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La selección Colombia no solo expone ante el mundo lo mejor de nuestro fútbol. La historia de sus jugadores –sus sufrimientos, esfuerzos, creencias y alegrías– es, en realidad, una muestra de la vida de millones de jóvenes colombianos. Esa historia es un espejo donde se pueden ver muchas de las realidades de nuestro país.
Uno de los rasgos que marcaron la vida de varios jugadores, al igual que la de muchos colombianos, es la violencia. Una de las pequeñas biografías de los futbolistas del mundial que The Guardian publicó esta semana nos recuerda que Cristian Zapata lleva el 2 en su camiseta, el mismo número que portaba Andrés Escobar, asesinado después del campeonato en Estados Unidos. El papá de Santiago Arias recibió un balazo en la cabeza por parte de un grupo de atracadores, cuando Santiago tenía apenas 17 años, mientras protegía con su cuerpo a un grupo de niños frente a un jardín infantil en Medellín. Y está también la horrible experiencia de Juan Guillermo Cuadrado en Necoclí, quien, a sus cuatros años, tuvo que esconderse debajo de su cama, en medio de la balacera que mató a su padre.
Muchos de los miembros de la selección vienen de la marginalidad y la pobreza, y, con esfuerzo y dedicación, encontraron el progreso económico y social en el fútbol. Frank Fabra vendió en las aceras de Nechí los bizcochos fritos que hacía su abuela, hasta que a los 13 años tomó un bus y se fue a buscar la suerte que halló en el deporte. Wilmar Barrios mercadeaba trozos de hielo a $100 en las calles de Cartagena para pagar los buses que lo llevaban a entrenar. Y Carlos Bacca dejó de vender pescado en Puerto Colombia y abandonó su trabajo de ayudante en una flota intermunicipal cuando entró a las divisiones inferiores del Junior y allí encontró el camino que lo llevaría a Europa.
Varios jugadores, al igual que millones de colombianos, siguen con devoción algunas de las corrientes cristianas que desplazaron el monopolio del catolicismo. La disciplina y el orden familiar que imponen estas iglesias podrían explicar la consagración y la disciplina de algunos de nuestros mejores futbolistas (la carrera de talentosos jugadores de la generación anterior se frustró en la rumba y el tumulto personal). The Guardian reporta que el arquero Camilo Vargas les lavaba los pies a sus compañeros del Santa Fe al tiempo que les pedía que escucharan la voz de Dios y que abrieran su corazón a Jesús. Es muy conocida también la intensa religiosidad de Falcao, de quien se dice que lloró cuando un niño le bendijo la rodilla, la misma que le impidió ira al mundial de Brasil, y le aseguró que Cristo se la sanaría.
Como casi todos los muchachos, los de la selección cantan y bailan. Juan Fernando Quintero no sólo es amigo de Maluma, sino que hace sus propios videos de reggaetón. José Heriberto Izquierdo es un DJ en sus ratos libres y, con frecuencia, pone a sonar a Neil Diamond. Luis Fernando Muriel, en cambio, es más tradicional: toca el acordeón y, cuando puede, cuida los caballos de su finca.
Al dejar atrás tantas carencias y sufrimientos y perseguir con ahínco sus sueños, nuestros futbolistas, guiados por Pékerman, han puesto a soñar a todo un país. Cuando bailen celebrando sus goles en Rusia, una vez más, harán gritar de alegría a todo Colombia, un país que también quiere superar para siempre el atraso y la violencia.