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¿Qué pasará si la recesión naciente en el primer mundo se prolonga por demasiado tiempo? ¿Y qué si mientras no se encuentran alternativas energéticas viables, las reservas de hidrocarburos se vuelven más escasas? ¿Desarrollará la gripe aviar nuevas y más resistentes cepas? ¿Sacrificará el mundo su crecimiento en aras de salvar al planeta del calentamiento global, o pondrá por delante el bienestar de millones de pobres con el riesgo de producir más inundaciones y catástrofes?
A estas y otras preguntas responde el reporte Global trends 2025: A transformed world (Tendencias globales 2025: Un mundo transformado), publicado por el Consejo Nacional de Inteligencia, una organización fundada en 1971 para producir análisis destinados al sector de la inteligencia en Estados Unidos. El informe, tercero en una serie que busca proyectar hacia el futuro las tendencias observadas en el presente, fue realizado a lo largo de 2008, fruto de las reflexiones de decenas de expertos de los cinco continentes.
Con todas las reservas y sospechas que pueda producir el intento de predicción en un mundo de incontables e incontrolables variables en juego, el informe traza las rutas y pinta escenarios posibles, de permanecer estables las tendencias que hoy preocupan a los líderes del mundo.
En un esfuerzo que al leerse pareciera ser una obra de ficción juiciosamente documentada, el Consejo proyecta un mundo sin la preeminencia norteamericana, donde las escasez de alimentos, agua e hidrocarburos será fuente de nuevos conflictos y donde el destino del mundo no será regido sólo por sus gobernantes, sino por una constelación de organizaciones e individuos.
EE.UU. se debilita
Durante el siglo XX el mundo gravitó en torno al poderío económico y militar de los Estados Unidos. Su poder en los centros de decisión global se consolidó tras el fin de la Guerra Fría y desde entonces emprendió una campaña de liderazgo mundial, fortaleciendo la presencia de sus Fuerzas Militares y su capital en todas las esquinas del mundo.
Pero las reglas cambiarán en los próximos años. La recesión global causará una desaceleración del crecimiento en Estados Unidos y Europa. Esto, sumado a bajas tasas de crecimiento, un alto déficit fiscal por cuenta del creciente envejecimiento de la población y la competencia cada vez más feroz de las economías emergentes, conducirá a que las potencias occidentales, presionadas por sus electorados, den marcha atrás en sus pretensiones de dominación global y busquen
proteger sus economías. Con el creciente desarrollo de fuentes energéticas alternativas, el costo de librar guerras en el exterior para garantizar el suministro de hidrocarburos se volverá políticamente insostenible frente a clases medias acomodadas y disconformes ante la crisis económica.
Emergerán otros gigantes menores en la política mundial. China, India y Rusia tendrán que resolver cómo garantizar la estabilidad en Oriente —donde sus intereses convergen— y evitar así de paso entrar en conflicto. Mientras tanto, Europa se guarecerá de la crisis y decenas de redes políticas y no gubernamentales entrarán a competir por cuotas de influencia en los escenarios globales. Los grupos religiosos exacerbarán el malestar de los pobres; la crisis ambiental unirá los intereses de comunidades que en otro caso se rechazarían y las redes criminales transnacionales evolucionarán a la par con la tecnología, financiándose con la nueva joya del mercado negro: los hidrocarburos, cada vez más escasos.
Escasez y catástrofe
La falta de recursos, la inminencia de impredecibles desastres naturales y la emergencia de nuevas pandemias globales determinarán presiones políticas domésticas que se convertirían en crisis mundiales.
Los expertos sostienen que en 2025 al menos 20 países del mundo carecerán de tierras cultivables o fuentes hídricas. La utilización de grandes porciones de terrenos para el desarrollo de biocombustibles y la creciente ausencia de fuentes hídricas para irrigar los cultivos, mantendrán la tendencia al alza del precio de los alimentos.
Aun si se descubre un medicamento eficaz contra el VIH, los Estados todavía no contarán con la infraestructura necesaria para hacerlo accesible a quienes lo requieran. La pandemia continuará, sobre todo en África subsahariana, mientras que nuevas amenazas emergen en otros rincones del mundo. Entre ellas, causa gran preocupación la posibilidad de que el virus de la gripe aviar y el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS) desarrollen nuevas y más peligrosas cepas. Se espera que, de ocurrir algo así, el brote ocurra en áreas densamente pobladas, como China. El incremento de la movilidad de la clase media en las potencias emergentes propagaría con más facilidad este virus.
