“La música andina se estaba quedando atrás”

Beatriz Arellano, una de las voces emblemáticas de las manifestaciones folclóricas del interior del país, es la invitada principal al lanzamiento del Festival Nacional de la Música Colombiana, en Ibagué.

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Desde que tiene conciencia, Beatriz Arellano ha estado en concierto. Antes de debutar en los escenarios tradicionales, se presentaba en la sala de su casa, en Buga. En ese entonces hacía parte de una iniciativa artística de corte familiar, que subía aún más la temperatura de esta población ubicada en el Valle del Cauca.

El colectivo se llamaba Los Cantorcitos de Buga y estaba integrado por todos los hermanos Arellano, diez en total. Se reunían en las áreas sociales de la casa y, bajo la batuta de la mamá, hacían un recorrido interesante por las manifestaciones folclóricas de América Latina.

Al comienzo eran pocos los curiosos que arrimaban sus butacas para escuchar estas voces en plena etapa de formación. Luego, el fenómeno se popularizó y la familia tomó la decisión de convertir su hogar en un pequeño templo sonoro. Todos los habitantes del barrio sabían que de ahí venía la música que acompañaba buena parte de sus horas vespertinas.

“Mis papás ponían filas de asientos para que el público nos pudiera escuchar cómodamente, pero antes de empezar mi mamá aclaraba que lo que estaban a punto de presenciar era un ensayo, con regaños y ajustes incluidos. Las condiciones eran: absoluto silencio y mucha paciencia porque pocas serían las canciones que se podían interpretar de corrido”, cuenta Beatriz Arellano, una de las voces tradicionales de la música andina colombiana.

Con Los Cantorcitos de Buga, Arellano estuvo casi dos décadas y esa experiencia fue suficiente para entender los procesos de la industria musical. Ella y su hermano Gerardo eran los solistas del grupo y, a la postre, fueron quienes se dedicaron de manera oficial a la música. Las primeras giras, el debut en los grandes escenarios se produjo ahí y el nombre de la cantante principal fue tomando una fuerza insospechada.

Durante su infancia, Beatriz Arellano jugó con tiples, bandolas y requintos. Esos eran los elementos de diversión que había en su casa y en ellos empleaba el tiempo libre que le dejaban los ensayos con Los Cantorcitos de Buga. Con una madre poeta y escritora y padre gestor cultural y director de la emisora Voces de Occidente, pocas opciones de escapatoria tuvo, y cuando abrió los ojos, su carrera dentro de la música ya tenía una rúbrica difícil de borrar.

“Con la ayuda de mi papá podíamos exhibir nuestras interpretaciones a través de las ondas sonoras. Nuestro arte estaba sintonizado con lo que venía de Buenos Aires, Nueva York y Madrid en discos de 33 revoluciones. Se escuchaban en mi casa barcarolas, tangos y zarzuelas, aunque también había espacio para Agustín Lara. A pesar de eso, siempre estaban presentes las grabaciones de Carlos Julio Ramírez, Jaime Llano González y Oriol Rangel, porque no nos podíamos apartar del hecho de que éramos colombianos”.

Cuando cumplió 16 años, Beatriz Arellano conoció en persona a Jaime Llano González, quien para ese entonces ya era una institución dentro del folclor del interior del país. Muchos de sus arreglos los había escuchado en su propio equipo de sonido y, por venir de una familia tan musical, sabía a la perfección quién estaba en frente. El maestro tenía un proyecto ambicioso en el que pretendía hacer un recorrido por aires tradicionales de América Latina y quería que esa joven de Los Cantorcitos de Buga fuera una de sus voces principales.

No tuvo que invertir muchos recursos intelectuales para convencerla y muy pronto Beatriz Arellano fue parte vital del elenco del programa Los maestros, lo que representó la inscripción de su nombre dentro del folclor propio de la región Andina.

“Cuando arranqué en el mundo de la música pensé en una nueva propuesta, y eso es lo que me ha mantenido vigente porque he sido coherente siempre. Yo estaba radicada en Cali y debía echarles mano a maestros regionales, y recurrí a la sabiduría de Carlos Montoya Gómez, con quien realicé cinco discos, y con Juan Roberto Vargas. Ellos dos y Llano González han sido muy importantes para lograr todo lo que he hecho en mis casi tres décadas de experiencia musical”.

Beatriz Arellano es una abanderada de la música tradicional del interior del país, pero también ha incursionado en otros géneros similares de América Latina. El conocimiento otorgado por la realización de giras internacionales la llevó a pensar que había nexos irrefutables entre el folclor colombiano, las manifestaciones mexicanas y los aires venezolanos. Por eso, en tres producciones se dedicó a explorar esa unión y el productor de su labor se ha popularizado dentro y fuera de los escenarios nacionales.

“La música andina está muy virgen todavía y no ha dado todo lo que puede dar. Las manifestaciones del interior tienen que evolucionar, lo mismo que sucedió con otros estilos de nuestro folclor. Nos estábamos quedando atrás. Los ortodoxos le han puesto el freno a mucha gente que ha querido evolucionar. Este fenómeno se vive desde hace quince años en los principales festivales del país. Hace 40 años propuse revolucionar el género y no pude, ahora tengo más experiencia y hago una propuesta similar, sabiendo que debemos conservar la esencia para crecer”, cuenta Arellano, quien será la invitada central del evento de inauguración del Festival Nacional de la Música Colombiana, que se realizará hoy en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, en Bogotá.

La propuesta de Arellano está en pie, tanto que dentro de pocos meses publicará un nuevo disco. Está empeñada en hacerle una reingeniería a la música andina colombiana, vestirla con otros atuendos y potencializarla con su voz.

Hoy, a partir de las 7:30 p.m., gran lanzamiento del Festival Nacional de Música Colombiana de Ibagué. Teatro Mayor, calle 170 Nº 67-51 (Bogotá). Información y boletería: www.primerafila.com.co.

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