Publicidad

¿Por qué aprendemos para olvidar?

Tulio Elí Chinchilla
19 de noviembre de 2009 – 09:34 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

CONCLUIR OTRO SEMESTRE ACADÉmico deja a los docentes una desazón: buena parte de los alumnos que con lujo de competencia aprueban las asignaturas, olvidarán en sólo un mes la mayoría de los conocimientos y destrezas aprendidos. Así como los de primer semestre de universidad han borrado de su cerebro casi todo lo asimilado hace poco en undécimo grado.

Como un computador, la mente de los estudiantes parece programada para eliminar del disco duro los archivos utilizados en el semestre anterior. La prueba: ¿Cuántos universitarios recuerdan el nombre, la patria y la mujer del héroe griego de Troya cuyos avatares de retorno a Itaca inspiraron la Odisea? Y ello aunque todos leyeron el texto homérico o un resumen del mismo y de él hicieron cuadros sinópticos, mapas conceptuales y hasta ensayos “críticos”. En ciencias sociales los estudiantes avanzados difícilmente recordarán las enseñanzas sobre cómo elaborar una muestra estadística, ni los alumnos de derecho administrativo serán capaces de cuantificar el quórum y la mayoría de un concejo municipal, a pesar de haberlos ejercitado en ello un año atrás el derecho constitucional. En contraste: ¿Por qué esa desjuiciada memoria es fiel para recordar por su nombre a Sarah O’Connor, especie de heroína en Terminator I y II?

Todo ello comporta un desgaste inconmensurable en el proceso formativo. Cada profesor debe empezar de cero como el primer día de la creación. La construcción gradual y continua del saber —edificar sobre los cimientos sentados en los prerrequisitos, ir de lo conocido a los desconocido, según Comenio— queda así frustrada.

A principios del Siglo XX Decroly propugnaba una “escuela por la vida y para la vida”, enseñar no para ganar exámenes sino para plantearse y resolver problemas vitales, sean de pura metafísica o de técnica profesional. Nuestro pedagogo Agustín Nieto Caballero preconizó la escuela formadora de hábitos y estructuras mentales desde la experiencia vital. Pero conectar el saber con la vida no valida el modelo estudiantil ridiculizado por el Padre Isla en el personaje Fray Gerundio, quien en materia filosófica “Por la palabra sustancia, en su vida entendió otra cosa más que caldo de gallina, por cuanto siempre había oído a su madre, cuando había enfermo en casa: Voy a darle una sustancia” (“sustancia inmediatamente operativa”, en las categorías aristotélico-tomistas).

Puesto que no aceptamos las teorías elitistas platónicas de que el conocimiento superior sólo es significativo para minorías excelsas, habrá que buscar metodologías que privilegien la aprehensión sobre el aprendizaje, la lógica del discurso sobre su contenido, la demostración vital (de dónde sale y qué utilidad tiene el número) antes que memorización. Alguna forma habrá de motivar atracción placentera hacia lo abstracto, árido y conceptual sin degradarlo. ¿O será que ciertos datos sirven únicamente como medios para entrenar mentes y formar estructuras de pensamiento, pero luego se convierten en desechos mentales? Dicen que el arduo estudio de la Torá y la Cábala ha contribuido a la formación de la inteligencia judía, aunque luego genios como Marx y Freud se vuelvan ateos.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido