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EL GOBIERNO ACEPTA QUE REQUIEre nuevas tácticas de guerra contra la subversión.
¿Qué estará esperando para modificar también su política exterior con Venezuela, que ha permitido que las relaciones binacionales lleguen a la irresponsable situación en que se encuentran: al borde de la guerra, con un comercio destruido, convertidas en un bochornoso espectáculo mundial, con los colombianos enceguecidos de nacionalismo, y el país aislado internacionalmente? ¿No es suficiente la falta de respaldo del continente y del mundo, para comprender que esa política obedece a una lógica y a unos intereses internos pero que es inepta y rechazada internacionalmente, al punto que los mismos Estados Unidos guardan prudente distancia de ella porque saben que provocar a Chávez sólo lo beneficia a él?
Que el papel de víctima prudente que ha asumido el presidente Uribe es creíble dentro de Colombia pero no afuera, luego de que su gobierno bombardeó territorio extranjero, aprehendió ilegalmente a Granda, involucró pirómanamente a Chávez en el conflicto interno para luego despedirlo burdamente y denunciarlo de terrorista por televisión, y tensionó al subcontinente regresando a la figura desueta de bases militares de Estados Unidos que todo el mundo sabe están dirigidas a Chávez. Haciendo casi todo antes, no después, de las amenazas e insultos de Chávez. Sólo para los colombianos es creíble que ese manejo es un ejemplo de ponderación.
Desde hace años era evidente que el objetivo más importante de la política exterior colombiana era evitar el deterioro de las relaciones con Venezuela, por una razón elemental: que ningún otro factor internacional era tan frágil ni tenía mayor capacidad de causarle daño a Colombia. Sin embargo, para “promover la paz” Colombia prefirió cambiar siete mil millones de dólares de comercio por siete bases militares norteamericanas. La mejor prueba de que la estrategia que ha seguido Colombia fracasó, es que su objetivo —presionar internacionalmente a Chávez a colaborar en materia antiterrorista— no sólo no se consiguió, sino que la amenaza a la seguridad colombiana se ha multiplicado, el aislado internacionalmente terminó siendo Colombia, y Chávez hoy cuenta con la preciosa disculpa de ser él el amenazado militarmente desde Colombia.
Así como Chamberlain también fue responsable de la Segunda Guerra por buscar apaciguar a Alemania, el emperador japonés lo fue de la derrota de su país por no haber apaciguado a Roosevelt, en lugar de darle la excusa que necesitaba para entrar a la guerra. El Gobierno colombiano con menor experiencia y sentido diplomático de los últimos treinta años viene jugando a la delicada geopolítica mundial, con fines y conceptos parroquiales. Fungiendo de hijo preferido de Estados Unidos sin serlo, jugando a la Guerra Fría cuando ésta ya pasó y también la era unipolar que le siguió, sin percatarse de que estamos en la era de la interdependencia, en que la política exterior de los países tiene que conciliar sus distintos intereses, en lugar de contraponerlos como hace Colombia con sus relaciones con Estados Unidos y Venezuela. Continuar con una política exterior anclada en los mismos ejes de la interna, y con fines electorales, nos llevará hasta el final con Venezuela.