Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Jorge Eliécer Gaitán Ayala, uno de los políticos más preclaros que ha tenido Colombia por el Partido Liberal, habló a sus huestes y les dijo que en esta nación existen dos países: el país nacional y el país político.
En estas elecciones que se dan para elegir al próximo presidente de la República, los hemos visto manifestarse palpablemente. Por una parte, el pueblo que votó de manera independiente, a conciencia, que no está ligado a lo que imponga un partido o un caudillo, sino que vota pensando en lo mejor que le conviene al país.
En la otra orilla, el pueblo que vota arrastrado por intereses partidistas o guiados por políticos que han escogido la política como una profesión para hacer negocios e influir sobre la masa votante.
Al primer grupo lo vemos en los ciudadanos, especialmente jóvenes, que acompañaron con su voto en la primera vuelta al candidato Sergio Fajardo, de la Coalición Colombia; y al otro grupo lo contemplamos en los electores que acompañaron con su voto al candidato Iván Duque, del Partido Centro Democrático, que lidera el senador conservador laureanista, Álvaro Uribe Vélez.
En esta segunda vuelta, que se está procesando, los dirigentes de los candidatos derrotados, como César Gaviria Trujillo, Germán Vargas Lleras, los conservadores de la U, y todos los que dicen “comulgar” con el candidato triunfador, cerraron filas en torno al candidato Iván Duque, sin solicitar contraprestaciones por su “desinteresado apoyo”.
En épocas pretéritas, eran los sacerdotes católicos quienes desde los púlpitos hacían fervorosos llamados a sus feligreses para que votaran por el candidato que su excelencia el obispo les ordenara; hoy, son los pastores evangélicos quienes ordenan a su feligreses votar por el candidato de su predilección. ¿Acaso esperando un auxilio en dinero para construir el templo?
El próximo 17 de junio, los colombianos tenemos que decidir, no por el candidato que haga más promesas para cambiar este país, sino por el candidato que nos garantice realmente la paz, la reconciliación, la reparación de innumerables víctimas, el respeto al Acuerdo de Paz, que hizo que miles de combatientes dejaran las armas y se reintegraran a la vida civil; una reforma a la justicia, donde se pueda terminar con la impunidad que está en este momento generando violencia, dejar que la Jurisdicción Especial para la Paz pueda empezar a trabajar, y quienes de los actores de la guerra, tengan cuentas pendientes con la justicia, que paguen la pena y reparen en verdad a sus víctimas. Luis Castellanos García. Bogotá.
Luis Castellanos García. Bogotá.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com