Escribir sobre las piedras

La poeta colombiana Bibiana Bernal publicó su libro Pájaros de piedra, una muestra de su obra, referida al agua, el fuego, el aire y la tierra.

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Hubo un tiempo en el que caminaba por las calles y pateaba piedras y cáscaras de naranja y saltaba de dos en dos, como en la Rayuela, y silbaba y cantaba, sin que le importara demasiado si la escuchaban en sus agudos tonos y sus frases desafinadas, y mientras iba, con su alboroto de fiesta a cuestas, el mundo se le quedaba atrás y ella era feliz, intrigadamente feliz. No lograba comprender el porqué de casi nada, ni siquiera el porqué de sus doce años de vida, ni la vida ni lo que había más allá de esa vida, ni la quietud de lo que dejaba atrás cuando caminaba, ni los números ni el sentido de contar uno, dos tres, cuatro, cuando ella hubiera querido contar de otro modo, a su manera. 

Hubo un tiempo, meses después, en el que se encontró en un basurero algunos libros y uno que otro camafeo y los guardó consigo. Por muchos días, y semanas, los libros fueron su más preciada compañía. Uno era de erotismo y tenía en sus páginas algunas ilustraciones, y los otros eran una especie de manual de psicología reproducido en varios tomos. Ella se fue enredando con las palabras escritas ahí, y fue transformando las letras y los significados, o sus propios significados, y de aquellos renglones rígidos, de tonos pedagógicos, comenzó a sacar movimientos e imágenes, y la palabra que era piedra, y de piedra, se fue transformando.

Empezó a escribir al derecho y al revés, y las piedras de antes se fueron desmoronando. Incluso su nombre, Bibiana Bernal, se hizo una infinita sucesión de piedras que ella tomaba y ordenaba o desordenaba. Las piedras-palabras eran su vida, las piedras-letras eran su oportunidad de crear el mundo que tantas veces había dejado atrás como ella lo quería. Había pájaros de piedra y lechos de nieve. Había fuego donde antes sólo existía agua, y agua donde había aire. Así fue comenzando a entender en qué consistía aquello que se había preguntado tantas veces: la vida.

Y aunque entendía, por momentos creía que no y se vencía, pero siempre volvía a comenzar y a darle una vuelta más a su principio de respuesta. Con el tiempo, más de 15 años después, escribiría “Ser de piedra y creerse pájaro / porque el viento propaga el polvo de las manos / Verse ave en el reflejo, / aunque inmóvil sobre el asfalto, / abrasado por la luz de las cinco de la tarde”. Con el tiempo plasmaría en una hoja una de sus tantas ideas de vida, de vivir, de no vivir, “Encontró entonces el lenguaje / para exiliar la soledad: / ya no amanecería en sus ojos / anocheciéndole los días, / mirándola en el espejo…”.

Hubo tiempos de lluvia que no cesaban, hubo tiempos de sol, de sonrisas, de ilusiones, de luchas, de rebeldías, de robar y probar, de querer echar a la basura todos sus papeles y sus escritos. Hubo tiempos de preguntar y preguntarse y de romper todos los absolutos y de concluir que eso era la poesía, una o miles de preguntas, aunque no hubiera respuestas. Hubo tiempos de estudiar, de leer lo que alguien le decía que leyera, de aborrecer lo que le imponían, de jugar a los títulos y los cartones, de enseñar luego que no había verdades y de aprender, ella misma, que nada tenía mucho sentido.

Y hubo tiempos, siempre, en los que escribía, a mano o en computador, en hojas amarillas o impecables. Escribía y no escribía, que era también una forma de escribir. “Ni escribir sobre los pájaros/ ni fotografiarlos / Sólo asistir a su vuelo. / Abandonar la intención / de eternizarlos en la palabra y la imagen”. Escribía y leía e interiorizaba a George Ivanovich Gurdjieff, y de él y su psicología sobre la posible evolución del hombre saltaba al sufismo y a otras vertientes de la filosofía oriental. Meditaba y meditó. Lloró. Rio. Brincó hacia Leonard Cohen, y de allí hasta Anaïs Nin, y después aparecieron Rilke, y Breton, y Paul Valéry. Brincó y leyó y escribió sin orden ni método, como la vida. Vivió entre letras, perdiéndose y encontrándose.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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