El cambio climático seguirá siendo una preocupación de primer orden, exacerbada por la ocurrencia de catástrofes naturales y la escasez de agua. Sin embargo, los países emergentes seguirán teniendo que decidir qué tanto sacrificarán para mitigar el efecto invernadero a costa del desarrollo de sus propias industrias. Ante este escenario, las economías emergentes que lograrán salir mejor libradas serán aquellas que inviertan en desarrollo tecnológicos rápidamente comercializables que faciliten el desarrollo sostenible. La inversión nacional en tecnología será el as bajo la manga de los nuevos poderes mundiales, logro que alcanzarán para 2025 sólo China e India.
El espacio de la guerra
Mientras que Estados Unidos pierde influencia en zonas estratégicas como Asia Central y Oriente Medio, otros países buscarán ganar poder en sus respectivas regiones. La relación entre China, Rusia y la India será tensa, ya que todos querrán ocupar el vacío que deja la retirada de Washington de Afganistán. La zona seguirá siendo codiciada como fuente de provisión energética y en esa medida, mientras que las tres potencias medianas no sean independientes energéticamente, tendrán que elaborar mecanismos de cooperación que estarán siempre manchados por mutuas desconfianzas.
En Oriente Medio, los países en busca de liderazgo regional, como Irán, podrían desencadenar una carrera nuclear, alimentada por la desconfianza y el interés de potencias extranjeras de armar a estos países como forma de pago por el suministro de hidrocarburos. En Asia, la unificación de las dos Coreas será gradual y probablemente conduzca al establecimiento de una confederación. El desmantelamiento de todo el arsenal atómico de Corea del Norte es una incógnita sin resolver.
El acceso a fuentes de energía seguirá siendo la mayor causa de conflictos y tensiones en el mundo. Aquellos países poseedores de recursos y con Estados fuertes harán uso de estas posesiones como “herramientas diplomáticas”, tal como está sucediendo en la actualidad con el control estatal de los suministros gasíferos por parte de Rusia. Otras regiones, más débiles pero con gran cantidad de recursos energéticos, como Nigeria, serán escenarios de posible intervención militar por parte de potencias extranjeras.
Las redes terroristas seguirán existiendo. Sin embargo, en la medida en que en las regiones el surgimiento de nuevas potencias económicas redunde en un mayor bienestar para la población, el poder de influencia de los grupos extremistas podrá verse diezmado. Aquellos que sobrevivan, sin embargo, nutrirán su lucha con el manejo de nuevas tecnologías, incluidas las nucleares y las informáticas.
La guerra en 2025 irá adoptando nuevas características: las tecnologías precisas de información serán imprescindibles, el avance en la comunicación vigorizará formas de ataques no convencionales, la guerra se librará no sólo con armas sino con mensajes mediáticos y los espacios de combate se expandirán gracias a las armas de destrucción masiva y de largo alcance y el ciberarmamento.
El rey del vecindario
Latinoamérica difícilmente superará los retos que hoy enfrenta. Varios países, entre ellos Colombia, México y Chile, lograrán crecer sostenidamente, pero la migración a las ciudades y el narcotráfico empeorarán las condiciones de seguridad urbana. En la medida en que los países industrializados controlen la demanda de narcóticos, los productores de estupefacientes buscarán que los mercados domésticos incrementen su consumo, y esto se sentirá con mayor intensidad en las grandes ciudades.
La región se irá quedando atrás en su desarrollo económico, en comparación con Asia. Especialmente, “aquellos países como Venezuela y Bolivia, que acogieron políticas populistas por un período extenso de tiempo. Algunos, como Haití, empobrecerán y serán aún menos gobernables”.
Brasil, pese a enfrentar el reto de incorporar al sistema económico a una población en constante aumento, logrará convertirse “en el poder líder en la región”, gracias a una mezcla de vigoroso desarrollo económico y activa diplomacia. En un momento en que el control de fuentes energéticas será las más alta mano en el juego mundial, sus reservas petroleras y su liderazgo en el sector de biocombustibles le permitirán moverse con holgura en el planeta.
Convertido en potencia energética, Brasil podrá posicionarse eventualmente como un jugador de peso en las instituciones multilaterales (camino que ya empezó a labrar con su petición de un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas). Se espera, también, que empiece a jugar como mediador en las grandes crisis internacionales, debido a la cercanía y buenas relaciones con países poderosos tan disímiles como China, Rusia y E.U.
No obstante, la búsqueda de la integración latinoamericana liderada por Brasil no correrá con el mismo éxito. La inestabilidad política en la región será una traba permanente para consolidar el objetivo de consolidar un bloque político común, como la recién fundada Unión Suramericana de Naciones.