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Las dos campañas ganadoras han dejado ver sus ansias de quedarse mínimo 16 o 20 años. Los cuatro años reglamentarios les quedan chiquitos. Requieren un horizonte imperial. Sus proyectos son de larguísimo plazo, como de pirámides egipcias o murallas chinas.
En efecto, no son un programa para cumplir en un período. Son un modelo de país para prolongar lo ya hecho o para implantar un viraje drástico.
En el primer caso, lo ya hecho es claro: el neoliberalismo, condimentado con la ferocidad. En el segundo, el viraje es el estatismo acunado en la ausencia de crítica a lo que se llamó en Europa oriental el socialismo realmente existente.
Ambas son posturas extremas, pues el centro desapareció en esta recta final de la maratón. Las dos antípodas brillan en sus nieves polares y con sus fulgores ofuscan los ojos de los que votaron en primera vuelta por casi un 24% de moderación.
Por supuesto, ninguno de los dos presidenciables muestra su cara verdadera. Es más, a lo largo del larguísimo trecho preelectoral han cambiado sus formulaciones para maquillarlas, atenuarlas. Con ello se empeñan en seducir a los incautos.
Como sucede con los opuestos, estos también muestran similitudes de personalidad: envanecimiento, mesianismo, condenación para sus opositores, testarudez, urgencia de ser contemplados con obcecación, autoritarismo. Naturalmente, el puntero en votación es apenas el escondrijo del verdadero personaje poseedor de estos rasgos.
No es extraño, por eso, que aquellos 4,6 millones de derrotados para la segunda vuelta estén viendo un chispero. Los están obligando a despojarse de su esperanza, de su ecuanimidad, de su cordura. Los constriñen a tomar partido y con ello a consolidar la partición de la sociedad.
¿Qué hacer? ¿A qué palo arrimarse? En primer lugar es preciso dar luz al cerebro. No es posible que de un día a otro lo que antes era blanco ahora sea negro. El punto de vista sosegado es indispensable para sacar al país del costal de escorpiones de la confrontación.
Quienes no resisten el dilema entre el sida y el cáncer se apropian calladamente de la probabilidad de no estar enfermos. Desde esta altanería trazarían una salida política ingeniosa: convertirse en vigilantes.
Expliquemos. Se dice que las instituciones colombianas son fuertes, que el equilibrio de poderes es contención contra las glotonerías de los mandatarios, que este pueblo no se deja imponer dictaduras, que el humor de los memes derrite cualquier ego.
Para comprobar la precariedad de estas prerrogativas es suficiente recordar el despiadado mandato de nuestra primera década del siglo. Para precaverse de tanto elogio a la idiosincrasia colombiana conviene mirar el espejo de países más avanzados, que en el XIX abrazaron por parejo regímenes con holocaustos y gulags.
En este punto irrumpirían los vigilantes. Montones de ciudadanos que, haciendo valer sus millones de votos, contraten con un candidato un entramado de atalayas. Desde esas alturas institucionales pondrán ojos y darán voces cuando adviertan colmillos de lobo dentro del palacio presidencial.