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Sí, y ahora, ¿será que podemos?

La celebración de Obama no deja de ser un homenaje a los históricos  cimientos del Partido Demócrata.

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Según cuentan los diarios de la época, para la posesión presidencial de Andrew Jackson en 1829 se cambió la regla excluyente del banquete cerrado, y el Presidente mismo, haciendo gala de su espíritu democrático, pidió que fuera todo aquel que se sintiera invitado. Y todo aquel fue: trabajadores con el traje de fatiga, matronas con el bordado en la mano y el sombrero cristiano; hombres de negocios, hombres de Estado, hombres (y algunas mujeres) de la mala vida. Era tanta la gente y tanto el caos, que la Casa Blanca parecía una Convención del Partido Liberal colombiano, y los meseros tuvieron que usar grandes tubos para bombear hacia los jardines el trago que ya no cabía en el salón. Esa sutil estrategia de conducción popular, de hecho, fue la única efectiva para desalojar el sitio, y tras los ríos de ponche corrieron las masas, mirando hacia atrás a su nuevo líder, quien había prometido justamente eso: una sociedad más abierta y más justa, más feliz, en la que no sólo los dueños de la tierra y los congresistas (es decir los dueños de la tierra) tuvieran el poder, sino también todos los hombres buenos de la nación. ¿Todos los hombres? No, todos no: sólo los libres, es decir los blancos y educados. Para los negros Andrew Jackson tenía palabras de piedad, mientras ejercieran mansamente las labores propias de su condición de esclavos; y parece que incluso uno o dos de ellos fueron aceptados en la fiesta de posesión de ese año 29: fueron los últimos en irse, luego de recoger  los ceniceros y los vasos rotos que la democracia había dejado a su paso. Habían sido ellos también quienes escoltaron a Jackson a la puerta de atrás, para huir a tiempo del pueblo en su esplendor.

No deja de ser un homenaje a aquella noche festiva y presidencial (y al propio Jackson, cuyas ideas son el fundamento espiritual de lo que hoy conocemos como el Partido Demócrata), el que casi dos siglos después sea un negro quien llegue a ocupar ese puesto que simboliza, como ningún otro, el poder y la gloria, la vocación mesiánica de un pueblo que se ha construido, justamente, en nombre del mito de haber sido señalado por Dios  para la felicidad y para salvar, por cualquier vía, a quienes no la han logrado del todo. La llamada “democracia jacksoniana” no es  sino el más radical de los mesianismos: la idea de un destino manifiesto que, desde el principio, hizo de los americanos (como ellos se llaman a sí mismos arbitrariamente; como si fueran los únicos en nuestro continente) los herederos en la tierra de la gracia divina, representada, como quería Calvino, por la prosperidad, el progreso y la fe. Que un conjunto de fanáticos expulsados de Europa por los fanáticos de allá llegara tan lejos, era la prueba más poderosa del favor de Dios. Lo acaba de decir Barack Obama repitiendo el lema ancestral del sueño americano: todo es posible en América.

Y el entusiasmo universal por la llegada de un negro a la presidencia de los Estados Unidos ha desbordado todos los límites. Primero, porque se trata de un negro, sí. Pero sobre todo porque es un negro brillante y lúcido, que viene a limpiar con su sola presencia el recuerdo sombrío del gobierno de George Walker Bush, en el que unas poquísimas neuronas dispusieron  a placer, por 8 años, de la suerte del mundo entero. Y parecería de veras como si Obama recogiera por fin todas las obsesiones del alma “americana”, y la gente estuviera esperando de él algún milagro distinto del de no ser su antecesor. Pero la cosa no está fácil.

Primero, porque la esperanza desmedida suele ser la causa de las mayores frustraciones. Segundo, porque el mundo está en quiebra. Y tercero, porque Obama es negro pero no tanto, y por más cambios que quiera para su país hay unas viejísimas estructuras de poder, adentro y afuera, que lo determinan en su acción irremediablemente.

Pero ya con que sea él hemos ganado mucho; con que no sea Bush hemos ganado casi todo. Los romanos leían el vuelo de las aves para conocer el futuro. La semana pasada, en América, unas aves le salieron al paso a un avión; fue la oportunidad para que un héroe de verdad salvara muchas vidas. Que sea ese el buen augurio de los años por venir.

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