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SOPLABAN VIENTOS DE GUERRA. EL Parlamento estaba en crisis. Pocos creían en el poder de la palabra y de la discusión racional para resolver los problemas nacionales.
Eran tiempos de peligro existencial. Los partidos políticos, amasijos de intereses y pendencias no resueltas, no estaban a la altura del desafío. Los procedimientos legislativos se evidenciaban incapaces de procesar las expectativas populares. El expansionismo de los enemigos era subestimado por pacifistas e idiotas útiles. Los tecnicismos judiciales ponían en riesgo la eficacia de la tropa y colocaban palos en las ruedas del accionar del Ejecutivo. La judicialización de la política se había tornado en politización de la justicia. Magistrados de altas Cortes, sin representación política ni encargo popular, amordazaban la voluntad popular e impedían la expresión espontánea del poder constituyente.
Por fortuna surgió un gran hombre, conocedor de la historia, clarividente, alérgico a soluciones parciales y a lugares comunes. Con visión de águila, descifró las incógnitas, disolvió las ambivalencias y arrojó luz sobre las incertidumbres. Habiendo bebido de libros sagrados y profanos, desentrañó la esencia de la política. En la normalidad de los tiempos de paz supo que bastaba la decisión mayoritaria para superar las divergencias. No así en tiempos de guerra, donde la lenta reflexión no debe ni puede sustituir la acción política. Su claridad mental y la precisión de sus fines le permitieron trazar un curso seguro. Lo primero fue neutralizar los cuerpos intermedios que debido a sus intereses contrapuestos podrían destajar la unidad del soberano. Organizaciones civiles, medios de prensa y partidos políticos fueron sus objetivos. Asegurado el respaldo popular y la comunicación fluida entre líder y masa, pudo dirigir toda la fuerza contra los enemigos, declarados y encubiertos. En especial los togados que pretendían convertir en criminales a legítimos partisanos. Supo pagar el precio del sacrificio; sangre, sudor y lágrimas fueron su costo. Los inocentes caídos fueron luego compensados y la patria, salva, les agradecería.
La más destacada de sus decisiones, el aseguramiento del espacio vital, privó de oxígeno a los enemigos. El mal menor de millones de segregados se justificó por la gloriosa campaña en pos del nomos de la tierra. El carisma del líder permitió asegurar lo que entendía por democracia, fundada en la homogeneidad del pueblo y no en la deliberación de iguales y diferentes. Su sentido de trascendencia y su amor a Roma lo prevendrían contra la insignificancia humana y lo armarían de autoridad para ocupar todos los espacios. A los liberales, universalistas y legalistas, les haría entender que el poder no radica en los procedimientos sino en los hechos reales y en la voluntad soberana del poder constituyente. Autoritas, non veritas facit legem. La autoridad por aclamación del pueblo a quien encarna legítimamente sus destinos era para él fuente del derecho. Según su doctrina, la dictadura legítima no era contraria a la democracia. Esto porque la decisión de qué fuera finalmente la Constitución radicaba en el soberano, no en cualesquiera instituciones técnico-jurídicas que quisieran arrogarse el poder constituyente. Y todo se consumaría. Su esplendor y caída fueron luego previsibles. Hasta los amigos le voltearían luego la espalda. El triste destino de un cruzado.
Lugar: Europa. Momento: principios del siglo XX. Autor: aquel que se describiera como “cuervo blanco que no falta en ninguna lista negra”.