito, de quienes hace cuatro años optaron por el mal menor. No he leído todavía el primero que argumente que vota en blanco por el bien común, en especial de los millones de colombianos vulnerables y vulnerados por setenta años de conflicto armado.
En unas elecciones en las que no sólo la elección de uno de los candidatos sino también la no elección de ninguno de ellos se ha convertido en un delicado dilema moral, el discernimiento ético (ese que usted descarta de plano) es más necesario que nunca. La primera vuelta electoral nos mostró que el poder de elegir el «mal menor» (o el máximo bien común posible, para ponerlo en términos positivos) no lo tienen las maquinarias políticas tradicionales sino la vitalidad de un electorado crítico y libre. Por ello, lo que está en juego no es el derecho de los ciudadanos a votar en blanco, sino las implicaciones prácticas del mismo. Esto no es un juicio de valor sino la constatación de un elemento inevitable de la ecuación moral que cada votante tendrá que resolver al marcar su tarjetón.
Permítame terminar con un ejemplo «neutral» al caso colombiano. En 1940, Winston Churchill, un político inglés que había cometido graves errores estratégicos en el pasado, fue elegido primer ministro. Pese a tener al parlamento en su contra, Churchill se negó a negociar un dudoso tratado de paz con la Alemania Nazi y le declaró la guerra a un enemigo que no tenía cómo derrotar. Hasta ahora la historia no ha desautorizado su decisión de elegir el menor de los desastres posibles. Lo que, sin embargo, no fue suficiente para evitar que Churchill, convertido en un héroe nacional, perdiera las elecciones de 1945. Así es la política cuando no se elige a un candidato sino a un programa de gobierno.
Con sincero aprecio,
Juan Mario Díaz, PhD Universidad de Roehampton, Londres.