Entre la violencia y el miedo: Erik el Rojo

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Las uñas de hembra herida comenzaron a afilarse. Salió de la casa. Hacía un frío glacial en el fiordo (la entrada de un brazo de mar en tierra firme). El padre del niño que acababa de nacer lo miró con ojos de juez todopoderoso porque según la costumbre de los vikingos podía desechar a aquellos recién nacidos que por alguna deficiencia física no fueran lo suficientemente fuertes para pertenecer al clan. Decidió que debía morir. Lo envolvió en la cobija ensangrentada sobre la que tuvo lugar el parto y se lo llevó a un bosque cercano para que los lobos dieran cuenta del pequeño.

El recién nacido no tenía ningún defecto. Simplemente estaba flaco. Los instintos de la madre la guiaron al sitio donde yacía el pequeño que no se cansaba de llorar, de gritar a su manera que quería vivir. Lo cogió y amparó en sus brazos como diciéndole “ya estás a salvo, bajo mi custodia, y ay de aquel que trate de meterse contigo”.

Como si entendiera, el bebé se calló. El padre comprendió que había cometido un gran error y prometió invocar a los dioses. Así nació Erik, apodado el Rojo por el color de su cabello, en un fiordo en Noruega. Cuando tenía diez años, su padre fue acusado de asesinato y desterrado, por lo que se afincó en Islandia con su familia.

En su juventud Erik y sus amigos medían sus fuerzas en el juego de la guerra. Su corpulencia masiva y su cabellera le daban más violencia a su figura. Ya como navegante curioso y explorador nato, se embarcó con su clan en busca de nuevas tierras, en naves de una sola vela que podían llevar hasta 70 remeros. Eran embarcaciones enormemente versátiles, construidas con el concepto vikingo de tener un fondo casi plano, sin mayor calado, que podían llegar a cualquier costa hasta el punto de que en travesías largas preferían atracar en la costa y dormir mas cómodamente en tierra firme para luego proseguir su rumbo. 

A su paso, los vikingos crearon una temible oleada de barbarie. Saquearon ciudades, violaron, quemaron iglesias cristianas y se llevaron botines mientras sus esposas los esperaban cuidando a los hijos y sus pertenencias.

No se puede negar que esta raza de depredadores de pueblos y monasterios era un engendro de la violencia, pero ¿quién se atrevería a decir que en Europa y sus guerras contra el islam no ha habido violencia similar?

Cuentan de un incidente que cambió su vida. En aquellos lugares y aquellos tiempos la sociedad mantenía estructuras, compromisos y derechos por clase. Había tres: nobles, campesinos y siervos. En una mañana fresca, con un sol que vibraba, en la que se podían sentir las caricias del buen tiempo en el rostro, Erik tuvo un encuentro con un vecino, en lo que sería el punto de partida para una nueva vida. Sus trabajadores cometieron un error en una construcción que estaban haciendo, con tal mala fortuna que por accidente uno de los siervos del vecino murió. Esto produjo una airada respuesta del vecino, quien decidió matar a los hombres del vikingo pelirrojo. Lo que lo llevó a Erik a matar al vecino y al hijo.

La administración de justicia desterró a Erik, quien se mudó a otra población en la misma Islandia. Pero el destino ya le tenía lista otra trifulca. Esta vez con un conocido con quien Erik había dejado objetos de gran valor para que se los cuidara y no quiso devolvérselos. La humanidad siempre ha creado una línea muy tenue entre la confianza y la falta de honestidad.  En vista de que no le regresaba sus pertenencias, la fuerza bruta se hizo presente y mató al hombre que le incumplió. Esta circunstancia lo obligó a salir de Islandia, nuevamente desterrado. Así fue como descubrió Groenlandia, donde se estableció con su clan.

Entre los vikingos la progenitura era cosa seria. El designado se quedaba con todo y para el resto, nada. En el caso de Erik, el heredero universal fue su hijo Leif Erikson, quien además era el orgullo de su padre. Como él, Leif fue un explorador enormemente inquieto e intrépido. Según parece fue uno de los primeros vikingos en visitar el nuevo continente, allá por el año 1000, es decir casi 500 años antes que Colón.

La religión cristiana fue abriéndose camino entre los clanes vikingos y el de Leif no fue una excepción. Pero veía con cierto temor las reacciones del viejo Erik, que mantenía como andamio espiritual a sus dos grandes dioses Odín y Thor, desplazados por la nueva religión.

La era vikinga abarcó del siglo octavo al once. En mi opinión, los países del norte de Europa, además de Rusia, Italia e incluso Turquía, fueron absorbiendo a estos nómadas del mar que necesitaban tierras, para consolidarse en uno u otro lugar. Aun con la violencia que se vivía en Europa, los clanes fueron labrando sus sitios para vivir.

En Noruega los inmensos fiordos, con paisajes espectaculares con la apariencia de inhóspitos, tienen una energía que nos lleva a pensar: “alguien estuvo aquí”.  El YouTube muestra unas fotos tomadas por mí sobre esta maravilla de la naturaleza.

https://youtu.be/bHsrXWX_4HY

​Que tenga un domingo amable.

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