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DEBAJO DE LA APARIENCIA APACIBLE de las relaciones colombo-estadounidenses, se libra un pulso silencioso.
No es un pulso por enfrentamiento sino por enfriamiento, en que el presidente Uribe presiona para mantener cerca a los Estados Unidos, y la administración Obama hace fuerza para superar la incondicionalidad que tuvo la relación bajo el gobierno Bush. La escena es la de una novia intensa que jala la camisa del novio para que no la deje, mientras éste disimula diplomáticamente para no abochornarla, porque quiere que sigan siendo amigos.
A pesar de que el Gobierno colombiano se esfuerza por mostrar que mantiene una inalterada cercanía con Estados Unidos, es más lo que separa a Obama de Uribe, que lo que los une. En el plano ideológico no podían ser más distintos. Uribe se mantiene anclado en la lógica de la Guerra Fría, del anticomunismo y la bipolaridad, mientras que el objetivo central de la política internacional de Obama es adaptar a su país a la nueva dinámica de la interdependencia, para preservar la vigencia estadounidense a pesar de la pérdida de su influencia hegemónica. En materia de seguridad Obama rechaza el extremismo de la “guerra contra el terror”, mientras la supervivencia política de Uribe depende de mantenerla. En cuanto a la democracia, Obama busca reintegrar su defensa y la de los Derechos Humanos a la política exterior norteamericana, mientras Uribe representa los problemas que esa política pretende atacar. En lo referente a lo económico, Uribe presiona por el TLC mientras Obama no está dispuesto a desgastarse políticamente para complacerlo.
En materia política no sólo Obama es de centroizquierda mientras Uribe es de derecha, sino que éste apostó duro contra Obama, prestándose para que McCain y Palin hicieran política electoral con Colombia. La asociación de los republicanos con el “caso de éxito” colombiano ha hecho que el partido de Obama en el Congreso vea la relación con Colombia como otro de los excesos de la política exterior de George W. Bush, y que se enfoque en las debilidades de Uribe.
Aún en relación con Venezuela, tema en que Colombia se esfuerza por aparecer sintonizado con Washington, hay diferencias, como demuestra el ofrecimiento del Departamento de Estado de mediar entre Caracas y Bogotá. No está claro que por acceso a unas bases militares colombianas, que probablemente no fue idea norteamericana, Obama esté dispuesto a dejarse meter de nuevo en la lógica de contención a Venezuela a través de Colombia, abandonando su política de no confrontar a Chávez y de dejarle espacio a Brasil para que tome un lugar de preeminencia hemisférica que le ahorre a Estados Unidos el desgaste de tratar de imponer su hegemonía en un vecindario predominantemente de izquierda. Puede ser que en materia de interés por enfrentar la “amenaza chavista”, Uribe sea más papista que Obama.
La oferta de mediación no quiere decir necesariamente que Estados Unidos esté dándole la espalda a su fiel aliado, como hizo con Pinochet o Fujimori. Puede querer decir más bien, que habiendo hecho grandes esfuerzos por recomponer el clima internacional, y logrado incluso distensionar las relaciones con Rusia, Obama no va a permitir que unos extremistas andinos devuelvan al mundo a las épocas de la Guerra Fría con el objetivo de perpetuarse en el poder.