Historia mínima de Colombia

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Jorge Orlando Melo ha escrito un excelente libro de historia de Colombia (Historia mínima de Colombia, Turner – El Colegio de México, 2017), que abarca desde la llegada de los primeros habitantes cazadores y recolectores, 12 milenios antes de Cristo, hasta el gobierno de Juan Manuel Santos.

Es una obra muy ambiciosa, de esas que sólo pueden escribir los grandes historiadores, y es fundamentalmente una historia política y, en ese sentido, es también un gran aporte, pues otros han reducido la historia de Colombia a la historia de su violencia. Melo muestra que en la historia de Colombia ha habido mucha política, ciertamente mucha más política que violencia.

Uno de sus grandes aciertos es el énfasis que presta a la geografía, a las características de un territorio muy quebrado y con selvas inmensas, acogiendo a una población muy pequeña, de apenas unos cinco millones de habitantes al comienzo del siglo XX y con regiones y ciudades aisladas unas de otras. Ese territorio, tan fragmentado geográfica y regionalmente, fue el teatro de nuestras innumerables y complejas luchas políticas, que Melo describe con una gran minuciosidad y que, como los buenos libros, genera muchas preguntas. ¿Por qué, por ejemplo, de las 20 constituciones políticas que se elaboraron en la América Hispana entre 1810 y 1821, 15 fueron hechas en Colombia? Consistente con esa fragmentación regional, Melo explica que dichas constituciones emergieron de sus ciudades y provincias, pero ¿por qué tantas en Colombia? Y ¿por qué, desde el mismo grito de independencia, la política en nuestro país la conducen los civiles, en su mayoría abogados y luego gramáticos, en tanto en los países vecinos sus protagonistas son militares y caudillos?

Quizás esa activa presencia de los civiles explique otro fenómeno muy colombiano: el protagonismo de grupos transaccionales, legalistas y pacifistas que, desde los albores de la República, siempre aparecen en momentos de crisis para promover y muchas veces para lograr acuerdos entre los partidos tradicionales, aislando a sus grupos más extremistas.

Por supuesto, Melo también describe la violencia y argumenta que ha sido, sobre todo, de origen político, en especial la violencia liberal-conservadora del período 1948-58, y luego la que comenzó en la década de los 60 con la guerrilla y después con los paramilitares y con la respuesta del Estado. Se aparta, así, de los enfoques que han argumentado que la violencia ha sido producto de las políticas de represión del Estado o de unas condiciones objetivas de pobreza y desigualdad.

Es injusto pedirle nuevas temáticas a un libro que abarca un período tan extenso, pero, quizá, la respuesta a muchas de las preguntas que suscita se podrían explicar con un mayor énfasis en las transformaciones de la economía y con un tratamiento del contexto internacional. Algunas comparaciones internacionales, como el número de constituciones, las cifras de violencia o los indicadores sociales, ayudarían a ponderar tanto las luces como las sombras de nuestra historia.

Como gran conclusión, Melo argumenta que en Colombia logramos construir un país, pero no una idea compartida de nación. Y, pese a que ha habido mucha política, la gran tragedia y el mayor fracaso histórico ha sido la violencia. La gran pregunta que surge, entonces, es por qué. Quizá Luis Carlos Galán tenía razón cuando argumentó que en Colombia hemos tenido más geografía que sociedad, y más sociedad que Estado.

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