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SIN PENA NI GLORIA, EL GOLPE DE Estado que tumbó a Manuel Zelaya como presidente constitucional de Honduras, hace cinco meses, quedó así. Y quedó así en gran parte gracias a la complicidad del gobierno de Estados Unidos.
Como lo hizo en su momento el conjunto de la comunidad internacional, EE.UU. también condenó de inmediato el golpe militar del pasado 28 de junio, desconoció al gobierno de facto de Roberto Micheletti y exigió la restitución de Zelaya como Presidente.
Pero a lo largo de los meses, Washington empezó a emitir mensajes contradictorios. En aras de la supuesta búsqueda de una salida negociada, empezó a tratar con el gobierno de facto. Y en días pasados el Departamento de Estado reversó su posición de manera grave al afirmar que respetará los resultados de las elecciones que el gobierno golpista piensa realizar el próximo 29 de noviembre, sin la previa restitución de Zelaya.
El ex embajador estadounidense Robert White ha sugerido que el reversazo fue una concesión al senador republicano Jim DeMint, a cambio de que éste levante el bloqueo que venía ejerciendo en contra de la confirmación por parte del Senado de Arturo Valenzuela como Secretario Asistente de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental.
El depuesto presidente hondureño, desde su asilo en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa, le dirigió hace unos días un último llamado al presidente estadounidense, Barack Obama: “Todavía nos resistimos a creer que este golpe de Estado militar en ejecución en Honduras, es ya el nuevo terrorismo de Estado del siglo XXI”.
Independientemente de la opinión que uno pueda tener de Zelaya, de su sombrero y sus botas, lo que está sucediendo es muy grave para la democracia en América Latina. Lo cierto es que la oligarquía golpista de un pequeño país centroamericano pudo más que la Carta Democrática de la OEA, una resolución de la ONU que exigía la restitución inmediata de Zelaya y el clamor de casi toda la comunidad internacional. Y lo pudo hacer, gracias a la complicidad de sus amigos de la derecha norteamericana, que siguen teniendo mucho poder pese al nuevo inquilino en la Casa Blanca.
Aunque ya han pasado veinte años de la caída del Muro de Berlín, la Guerra Fría pareciera aún viva en nuestra América del siglo XXI, al encontrar términos como “países antiestadounidenses” en documentos oficiales de la Fuerza Aérea de EE.UU. y al escuchar los cantos de guerra de Hugo Chávez.
Si bien desapareció el comunismo soviético como amenaza, el anticomunismo no se acabó. El crimen de Zelaya fue ser amigo de Chávez. Y como en los años de la Guerra Fría, el golpe de Estado se tolera como el mal necesario.
Mala noticia también para la maltrecha democracia colombiana. Si en el día de hoy la Sala Plena del Consejo Nacional Electoral confirma la decisión de los conjueces de invalidar el proceso del referendo reeleccionista, se le cerrarán las puertas a la posibilidad de lograr la reelección de Uribe dentro de cierta fachada de legalidad. No quisiera ni imaginarme lo que pueden estar craneándose en esas condiciones los teóricos del Estado de Opinión y sus amigos de la derecha gringa.