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Como candidato de una de las contiendas más electrificantes de los últimos tiempos en la historia política estadounidense, Barack Hussein Obama se robó la mirada del mundo entero con su elocuencia y su carisma. Su aura casi de mesías llevó su nombre de ser casi impronunciable a convertirse en el más famoso de todo el planeta. Millones de personas los siguieron en el exterior, las celebridades no dejaron de alentarlo, jefes de Estado de todo el globo no cesaron de elogiarlo, incluso hasta los más intrincados enemigos del imperio. ¿Pero qué tuvo que pasar el pequeño Barry Obama para alcanzar ese grado de seguridad, confianza y corazón?
Después de la separación de sus padres y del segundo matrimonio de su madre Ann con un estudiante de Indonesia, Barry, de seis años, aterrizó en Yakarta. Su llegada al archipiélago asiático fue todo un chequeo con la realidad para el pequeño que venía de vivir en la comodidad de la casa de sus abuelos en Hawai. Allí, Barry tuvo que ver la pobreza y desigualdad de un país del tercer mundo.
El pequeño inició estudios en un colegio público de mayoría musulmana. La posibilidad de asistir a una escuela internacional de carácter privado iba más allá de los alcances para una maestra de inglés. Así comenzaron sus sacrificios, como levantarse en medio de la madrugada para tomar las clases de inglés que su madre sin falta le impartía. Así lo recuerda en su memoria (Sueños de mi padre), “Ella me despertaba a las cuatro y media de la mañana. Mientras yo luchaba contra el sueño ella no se daba por vencida, hasta que un día no aguantó más y me dijo: mira carajito, esto para mí tampoco es fácil, después de esto tengo que ir a trabajar, así que haz el esfuerzo de no dormirte y de poner atención.
Después de cuatro años en Yakarta, Ann, con su hijo en el cuarto grado, temía que la educación que estaba recibiendo Barry no fuera la indicada, por eso en el verano del 71 tomó, según ella, su más difícil decisión: mandar de vuelta al pequeño a Hawai con sus abuelos. Si bien era la primera vez que Barry se alejaba de su madre, ese mismo año su padre, Barack Sr., volvió fugazmente a su vida después de una ausencia de 8 años. Para el pequeño, el hecho de que su padre se apareciera un día y buscara mandar en su vida no era de su agrado, no sólo por el hecho de que no confiaba en él, sino como él mismo confiesa en su libro, “lo sentía más como un extraño”.
Al final del mes que pasó de su mano, el pequeño Barry empezó a abrirse y a entender quién era el hombre detrás del rótulo de padre. Lamentablemente, Barack Sr. se volvió a despedir de él intempestivamente. Esa sería la última vez que lo vería con vida.
En el exclusivo colegio privado Punahou, de Honolulu, Barack tuvo que afrontar el hecho de ser un niño de color, criado por sus abuelos de raza blanca en medio de una comunidad predominantemente americana. En este inusual escenario Obama tendría que afrontar las preguntas y dudas de cualquier niño de esa edad: ¿podría encajar en la nueva escuela?, ¿otros chicos lo aceptarían?, o, ¿el color oscuro de la piel lo hacía diferente a los demás? Para todas estas incógnitas llegaría el mejor refugio para Barack y hasta hoy una de sus grandes pasiones: el baloncesto. Según recuerdan sus compañeros de escuela, Barry era el primero en llegar y el último en dejar las canchas de baloncesto; allí, el joven de 14 años perdería todos sus miedos y se convertiría en un popular jugador del equipo de la escuela, con el apodo Barry O’bomber.
Sin embargo, su desempeño académico era desastroso. Kelly Feroshima, compañera de Barack y presidenta de la revista literaria de la escuela, recuerda que mientras todos los jóvenes escribían sobre las fantasías de la adolescencia, Barry tenía una cualidad oculta para el resto de los estudiantes.
Sus escritos daban luces de una incipiente pero arraigada conciencia social. “Cuando recibí su último escrito me sorprendió que su poema hablaba con vehemencia de caminar hacia delante por la angosta línea de este mundo desigual”, comentó la mujer en una entrevista para The Chicago Tribune.
En la clase del 79 todos reconocían en Barry a un chico amable, amiguero y extremadamente atlético. Su aparente popularidad reñía con su lucha por encontrar su identidad, sus raíces y, lo más importante, su destino. Este hecho lo llevó a una época de descontrol y falta de interés. “Experimenté con drogas y alcohol, fueron días de turbulencia en la que la escuela era lo último”, confesó recientemente en una charla íntima con la cadena de noticias CNN.
El desubicado adolescente comenzó a perder el rumbo, sus calificaciones eran cada vez más mediocres, la rebeldía se había convertido en una máxima y los estereotipos de un joven afroamericano se apoderaron de él. Pero cuando un amigo cercano fue arrestado por posesión de drogas, todo comenzó a cambiar. Su madre, quien estaba de visita en Hawai, quedó alarmada por lo ocurrido e inmediatamente lo confrontó, como recuerda Obama en este aparte de su autobiografía: “¿No crees que estás siendo muy descuidado con tu futuro? —me dijo—. Tú podrías estar en cualquier escuela del país si pusieras un poco de interés y esfuerzo. ¿Recuerdas lo que es eso, el esfuerzo? ¡Por Dios, Barry!, no puedes esperar sentado a que la suerte llegue y te haga de repente una mejor persona”.
Esas palabras se quedaron grabadas en su memoria y sirvieron como un baldado de agua fría para el joven de 18 años. Luego de la graduación, Barry logró con mucho esfuerzo ser aceptado en el Occidental College de la ciudad de Los Ángeles. El lugar donde las piezas de su ajedrez comenzarían a encajar.
En esta ciudad todo era diferente, una comunidad multicultural donde Barry pudo interactuar y relacionarse con otros afroamericanos, dándole por primera vez un sentido de pertenencia e identidad. Desde entonces Barack comenzó a ser más consciente de lo que sucedía en su comunidad y en el mundo entero. La parranda comenzó a quedar a un lado y las ganas de trabajar por los problemas de la gente empezaron a ganar prioridad.
Llegó 1981 y las demostraciones en contra del Aparheid se tomaban las capitales del mundo entero, hecho que le hizo ver por primera vez en su vida una causa que lo conectaba directamente con sus raíces e identidad, algo que siempre había esperado. Y fue entonces cuando habló ante un gigantesco mitin en contra de la discriminación racial. Ese día nació Barack Obama.
Atrás quedó el chico inseguro y desubicado conocido como Barry. En ese momento Barack Hussein Obama encontraría la causa que marcaría toda su vida: luchar por la desigualdad social. “Quería quedarme en la tarima escuchando el retorno de mi voz yendo y viniendo hacia la multitud, por primera vez sentía que tenía tanta cosas por decir”, escribió en sus memorias. Veintiséis años después, el mundo entero espera su mandato, que comenzará el martes cuando ante millones de personas, Barack Hussein Obama jure como presidente de Estados Unidos .