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Sin embargo, dichas estrategias son variadas en cuanto a sus mecanismos. En las que se fundamentan en el respeto a la libertad de todos y cada uno de los implicados se puede aceptar un no como respuesta. En otras, en cambio, la generosidad y la ética humana han desaparecido y sólo los deseos de una de las partes se consideran valiosos. Por ejemplo, cuando la productividad de las plantaciones de azúcar o de algodón dependía de la esclavitud; o cuando aduciendo la protección de los intereses de un grupo particular se exterminan razas o poblaciones. Y, más sutiles pero no menos perversas, aquellas en las que la manipulación logra que las personas, creyendo que actúan por voluntad propia, hacen solamente lo que a otro le conviene.
La manipulación, a su vez, tiene varias apariencias confusas, dolorosas y violentas, como la seducción, el encantamiento, la fantasía de invalidez, los sentimientos de culpa, el miedo al abandono, pero todas ellas surgen convirtiendo las relaciones interpersonales en un espacio propicio para el engaño.
Entonces, se manipula la inseguridad de los adolescentes para venderles costosos productos que los hacen aceptables o, incluso, líderes en su grupo. Se manipula a las mujeres para que crean que defender derechos las vuelve masculinas y poco atractivas. Se manipula a los niños para que renuncien a su autonomía con tal de ser amados. Y se manipula a los pueblos inseguros y asustados, para que obedezcan a un líder que les promete algunos beneficios mientras que él consigue grandes ganancias.
Lo curioso entonces es que, precisamente, la conciencia de que nos necesitamos unos a otros nos haya llevado a creer que hay que transigir principios; a suponer que hay que ser complacientes para que otros nos acepten, como si esos otros no necesitaran de nadie. ¿Podremos pedir directamente lo que pretendemos y con humildad aceptar un no por respuesta?
No hace mucho, una mujer joven, que se sentía muy ansiosa y sin ganas de vivir, me contaba que en una conversación con su madre se había puesto muy molesta y muy brava. Ella explicaba: “Siempre me he sentido muy incómoda porque me parece que mi mamá quiere que yo haga las cosas a su manera, pero esto es algo que no dice directamente sino que se sobreentiende. Cuando me opongo a sus deseos ella se molesta, pero no contenta con eso, también sufre”.
Y agregaba: “En ese instante yo me digo pero qué mala que soy, al fin al cabo yo puedo dejar mis cosas para después, mejor que ella no sufra. Y de esa manera he ido postergando primero una especialización, después un matrimonio y, finalmente, un trabajo bien remunerado, todo para no dejarla sola. Pero lo que me enfureció fue cuando ella afirmo que yo sólo pensaba en mí, que nunca la había tenido en cuenta. Entonces ya no pude más y la grité y ahora me siento más mala que Caín”.
Lo evidente es que la madre la manipulaba, la engañaba y se engañaba a sí misma. Se creía incapaz de manejar la vida o de ser feliz sin la presencia de la hija, con lo cual se quitaba su propia autonomía. Además, al sufrir cuando recibía un no por respuesta, había creado en la hija sentimientos de culpa. Así, madre e hija estaban atrapadas en un círculo de manipulación, del que sólo es posible salir cuando se reconoce que todo ser humano es capaz de hacerse cargo de su felicidad, reconociendo que el apoyo del otro es necesario y la libertad irrenunciable.
Entonces, para que la convivencia permita llegar a esos logros comunes, sencillos o complejos, a los que nos enfrentamos cada día, es necesario abandonar la costumbre cultural de manipular y ser capaces de pedir con claridad lo que se pretende y aceptar el derecho que el otro tiene de decir no.
msolorzano@cable.net.co