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Primero en 2003, cuando una tanda de penales luego de un encuentro frío, a lo italiano, con defensas férreas, lo dejó sin la posibilidad de levantar el trofeo de la Champions League. Ese día, el 28 de mayo, Gianluigi Buffon, un arquero talentoso de 25 años, tuvo que ver, de manera taciturna, cómo el Milan de Paolo Maldini levantaba la orejona, mientras él, abrazado con Alessandro del Piero, observaba con desdén la medalla de subcampeón con la nostalgia del que hace todo bien, pero no obtiene un resultado.
Después, en 2015, aceptó con dignidad la superioridad del Barcelona de Lionel Messi. El gol tempranero de Iván Rakitic, el del empate de Álvaro Morata, Juventus jugada al ataque y el tanto de Luis Suárez que dilapidó todo, que esfumó otra vez el sueño. Ya después llegaría el de Neymar para el 3-1 contundente. Y Buffon, de 37 años, con la experiencia como respaldo, tuvo que colgarse otra vez la medalla de subcampeón.
Persistir para ganar, el lema de un hombre que, a diferencia de muchos otros, no abandonó a la Vecchia Signora cuando se destapó el escándalo de la compra de árbitros, mejor conocido como Moggigate, y que terminó con el descenso del club de Turín a la segunda división del fútbol italiano. “Uno no se aleja de la familia cuando hay problemas. Todo lo contrario, hay que estar hasta el final”.
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Luego vino Cardiff y la final del año pasado, y el mismo rival de este miércoles, y un 4-1 a favor del Real Madrid, y la impotencia del arquero, la frustración del hombre, el sentimiento encontrado del que lo es todo, pero que en esos 90 minutos no pudo ser nadie. “Lo volveré a intentar el próximo año”, fue lo único que dijo finalizado el encuentro. Hacer camino de honor a otros se hizo algo rutinario, doloroso, pero llevadero, siempre pregonando la decencia por el rival, por el aficionado, por el juego mismo.
Este miércoles, Buffon perdió el control cuando el juez Michael Oliver decretó una pena máxima en el epílogo del juego, cuando Juventus ganaba 3-0 y estaba forzando el alargue en pleno Santiago Bernabéu contra el Madrid. Los ojos como cuchillos del guardameta en el central del juego, la ira, el descontrol y, por ende, la tarjeta roja. Ese instante de cólera, de coraje, puede que sea recordado como el último del arquero italiano en la Champions League, la competencia esquiva para un portero que casi lo ganó todo, para el jugador que entendió, desde que era un juvenil en el Parma por allá en 1995, que obtener el respeto como hombre y no como futbolista es la mayor retribución que se puede tener en este deporte.